Mochileros tipo dibujo

Con las mochilas al hombro llegaron a la periferia de la ciudad. Aceptaron pagar el bus que hasta ese lugar los llevaba, pero ni un centavo más. La idea era ahorrar porque todo se puede conseguir sin gastar dinero, al menos eso es lo que uno de ellos propuso; por eso, él se instaló en el piso, sobre una cama de verde y fresco pasto, seguro de que en algún momento un automóvil grande o pequeño, lujoso o económico, vacío o con al menos dos asientos disponibles, se detuviera para llevarlos los siguientes doscientos setenta y dos kilómetros.

Todo tipo de transporte debía parar en ese puesto donde estaban los viajeros; en ese lugar había un puesto de control que, más que controlar algo, lo que se hacía era cobrar un peaje que servía para pagar el salario de los dos policías que allí se turnaban el servicio y como no había nada más qué hacer, habitualmente estaban juntos en ambos turnos.

A las diez de la mañana ya habían pasado buses de línea con asientos disponibles pero no estaban en el presupuesto de los chicos. Luego pasaron coches con espacio pero las miradas desconfiadas de sus conductores eran respuesta suficiente para negar el “ride”. Como al mediodía, la primera chispa de inquietud se había encendido en los dos mochileros.

Pasadas las doce, un coche destartalado con un sonriente conductor entrado en años se detuvo cerca de los muchachos preguntando para dónde iban y si lo querían, él los llevaba. Quien estaba en el pasto, ya casi despierto de su prolongada siesta pensó que, al ser un vehículo viejo, el viaje sería lento y además fastidioso pues los asientos al lado del chofer se veían no solo sucios sino incómodos. Gentilmente rechazaron la oferta del amable hombre quien, sin tomarse el rechazo a pecho, continuó su viaje dejando al aire tres explosiones de su escape de gases.

Cuando el hambre apretaba a las cuatro de la tarde, los mochileros se pusieron en pie a buscar algo qué comer y aunque ese gasto estaba presupuestado para la llegada al destino, todavía estaban a doscientos setenta y dos kilómetros, ni uno más y ni uno menos desde que llegaron al puesto de control de todo transporte que salía fuera del distrito.

Luego de comer tres plátanos, dos panes salados y una gaseosa, los ojos de ambos jóvenes apuntaban al frente contrario a su destino. Buscaban en el horizonte algún transporte que se acercara y los acercara finalmente a su destino.

Sopló el viento, el lugar se despejó de algunos vendedores ambulantes que aprovechaban el olvido, el hambre o las ganas de gastar que tenían los viajeros y empacaron bufandas, sombreros, refrescos, chocolates, muñecos tallados en madera y guantes de lana de vivos colores y se fueron.

A las cinco de la tarde se produjo una reunión extraordinaria de los dos socios del viaje. No hubo bus, camión, camioneta o coche, a excepción del que conducía el viejillo con escape malo (el coche, no el viejillo) que los hubiera recogido gratis para recorrer todos los kilómetros que les faltaban para llegar. En la reunión acordaron esperar hasta las siete de la noche con la esperanza de que algún tipo de locomoción pasara y pedir aventón y, si hasta esa hora no sucedía lo esperado, gastar el dinero de la cena de esa noche y del desayuno del día siguiente para pagar por dos espacios en algún bus turístico que quizá ya no pasaría por ahí a esa hora.

Fue así que nerviosos, con las mochilas al hombro, la mirada fija en las posibles luces que se acercaban al puesto de control, los viajeros de bajo presupuesto esperaron sin buen resultado.

A las diez de la noche unas luces anunciaron que un transporte grande y pesado se acercaba. Los policías les dijeron a los chicos que después de las diez sería muy raro que alguien más llegara al puesto de control y que ese transporte sería posiblemente su última oportunidad. 

Los muchachos decidieron en menos de 10 segundos porque el hambre, el sueño y el frio ya se habían reunido con ellos para incomodarlos. Decidieron subirse a lo que viniera y si el viaje costaba lo pagarían con lo que habían presupuestado para otros gastos.

Antes de que el transporte llegara al punto de control, el aire se ponía raro. Había un olor desagradable que no era de ninguno de los muchachos, ninguno de los perros vagabundo del lugar y tampoco de las vacas que pasaron como a eso de las seis de la tarde cuando se iban a sus corrales dejando “señales” en su camino.

Más y más el olor aumentaba su intensidad y se hacía nauseabundo.

Finalmente un camión grande se detuvo en el puesto de control. El conductor pagó el peaje y antes de encender de nuevo el motor, uno de los policías le preguntó a quien conducía si podría llevar a dos chicos con mochilas que estaban desde la mañana sin poder conseguir transporte. El conductor respondió que dos kilómetros más adelante lo esperaba la esposa y un hijo grande y que en la cabina no había más lugar pero que, si era urgente y no se incomodaban los muchachos, podrían acomodarse atrás y así fue.

Un camión repleto de cerdos vivos que venían de una finca distante fue el mejor trasporte que los mochileros consiguieron. El lector se preguntará si llegaron a destino y sabemos de muy buena fuente que sí, llegaron a las cuatro de la mañana. Estaban pálidos y con ganas de bajarse y de vomitar.

Del presupuesto para el almuerzo, el desayuno, la cena y las cervezas del día tres y del día cuatro tomaron dinero para pagar en una lavandería el lavado de toda la ropa que llevaban puesta y la que estaba en sus mochilas; se ducharon varias veces con mucho jabón y shampoo y se dieron el “lujo” de comprar una colonia fuerte para ocultar la fetidez que sus “compañeros de viaje” dejaron en todo su ser.

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Por Luis Carlos Palazuelos

🇧🇴 Profesional en turismo hace treinta y seis años. Formación en Derecho y Maestría en Turismo; soy conservacionista y escritor entre otras cosas que me apasionan y me complementan.

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