Hay viajes que no se eligen solo por el destino, sino por lo que representan.
En el mes de febrero pasado, precisamente en el Día de los Enamorados, estuvimos junto a mi esposo en la inmensidad de la Cordillera de los Andes, rodeados de montaña, cielo abierto y un silencio increíblemente maravilloso que envolvía todo.
Y en medio de ese paisaje imponente llegamos a un lugar que nos conmovió profundamente: las ruinas del antiguo Hotel El Sosneado, en la provincia de Mendoza, República Argentina. Un lugar que nació para ser mucho más que esas ruinas.
El Hotel El Sosneado fue inaugurado en el año 1938, en plena cordillera mendocina, cuando llegar hasta este rincón remoto era una verdadera travesía. En aquel entonces, representaba una promesa: descanso, lujo y bienestar en medio de las aguas termales y el aire puro de la montaña.


Nació como un hotel termal de alta categoría, pensado para viajeros que buscaban sanar el cuerpo y el alma en un entorno natural incomparable. Durante poco más de una década fue símbolo de elegancia y aventura y un punto de encuentro en medio de la inmensidad.
Luego, el tiempo cambió su destino. El hotel cerró sus puertas y la montaña fue lentamente reclamando lo suyo. En la actualidad, caminar entre sus ruinas es una experiencia profundamente emotiva.
Las paredes descascaradas, los marcos vacíos de las ventanas, los pasillos abiertos al viento, sus piletas termales y el silencio absoluto cuentan otra historia. Una historia que ya no se vive, pero que todavía se siente.
Porque El Sosneado no es un lugar vacío, es un lugar lleno de memoria.
Mientras recorríamos sus espacios, era inevitable imaginar lo que alguna vez fue: las risas en los salones, los viajeros llegando después de días de camino, la música, las conversaciones, la vida fluyendo en cada rincón.

Hay algo profundamente humano en los lugares que alguna vez brillaron y hoy permanecen en ruinas. Nos recuerdan que todo cambia. Que el tiempo transforma incluso lo que parece eterno. Y que, aun en el abandono, existe una belleza silenciosa que conmueve.
El viento atraviesa las estructuras como si aún quisiera contar lo que pasó allí. Y la montaña, inmensa y eterna, observa en silencio el paso de los años.
En ese entorno, la historia no desaparece: se vuelve paisaje.
Pero ese viaje que hicimos con mi esposo también tuvo otro significado aún más profundo porque se cumplían 44 años que nos elegimos para compartir la vida. Y seguimos eligiéndonos.
El día de San Valentín nos encontró en la inmensidad de los Andes, entre días de sol, noches estrelladas y ese silencio que invitaba a agradecer.
Los días allí fueron en nuestro motorhome, compartiendo caminatas largas, charlas interminables, encuentros con amigos y esa complicidad que solo el tiempo sabe construir.

En la cordillera todo se vuelve más simple.
El amor también.
No es solo una fecha.
Es decisión.
Es camino compartido.
Es sostenerse en las tormentas y disfrutar el paisaje cuando vuelve la calma.
Mientras observaba las ruinas del Hotel El Sosneado, pensé que, de alguna manera, la vida también es eso: memoria, transformación y permanencia en otra forma. Y entendí algo muy simple. Hay lugares que hablan de historia. Y hay viajes que hablan de amor.
Este fue ambos.

