Collage del animeroEl Animero en la provincia de Chimborazo, Ecuador / <em><a href="https://www.instagram.com/momfotograficos/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Marielisa Fierro</a></em>

Desde hace muchos años atrás, encuentro grandiosamente interesante visitar pequeños pueblos, que parecen olvidados en el tiempo: transitar por calles donde la historia está impregnada en las paredes, donde las puertas se abren para hacernos viajar a través de historias fascinantes, donde sus ventanas reflejan un pasado que no volverá, pero que lleva consigo el placer de un recuerdo eterno.

En ese afán de buscar cuentos, leyendas o, simplemente, alguna historia de amor con trágico final, llego a la provincia de Chimborazo, cuna de la montaña más grande que posee Ecuador (Nevado Chimborazo, 6310 m.s.n.m.) y donde se alberga una de las tradiciones más antiguas, y para algunos, más tétricas del país. En ese afán de revivir viejas tradiciones y remembranzas, viajo a la parte noroccidental de la provincia con el firme propósito de entrevistar a un icono de la cultura religiosa de esta zona: El Animero. Y contrariamente a pensar que este término es la sustantivación del verbo animar, el Animero es, quizá, el personaje más valorado dentro de la cosmovisión religiosa en esta zona, pues es el encargado de, antes y durante la celebración del día de los Santos Difuntos, rezar por aquellas almas infortunas, que tuvieron el grave pesar de no llegar directamente a la vida eterna, y deben estar penando hasta que su momento de atravesar las puertas del cielo llegue.

El Animero en la provincia de Chimborazo 2
El Animero / Marielisa Fierro

Camino por los pueblos ancestrales de Cubijíes, Quimiag y Bayushig y comienzo a notar que el tiempo, en verdad, no pasa. Algunos arreglos se han hecho para mostrar el interés de sus habitantes por ser visitados por viajeros y turistas, pero ese aire, místico y de antaño, sigue rondando por cada esquina, por cada árbol, por cada puerta en la que me detengo. Nada tienen que ver estos pueblos mágicos con la cosmopolita visión de Riobamba, una ciudad que si bien aún pequeña (225.741 personas segun el último censo del 2010) siente las marcas de la globalización y el crecimiento poblacional, producto de su condición de capital de provincia.

Recorro sus calles en busca de alguien que me muestre más acerca del misterio de este personaje, que asusta a niños y alerta a adultos, y que marca una forma de mantener vivo el pensamiento de antaño, esas creencias que, en otros sitios, siguen cruelmente desapareciendo. Y es así como llego a donde no quería llegar: Al cementerio del pueblo. No es que tenga miedo a los muertos (Mi abuela decía que debemos tener más miedo a los vivos, mientras se enojaba porque nos escondíamos o llorábamos por el susto que provocaba una sombra, un sonido extraño o la mismísima noche), pero siento cierto recelo al entrar a lugares con cargas energéticas muy fuertes (sí, muchos dijeron ya que eso suena más a excusa y pretexto): pese a todo, me armo de valor y voy en busca de pistas para encontrar a alguien que, de seguro, prefiere su anonimato. Y, entre flores y lápidas, me encuentro a varias personas con un mismo discurso: esa misma noche, a la media noche, el Animero circulará por las calles de la ciudad. Mi excitación es enorme y mis miedos me empujan a que solamente lo vea desde lejos, pero mi curiosidad me insiste en seguir sus pasos, reconocerlo, analizarlo, respirar su esencia.

El Animero en la provincia de Chimborazo
El Animero / Marielisa Fierro

Cuenta la historia, de boca de antiguos, que el animero no tiene registro en los libros católicos, sino más bien en el ideario local. En algún momento del tiempo, este personaje surge como resultado del miedo de ir directamente a las calderas del infierno por el pecado cometido. La posible recomendación de un religioso, de rezar por las almas del purgatorio, el máximo escalafón que este pecador podrá aspirar, dada la gravedad de su crimen, hizo que este personaje se vistiera de blanco, sinónimo de eterna pureza, y que cargará un acial, un crucifijo en su pecho y un cráneo humano en su mano, para espantar a los espíritus malos que impidan lograr su cometido: que el pueblo, esa noche, deje de lado sus actividades para que ofrezcan un padrenuestro y un ave maría para las almitas del purgatorio, y así él, cuando muera y llegue a este mismo sitio a penar sus culpas, otros tomen las riendas de su labor y empujen a otros a rezar por su alma. Y es así como, este caminar, se convierte en una tradición de sucesión en línea de sangre, mis hijos, mis nietos o algún familiar que me tenga estima, no permitirá que mi alma se eternice en el purgatorio, y 8 días antes del día de los Santos Difuntos saldrá, en mi mismo recorrido, para que el pueblo rece por mi alma y, al fin, pueda encontrar mi descanso eterno.

