Al final, Key West

Camino Cayo Hueso.

Llegar al último de los Cayos de Florida obliga a circular por la Ocean´s Highway, una proeza de la ingeniería que no consigue robar protagonismo al mar tan calmado en apariencia y cuna de huracanes, cuya huella es aún visible en algunos puntos de este “rosario” de islotes unidos por el cemento de una carretera con 181 km de longitud. 

Su papel es el del cordón que une las cuentas de un collar: sin él las pequeñas islas de la confluencia del Golfo de México y el Océano Atlántico, estarían sueltas. Hasta 1935 la conexión se realizaba en ferrocarril, devorado, precisamente, por un huracán que se llevó consigo buena parte de la infraestructura de la que se aprovecharon algunos puentes.

Camino a Los Cayos.

Siempre que no haya congestión de tráfico ni se hagan paradas intermedias, el trayecto, fuertemente “custodiado” por la policía dispuesta a sancionar a aquel conductor que supere las 45 millas por hora, tarda en recorrerse unas 3 horas. Lo habitual, sin embargo, es tomarte tiempo para confirmar cómo un paisaje similar sube de “caché” a medida que avanzan los km y junto con la categoría de las edificaciones se elevan los precios de los productos más demandados en un viaje , incluida gasolina y hoteles.

Por ello el más asequible es Cayo Largo, aunque tiene más tirón Islamorada, donde ya se empieza a hablar de la mejor tarta de lima, la preferida en los Cayos y elaborada con los cítricos que allí se cultivan. El ecuador del recorrido lo marca Marathon, en cuyas aguas proliferan los barcos y practican snorkel centenares de turistas. El final de esta carretera escénica, que atraviesa una sabana tropical repleta de activa vida animal protagonizada por cangrejos, reptiles, aves y vertebrados de mayor tamaño que ignorando a vehículos y personas pasean impunemente por ella, termina en Key West. Una isla que fue hogar de pescadores, refugio de piratas y de buscadores de tesoros a la que los exploradores españoles llamaron Cayo Hueso por la cantidad de restos óseos que encontraron tras haber sido utilizada como cementerio.

Gallo.

Sin embargo, lo que hoy se ven en las calles de Key West son cientos de gallinas y gallos, una especie que, al parecer, trajeron los exiliados cubanos aficionados a las peleas y que, al estar prohibidas en los Cayos, optaron por soltar. Cierto o no, las aves, a las que se puede ver deambular durante el día y oír cantar cada amanecer, se han convertido en protagonistas de los rótulos identificativos de todo tipo de establecimientos.

Negocio.

Para los visitantes es parte del encanto de una isla que ha servido de  inspiración de escritores de la talla de Tennesse Williams y Ernest Hemingway quien se enamoró del lugar, al que acudió para descansar con su esposa aconsejado por John Dos Pasos y en el que decidió quedarse a residir. La que fue su casa durante una década, es hoy un museo en el que , al contrario que en el resto de la isla, los animales que imperan no son los gallos, sino los gatos, muchos descendientes de Snow Ball, un gato de 6 dedos que supuestamente dan buena suerte y que le regaló un capitán de barco. Así se  inició el enamoramiento del escritor con los gatos para los que creó incluso un pequeño cementerio junto a la vivienda. Al menos medio centenar de felinos acostumbrados miran impávidos a los visitantes, a los que no ceden su espacio en las escaleras interiores ni en el jardín del “cuartel general“ del escritor norteamericano, gran conocedor de España donde trabajó como corresponsal de la guerra civil, cuyos objetos se exponen en una casa de estilo colonial, como tantas otras de la isla.

Por admiración, curiosidad, cultura…sobran razones para realizar una visita a esta casa cuya entrada se ha de abonar en metálico, rompiendo así con la realidad que impera en el país de poder realizar cualquier pago, por mínimo que sea, con tarjeta. Bordeada por un jardín y una piscina, mandada construir en la última etapa del matrimonio con Pauline Pheifer, quien pagó por la alberca más que por la casa, el edificio, pintado de amarillo, emana calma y aparenta ser más grande de lo que es en realidad. En él se conservan, custodiados en vitrinas, enseres tan personales como la máquina que el autor de “El Viejo y el mar” utilizaba para escribir sus obras en el edificio anexo a la vivienda.  

Maquina escribir de Hemingway.
Piscina.

La casa, con entrada por dos calles pero solo acceso por Whitehead Street, está muy próxima a la calle Duval, eje de la actividad diurna pero, sobre todo nocturna. Una vida de la que disfrutaba Hemingway, cliente habitual del Sloopy Joe’s un bar que ahora preside una fotografía del periodista y escritor junto a un pez espada, como los que a él le gustaba salir a pescar.

