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tiburón en el océano
Imagen únicamente ilustrativa/ pxfuel.com

Tiburones: del plato a la sopa y ahora, al turismo de aventura

De 1997 al 2006 coordiné trabajos de investigación con docentes y alumnos de nivel medio superior en temas de tiburones, primero en la pesca deportiva, luego pesca ribereña, comercio de aleta y después, asesorando una tesis de licenciatura de la Universidad Veracruzana, sobre aspectos sociales y económicos ligados a esta pesquería en la región de Tamiahua.

Pertenecer a este grupo de la DGECyTM (SEP) que cooperaba con el Instituto Nacional de Pesca (hoy INAPESCA), me permitió conocer colegas y participar en foros, reuniones de trabajo y actividades de difusión y vinculación con la industria asociada. Por ejemplo, en el 2001 fui testigo de còmo “derribaron” por primera vez la propuesta de la NOM 029 en una reunión con los representantes de pesca deportiva y empresas turísticas; de ahí siguieron los trabajos de ajuste y negociación donde científicos honrados y comprometidos plantearon una nueva versión que – nuevamente – a nadie dejaba satisfecho pero que ya era una urgencia. Los grupos de trabajo lograron ajustar artes y equipos, zonas de veda, cuotas, especies y otras definiciones técnicas… también ahí me tocó participar, aunque no como protagonista pues había verdaderos expertos que ya venían trabajando desde el inicio de la propuesta. Una importante experiencia para confirmar que la ciencia en México es una herramienta indispensable para el desarrollo y la resolución de problemas de gran repercusión.

Los tiburones fueron, hasta antes de la 2ª Guerra Mundial, recursos pesqueros de mediana importancia global más que en zonas costeras específicas. No fue hasta que en la gran guerra la demanda de complementos alimenticios e insumos derivados de su aprovechamiento incentivó la explotación de escualos en zonas tropicales, y campamentos tiburoneros se establecieron a lo largo de ambos litorales mexicanos, desde donde se proveía de materia prima a los centros de concentración y de ahí salían los hígados, cartílagos y pieles al mercado internacional.

Al término de la confrontación y con el desarrollo de la versión sintética de la vitamina A, la pesquería de tiburón regresó a su condición local, aunque la FAO, en un esfuerzo por apoyar el desarrollo de comunidades africanas, americanas y del sudeste asiático, implementó una estrategia de autoempleo basado en la pesca y el procesamiento de la captura en un modelo de producción tipo cooperativa, cofinanciada por el gobierno local y los fondos de apoyo internacionales.

Tal iniciativa contribuyó al sostenimiento de la pesquería durante 25 o 30 años, fenómeno que, hasta la fecha continúa, ya sin apoyo internacional pues las aguas se movieron hacia otra costa, la de la conservación.

Dos fenómenos mediáticos motivaron la atención del público hacia los tiburones, quienes sin deberla ni temerla, cargaron con la fama de “asesinos”, “come hombres (y mujeres)”, y máquinas de matar. Por un lado, la película “Jaws” (Tiburón, en español) basada en el libro homónimo de Peter Benchley de 1974. Por el otro lado, los documentales e investigaciones de Cousteau, Eugene Clake, y los esposos Ron y Valerie Taylor a nivel mundial, mientras que en lo nacional la labor de Ramon Bravo fue fundamental para desmitificar al tiburón y su conducta.

Sin embargo, la pesquería continuó extendiéndose hasta mar abierto donde los barcos palangreros y con redes de deriva incidían en las poblaciones de tiburones azules, zorros, y makos quienes están asociados a la pesquería del pez espada en las aguas del Pacífico norte mexicano, de Guerrero Negro hasta Ensenada, en un área que abarca toda la Zona Económica Exclusiva, aunque muy pocas veces se alejan tanto de las islas oceánicas y las masas de agua templada pues ahí es donde nada el espada y sus primos cartilaginosos.

Esta pesquería dirigida a un recurso de gran valor comercial impactaba en los tiburones de dos maneras: en el ejemplar completo al venderlo como troncho para filetes (mako y zorro), y al cortarles las aletas para secarlas y venderlas al mercado asiático donde alcanzan valores exorbitantes pues son consideradas uno de los siete platillos más valiosos de la cocina china. Pero si creen que para cortarle las aletas al tiburón esperaban a que muriera o lo sacrificaban, está equivocados: generalmente se realizaban cortes estando vivo el animal y luego era desechado por la borda, hundiéndose inmediatamente y muriendo por asfixia pues el tiburón para respirar necesita estar en movimiento (o al menos, tener una corriente de agua continua por la boca hacia las branquias).

La práctica de desaletar (finning en inglés, o “aleteo” como también se le conoce en español) es aberrante y cruel, pero necesaria, en palabras de quien la justifica por el alto valor de las aletas como mercancía. En el 2005, como parte de un proyecto de investigación, analicé las características del mercado de aleta de tiburón y la relación del comercio México – China desde la playa hasta el comprador de mayoreo, visitando campos pesqueros, mercados, zonas de concentración del producto y exportadoras. Los datos fueron abrumadores pero incompletos, característica común en todas las naciones que tenían participación en este intercambio.

tiburones pelágicos estampillas
(Estampillas) Hoja Recuerdo Tiburones Pelágicos emitida por Correos de México.