Cráneo humano en manos del Animero / Marielisa Fierro

Y entonces llega el momento. 10 minutos antes de la media noche, sale de su casa un joven de no más de 35 años, y mi sorpresa incrementa, suponía que el Animero tendría al menos 60 o 70 años. Sacudo la cabeza, olvidando los prejuicios, y continuo con mi atención enfocada, más en el evento, que en la juventud del Animero. Y así, con una puntualidad de difícil reconocimiento en el país, a las 00h00 de aquel nuevo día, el Animero deja la iglesia y empieza su transitar por las calles de la ciudad. A un paso digno de atleta, recorre los caminos pedregosos que lo llevan a su primer destino: el cementerio, y en específico, la tumba de su fallecido abuelo. Se nos impide el ingreso y por respeto decido quedarme a las puertas, siempre pendiente de que el lente de mi colega llegue a tal distancia, para al menos tener una visión de lo que adentro sucede. Mientras el Animero pide por el alma de sus antepasados, converso con su esposa, quien me comenta que empezó en este transitar hace 7 años, como sucesión de lo que su abuelo hacía. Me comenta que, si él no deseaba continuar con la tradición, otra persona, cercana o ajena a la familia, debía hacerlo, porque, si no, ¿Cómo las almas del purgatorio llegarían al cielo? Me cuenta de las 8 noches que su esposo camina por la ciudad, de cómo la gente lo sigue, pero solamente por ciertos tramos, porque la energía y las almas son tan poderosas que la gente ya las siente, y prefiere mejor alejarse. De cómo ella no puede dormir con él esas noches, porque debe estar en completo retiro para que las almitas le ayuden y le protejan. Peco de imprudente y comento de mi sorpresa por la juventud del Animero, a lo que, como respuesta, obtengo una carcajada sarcástica y la mejor respuesta que hasta ese momento habría oído: «Si de la vejez o juventud dependieran ciertas acciones, ni los viejos podrían empezar a estudiar, ni los jóvenes tener basto conocimiento.» Me arrepiento por dentro al haber sido tan ciego, y en ese momento el Animero deja la tumba de su abuelo: camina de espaldas para que, ni las almas del purgatorio ni la gente que le seguimos, podamos verle el rostro, y empieza su caminata por el medio de un cementerio, más que tétrico, intrigante. Tratamos de imitar su agilidad al caminar, surcamos tumbas, lápidas y terrenos agrestes, nos detenemos cada vez que el Animero para y toca su campana, al mismo tiempo que grita “Despierten almas dormidas, de este profundo sueño. A rezar un Padrenuestro y un Avemaría, por las benditas almas del santo purgatorio. Por el amor de Dios.” El grito cada vez se hace más tenebroso, pero tengo que saber cómo el pueblo reacciona, ante el paso de este personaje por sus hogares. Con dificultad atravesamos todo el cementerio y continuamos por las montañas que circundan este lugar, ya que la visita no solamente es a lo que actualmente es el cementerio, sino a los predios del antiguo campo santo. Atravesamos quebradas, campos, plantaciones y zonas abandonas, solo con la luz de la luna como vigía de nuestro caminar. Y, a paso acelerado, llegamos al pueblo, donde, gran parte de los peregrinos, deciden abandonar la empresa y regresar al parque central, a la iglesia principal, para esperar el arribo del Animero. Por lo que a mi concierne, persigo al personaje por las calles, viendo como el pueblo, con temor, le pide que se detenga en ciertos puntos, para entregarle dinero, como limosna, además de comida y bebida, para que su caminar sea más llevadero.

Campana del Animero en la provincia de Chimborazo
Campana en manos del Animero.

Es la 01h14 y estamos muy cerca del final de nuestro transitar, pero mis dudas siguen creciendo. Trato de concentrarme en los pasos del Animero, de sentir lo que él siente, de entender su motivación. Llegamos al parque central, donde todos aquellos que, en el caminar, desertaron, hoy están listos para una última foto. De pronto, siento una mano que toca mi hombro y mi sangre se congela. Solo cierro los ojos pensando que mi atrevimiento al perseguir al Animero tenía que ser castigado, y quién mejor que hacerlo que una de las almas que tanto el personaje nombra. Entonces, solo giro, y a la espera que no haya nadie, abro los ojos y me encuentro con la silueta de la esposa del Animero, que me dice que no puedo ya continuar, que al parque solo llega él y luego continua a su casa, pero que con gusto estoy bienvenido en una próxima oportunidad, luego de los 8 días de procesión, para hablar más a fondo con su esposo, cuando él ya vuelva a ser una persona normal.

Agradezco por la invitación, pero sobre todo por no ser esa presencia espiritual que esperaba que fuera, y me retiro a donde deje a mis conocidos, para conversar de toda la experiencia, pero sobre todo a firmar el firme compromiso de regresar, no solo a charlar con el Animero, sino a vivir cada vez más y más cerca esta experiencia religiosa. 

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Por David Machado H.

🇪🇨 Llevo veinte años mostrando mi país(Ecuador) a la gente, a través de mis ojos, para que se enamoren de la magia que hay en cada rincón de este pequeño pero increíble espacio. Y es que de eso se trata: De coincidir con gente que te haga ver cosas que tú ves. Que te enseñe a mirar con otros ojos.

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