Azafata en avión

Un viaje en avión es una gran experiencia para quienes lo hacen por primera vez pero las opiniones al respecto pueden ser diversas.

Eleodoro Pérez de la Caldera y Colodro era un campesino que con mano propia construyó una casita sobre un cerro rodeado de un bosque. Se casó y en esa misma casita nacieron dos preciosas niñas quienes al crecer lograron concluir la escuela y el colegio en el pueblo vecino distante a 4 kilómetros del cerro. Cuando las niñas terminaron sus estudios, Don Eleodoro pensó que el futuro de ellas era dejar el cerro y mudarse a “la gran ciudad”, cosa que hicieron y les fue muy bien. La menor viajó mucho más lejos y se fue a “las Europas” y la mayor se comprometió en casamiento y como la madre estaba muy delicada de salud, sería el papá quien viajaría a la capital para la boda. 

Don Eleodoro recibió su boleto aéreo de mano de un vecino que del pueblo lo trajo a lomo de burro.

Don Eleodoro llegó puntual al aeropuerto. Lo llevó el párroco del pueblo en un “yip”; fue él quien bautizó a las niñas Pérez de la Caldera y por la estima que tenía con la familia toda, se ofreció en la logística del viaje.

El equipaje de Don Eleodoro era suficiente para tres días que le tomaría ir por primera vez en avión, pasar la ceremonia civil y la religiosa y volver “a las carreras” porque él no era de ciudad y porque la mujer precisaba los cuidados del marido.

Llamaron a abordar. Don Eleodoro se puso en la fila pero como los primeros en abordar eran mujeres embarazadas, niños y ancianos, el hombre pensó que no aplicaba en ninguna de esas categorías a pesar de sus sesenta “y pico” años. Fue el último en abordar.

Al subir al avión le ofrecieron varios periódicos del día y revistas que el señor de nuestra historia rechazó porque ni tenía con qué pagar ni había traído las gafas de lectura. Al acercarse al asiento que le indicaron, se dio cuenta que no había espacio para su “bulto” en los compartimientos superiores y se lo pidieron para acomodarlo en otro lado. Antes de entregar “su propiedad” Don Eleodoro preguntó nombre, apellido, edad y número de identificación del asistente de vuelo. Lo único que consiguió fue el nombre de pila.

Poco después de despegar, le ofrecieron maní pero “el caballero” lo rechazó bajando la voz porque según le dijo al asistente de vuelo, “le agitaban las tripas”. Más tarde le ofrecieron una almohada que también fue rechazada porque era “chiquitilla” y además al medio día el hombre de campo no duerme “¡Dios guarde!”. Al traerle cobijas, Don Eleodoro fue tentado porque se veían suaves, muy limpias, casi nuevas y con los pies fríos también las rechazó porque él dijo que no pensaba pasar la noche en el avión. 

Llegó la hora del almuerzo. Una voz muy linda anunció por los parlantes que habían dos opciones: camarones con pasta y “filet mignon”. Cuando le preguntaron a Don Eleodoro, respondió que según Levítico 11 no se pueden comer “bichos” del mar y que para la segunda opción, él jamás comería algo que ni siquiera podía pronunciar.

Le ofrecieron jugo de naranja o gaseosa de cola pero nuestro amable señor dijo que prefería su “agüita de panela” que en botella de plástico había acomodado en un bolsillo de la chaqueta.

Mientras se recogían las bandejas del almuerzo, la voz linda anunció que inmediatamente alguien pasaría ofreciendo artículos “tax free”. Don Eleodoro pensó que eso sería un postre extranjero y como el dulce le gustaba, aunque fuera extranjero, se relamió los labios y esperó ansioso. Una tripulante de vuelo se acercó. Ella era de “muy buen ver” y Don Eleodoro abrió los ojos no tanto por un descenso brusco que hizo el avión sino porque “la muchachilla” lo miró a los ojos y lo trató de “estimado… pasajero”. Ella no solamente traía unas cajitas de cosméticos, licor, cigarrillos y dulces finos, sino un perfume que embriagaba y nuestro personaje quedó seducido por un aroma que le recordaba a las flores silvestres que en su cerro crecen en la primavera y que él acostumbraba llevar a su casa cuando además de agradecimiento pretendía un “regalito” de su mujer en la noche. Al entender que “tax free” era como comprar en la feria del pueblo, sin factura ni comisión del revendedor, rechazó la oferta. Sin embargo, la muchacha sin borrar la sonrisa, le dijo con dulce voz y encanto: “No se preocupe caballero. Quedo a sus órdenes para lo que queda del viaje”.

Prontos a aterrizar con “las lucecitas navideñas”, unas encendidas y otras apagadas, Don Eleodoro, que se había desajustado el cinturón de seguridad porque la vejiga estaba hinchada por la bendita “agüita de panela”, se dio tremendo “mameyazo” contra la ventanilla del avión y mientras muchos aplaudían por el aterrizaje, él “se sobaba la chichota” de su parietal.

Antes de bajar Don Eleodoro escuchó la linda voz que le decía “Esperamos volverlo a ver caballero” y ahí casi cae por las escaleras de desembarco.

Ya con el recibimiento de la hija y del futuro yerno, la pregunta obligada fue sobre la primera experiencia en el aire. Don Eleodoro respondió que nunca recibió nada, que se la pasó a punta de “agüita de panela”, que para lo costoso del billete de avión, el servicio podía mejorar y que si al menos le hubieran ofrecido mango verde o unos patacones para el almuerzo, él olvidaría el mal rato que pasó a bordo. 

La hija le garantizó que con ella todo estaría mejor. Don Eleodoro le pidió dos cosas por el momento: la primera era comer unos huevos fritos con papa y la segunda era visitar una iglesia. La segunda petición llamó la atención de la hija. Don Eleodoro le dijo que no preguntara mucho pero que él, que era un hombre religioso, sabía que debía confesar que el perfume de flores silvestres “lo ponía contento” y ante la ausencia de la mujer, debía confesar al menos los malos pensamientos que tuvo durante el vuelo y que si la penitencia era volver en autobús, él no se molestaría aunque el viaje durase 27 horas; al fin y al cabo y para su bien, los buses de pueblo no tienen servicio a bordo, perfumes seductores y tampoco “tasfí”.

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Por Luis Carlos Palazuelos

🇧🇴 Profesional en turismo hace treinta y seis años. Formación en Derecho y Maestría en Turismo; soy conservacionista y escritor entre otras cosas que me apasionan y me complementan.

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