Artesano trabajando el Junco 2Imagen únicamente ilustrativa, no es una representación fiel de los personajes utilizados a continuación.

Don Pablo tenía ochenta y siete años; quizá tenía unos cinco más pero desde que perdió su cédula de identidad hace mucho tiempo atrás, nunca más tuvo constancia escrita de su fecha de nacimiento. No celebraba nunca su cumpleaños y no necesitaba identificación pues de su taller de cestería no salía, salvo fuera al abastecedor cercano y a la iglesia, cuando sentía que algunas palabras con el “Jefe Máximo” debían ser dichas y eso no era todos los domingos. 

De su padre heredó el conocimiento y el talento para hacer canastas con un junco que crecía en su misma propiedad y que él cuidaba porque ahí estaba la razón de su sustento. La tierra le daba verduras y frutas y sus gallinas eran su mejor fuente de proteínas.

Las cestas de Don Pablo tuvieron gran fama. Los buses plenos de turistas acostumbraban detenerse frente a su casa para que los visitantes conocieran el arte tradicional de elaboración de canastas y además el uso de los tintes naturales que en algunos modelos de cestas se usaban para que el trenzado fuera más notorio y para resaltar diseños coloridos que demandaban los compradores de adornos, porque hoy casi nadie usa cestas de junco para ir al supermercado y tampoco se usan en casa para guardar o acarrear objetos.

Al principio, las canastas de Don Pablo eran enormes porque para transportar pan y frutas eran muy útiles. Un día, un turista alemán, torciendo la lengua y sudando con el esfuerzo de hablar el español, aconsejó al canastero hacer cestas más pequeñas de suerte de permitir que los extranjeros las compren y las puedan guardar en las maletas o en las mochilas o en los bolsos de mano, como recuerdos fáciles de transportar al extranjero.

Don Pablo no era tonto y entendió que meter una canasta de pan enorme en una maleta o en la cabina de los aviones, sería muy incómodo. Entonces, diseñó unas canastitas muy coloridas que servirían para poner pan, frutas o huevos frescos; eran canastitas de colores alegres como los que se usan en los vestidos de las chicas casaderas de su pueblo.

Un canastón de pan le tomaba al anciano como tres semanas de trabajo. Si estuviera sentado en su banquito, del que él llamaba su taller, sin moverse todo el día, podía terminar su obra en nueve o diez días pero entre los cultivos, las gallinas, las reparaciones del techo que cada día tenía más agujeros, la elaboración de sus alimentos y los mandados que hacía al abastecedor y algún otro imprevisto, Don Pablo no podía adelantar mucho con la cestería.

Las canastitas no tomaban mucho tiempo. Un par de ellas se completaban en tres días pero el junco debía teñirse y ese proceso era más lento porque el junco se remoja, se escurre, se cuece con los tintes y se vuelve a secar en un proceso que dura varios días.

Sean grandes canastas o cestas coloridas para los turistas, las manos del anciano además de sufrir de artritis, también sufrían de pinchazos y cortes muy finos y dolorosos que el junco generaba con sus bordes delgados y sus puntas afiladas. Don Pablo sentía poco dolor pero verle las manos obligaba a pensar en el Nazareno que estaba expuesto en la Iglesia, igual de lastimadas y a veces también ensangrentadas.

Don Pablo no sabía de contabilidad, de inventarios o de margen de ganancia. Con costos sabía sumar y restar, la multiplicación con dos dígitos era un reto y la división le generaba problemas. Por lo anterior, nunca supo poner un precio a su trabajo. Lo mejor que hizo un día fue tomar un “colectivo” y viajar cuarenta y cinco minutos al pueblo más cercano para preguntar el precio de unas canastas más rústicas, menos trabajadas y con defectos; con ese precio de referencia, Don Pablo decidió cobrar lo mismo a los turistas.

Tristemente ya no hay muchos turistas delante de la casita de Don Pablo. Él no tiene un baño, usa una letrina que reconstruye desde hace cuatro décadas y por eso ya sucedió que, mientras los turistas estaban admirando la obra del anciano, más de uno precisó ir al baño y el guía de turistas tenía que excusarse y ofrecer una alternativa a diez minutos de viaje en carretera. Además, y posiblemente el verdadero motivo de las bajas ventas de Don Pablo, es que de países vecinos han llegado canastas de mimbre muy parecidas a las del noble anciano pero a precios menores porque son pintadas con tintes sintéticos y dicen que es porque los talleres donde las hacen, abaratan costos al emplear a decenas de trabajadores que por pocas monedas laboran doce horas interrumpidas por quince minutos de almuerzo.

Un día, a media mañana, un bus muy grande, moderno y pintado con brillantes colores se detuvo delante de la casita de Don Pablo. En el bus no había un guía local de turistas. Los turistas eran liderados por un extranjero bilingüe que sin saludar al artesano comenzó a hablar un idioma raro para el anciano, mostrando las canastas grandes para comenzar y luego las canastitas. Los turistas estaban muy interesados sacando fotos y filmando. Luego, varios preguntaron al extranjero algo que lo obligó a darse la vuelta y de frente al artesano, le preguntó por el precio de las canastitas de colores. Don Pablo, con la timidez del hombre de campo y en voz baja le respondió que costaban veinte pesos la unidad. El extranjero, giró la canastita que tenía entre manos como buscando una mancha, un trazo irregular, un trenzado defectuoso y con un gesto de desprecio en la cara, le dijo al anciano que le daba dos pesos por cada una, que canastas similares costaban eso y que diera las gracias que al menos quince turistas le comprarían.

Don Pablo tuvo una semana difícil: cero ventas, una gallina muerta, una gotera grande y un pedazo de la puerta que se quebró ante el poder de la bisagra de acero que de tanto abrir y cerrar venció la resistencia de la vieja madera.

El junco era gratis, la tintura la conseguía con sus hierbas, sus pinchazos y heridas en las manos sanaban pronto y los gastos no podían esperar. Con la tristeza en el rostro aceptó el trato. Lo que Don Pablo perdía era el tiempo de elaboración de sus canastas, su verdadero arte y trabajo. El dolor de espalda, invertido durante la manufactura de canastas fue en vano y a fin de cuentas, ese dolor quedaba como un recuerdo doloroso pero recuerdo al fin, hasta que volviera a sentarse de nuevo a hacer canastitas.

Con el dinero de la venta, Don Pablo compró materiales para reparar su casita de madera, agasajó a las gallinas con maíz blanco que compró en el mercado y las monedas que sobraron, le permitieron el “lujo” de comprar cinco bolsitas de té, “importado” le dijeron, con sabor a té local.

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Por Luis Carlos Palazuelos

🇧🇴 Profesional en turismo hace treinta y seis años. Formación en Derecho y Maestría en Turismo; soy conservacionista y escritor entre otras cosas que me apasionan y me complementan.

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