En esa misma década, 1995 al 2005, ya se tenían indicios de la reconversión de pescadores ribereños de tiburón hacia guías de avistamiento de fauna marina, buzos, o prestadores de servicios en actividades acuáticas. A finales de los 90´s existían mercados consolidados de buceo con tiburón en el Caribe y las Antillas teniendo a las Bahamas como sitios de moda para bucear y alimentar gatas, tintoreras y otros tiburones menos peligrosos. Si era una práctica sana, sustentable o amigable con el ambiente se discutió en numerosas ocasiones y diversos foros turísticos y científicos. Se habló de romper el balance del ecosistema marino, pues como se sabe, los tiburones al eliminar por depredación organismos enfermos, débiles o muy viejos mantienen la salud del entorno. También de propiciar ataques a bañistas pues estarían acostumbrando al depredador a asociar al humano con alimento. Opiniones fueron y vinieron, teorías y planteamientos, declaraciones, pero el turismo de aventura basado en este producto no cesó ni disminuyó, pervive.

En el mismo sentido, pero con otra especie, el tiburón ballena, más voluminosa y nada agresiva, se vio la oportunidad de promover paseos, buceos con el ejemplar y safaris fotográficos. Mientras que en las Filipinas lo pescaban para comercializar sus enormes aletas en Centroamérica y el Caribe – primero, y luego en la península de Baja California (Bahía de los Ángeles en el estado norte y La Paz y Los Cabos, en el sur).

En esta última región, Baja California Sur, era frecuente observar agregaciones numerosas de tiburones martillo o cornudas. Fenómeno ya registrado en Costa Rica (Isla Cocos) y Ecuador (Islas Galápagos) pero que en el bajo cercano a la Isla Espíritu Santo se investigaron usando técnicas innovadoras de rastreo satelital y mapeo electrónico para tratar de descifrar el misterio de los cardúmenes de tiburones enajenados que parecían no comer y solo dar paseos lentos sobre y alrededor de los volcanes submarinos. Esto también atraía buzos, desde lugares tan cercanos como EE. UU. o distantes como Japón, quienes llegaban a La Paz y mantenían un nicho de mercado muy específico pero constante y sobre todo, armonizado con el ambiente.

Han pasado casi 3 décadas desde que empecé a trabajar como “tiburonólogo”. Las poblaciones han disminuido, algunos tiburoneros se han convertido en turisteros, y muchos visitantes han visto de primera mano que el tiburón no es como lo pintaban. Que sí, al ser un animal salvaje en su hábitat y siendo un depredador, el encuentro con alguno de ellos puede ser mortal, o al menos peligroso. También hemos sido testigos de cómo algunos lugares han pasado de puertos pesqueros a centros turísticos y que las nuevas generaciones son más atentas a la conservación del ambiente y al desarrollo sostenible, mientras que ciertas poblaciones comienzan a sufrir la presión de la nueva explotación del recurso, por ejemplo, tiburones ballena con cortes en el dorso y aletas por la propela de las embarcaciones.

Recién leí una nota sobre la postura de Colombia frente al comercio de tiburón hacia y desde su territorio. Hay que recordar que Colombia es un país con clima tropical y costa en ambos océanos, como México, y que, así como nosotros, ha sido tradicionalmente fuente de materia prima para mercados de naciones industrializadas. La prohibición que proponen se plantea como un decreto, es decir por ley no por voluntad, y su propuesta se parece mucho a la NOM 029 que tanto se ha satanizado.

Cierro esta reseña narrando que en el 2006 o 2007, cuando fue la primera veda obligatoria en aguas protegidas para el uso de redes de enmalle, y ante el embate de pescadores inconformes que reclamaban al funcionario pesquero que había ido a comunicar el procedimiento, conocer la norma y sus escollos técnicos me permitió ofrecer una salida instantánea, legal y muy válida con lo que el funcionario salvó el pellejo, el puesto y una toma de carretera en ese pueblo con mar y sin ley. La dispensa nos regalaba un año para realizar más estudios, pero la oferta fue rechazada, la oportunidad perdida y la experiencia sumada. Es una verdad innegable, en México las leyes no se aplican por que se desconocen o se usan para beneficio de alguien, haciéndolas flexibles a modo y conveniencia. Es a las nuevas generaciones de biólogos y profesionales del turismo, a quienes les tocará encontrar la propuesta adecuada al momento histórico y ambiental que se vive.

Para saber más del tema:

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Acerca de Marcos de Jesús Roldán

Marcos de Jesús Roldán
(México, D. F.). Profesor universitario y de bachillerato, vive en Baja California Sur desde 1985. Con estudios en Comercio Exterior y Administración de Negocios; viaja, escribe, lee y bebe café. No sabe estarse quieto pues afirma que viajar, más que una actividad, es un estilo de vida.