En Sloopy Joes, donde pasó horas compartiendo confidencias sin que eso frenara su productividad, conoció el Premio Nobel a su tercera esposa por lo que nadie puede negar razones al bar para que, 58 años después de que se suicidara, siga siendo considerado la segunda casa del escritor a la que se acude con la intención de entender al icónico narrador.

Decía de él mismo que no era el mejor padre ni marido. Si es cierto no debió pasar tiempo en otras habitaciones de la casa que no fuera el dormitorio y que también son visitables. Fotos, muebles y libros – a la venta ejemplares de este y otros autores en una pequeña tienda en el bajo de la casa- son las principales pertenencias que dejó Hemingway en esta casa, aunque parece que la mayor parte de la biblioteca que poseía se encuentra en la propiedad de Cuba, Finca Vigía.

Recuerdos y Pilar Key West.

Cuba en la distancia, al frente y separada de EEUU por los mismos km que tiene la carretera de Los Cayos: 90 millas, demasiadas como para avistar la isla desde Cayo Hueso. Noventa millas que se simbolizan con una boya de cemento, icono de los cubanos en el exilio, ante el que cada día miles de visitantes hacen cola para sacarse una foto. Es Southernmost point ,el punto más al sur de EEUU. Es, sin duda, uno de los puntos más fotografiados junto con Mallory Square una plaza que modifica el ambiente, siempre animado, cuando llega el atardecer, momento esperado por los mismos miles de visitantes que antes se han fotografiado ante el bloque de cemento pintado de llamativo color rojo.

Icono de los cubanos.

A tan solo unos metros de Mallory Square se encuentra el puerto desde el que salen los barcos turísticos de Fury Water que incluyen entre su variada oferta, diversas opciones de esperar, en el mar, la llegada de la ansiada puesta de sol mientras se escucha música en directo, se come y, sobre todo, se bebe. Turistas y visitantes de todas las edades se desinhiben minutos después de zarpar, una vez que la comida y bebida se reparte sin límites y que, en todo caso, resulta suficiente para saltarse la cena, y posterior sesión de copas, de esa noche. Dos horas de tranquila navegación sin que el suministro se agote pese a la insistente e insaciable demanda del público que, de todas sus pertenencias, sólo se preocupa por tener consigo la cámara de fotos pata tomar imágenes del momento. Los cincuenta y  nueve con noventa y cinco dólares, el precio del «Commotion on the ocean sunsent cruise», garantizan una bonita experiencia acompañada de una comida, por increíble que parezca, digna y hasta apetecible que incluye los famosos buñuelos de caracolas, acompañados de diversas salsas. Inevitable en Cayo hueso que entre los platos figuren los Southwestern rolls, pequeños rollos fritos que envuelven variedad de verduras, pollo y queso. No falta la salsa de pescado ahumado, el humus acompañado de verduras y los quesos variados. La música sonando de fondo, que consigue arrancar pasos de baile a quienes aún tras las margaritas, el vino o el champán se mantienen estable, va perdiendo protagonismo para cedérselo al sol que comienza a caer, convirtiendo el mar salpicado de embarcaciones en una de las estampas que da sentido al hecho de que una de las mayores atracciones sea contemplar como cada tarde el sol se despide para volver al día siguiente.

Desde las ventanas de las habitaciones de algunos hoteles se ve la puesta de sol. Hoteles de lujo, algunos. Con precios como si lo fueran, la mayoría. Esa es la razón por la que muchos visitantes evitan hacer noche en el último Cayo y optan por dormir en los anteriores u optan por realizar una larga excursión de un día. La amplísima oferta hotelera incluye moteles con tarifas equiparables al de un hotel en cualquier en otra zona, pero que en Key West suponen un respiro para muchos visitantes, e incluso familias, que pueden así  pernoctar en Cayo Hueso. Resulta ideal Southwinds por su ubicación cerca de las principales atracciones y precio, respecto de la zona que, como decimos es cara. Tres piscinas distribuidas por las instalaciones, sencillas pero cuidadas, aire acondicionado, habitaciones espaciosas, internet, aparcamiento gratuito, desayuno incluido, lavandería….y sobre todo amabilidad por parte de todo el personal entre el que, como no podría ser de otra manera, predomina el de habla hispana.

Motel.

Las construcciones, incluso recientes, procuran mantener ese aire colonial de las primeras edificaciones. Un estilo que se conserva, cuida e incluso promueve en el exterior de las viviendas y negocios. Viéndolo, uno entiende porqué Hemingway se enamoró del lugar. ¿Quién se resistiría?

Casitas en los Cayos.
Araceli Viqueira: 🇪🇸 Despierta imaginaba visitas a lugares desconocidos hacia los que no sabía dirigir mis pasos. El tiempo, el mismo que a veces perdemos, y la curiosidad innata han sido mis aliados. Por fortuna, combinar trabajo y placer hace más fácil mantener la misma ilusión que hace décadas.
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