Pescador

Gino no era precisamente una persona muy tranquila. Él está involucrado en actividades que demandaban mucho ejercicio físico: tenis, atletismo, natación y a veces practicaba ciclismo, especialmente en el verano; sin embargo, algo en su mente le hacía recordar el deseo que tuvo de niño de un día poder ir a pescar. Le emocionaba la idea de internarse en el mar, en un río o en una laguna y con astucia no solamente encontrar un pez sino además ser capaz de atraparlo.

Un día, luego de salir del trabajo, Gino se fijó en el anuncio de una agencia de viajes que ofrecía un paseo de pesca deportiva. El anuncio, fijado en la vitrina de la agencia, mostraba a dos pescadores emocionados peleando un gran pez de un amarillo intenso que se resistía, con un gran salto, a ser arrastrado hasta el bote. 

El precio especial para dos personas era una ganga y Gino se decidió en menos de quince minutos impulsado por su capricho de niño y las habilidades de la agente de viajes para vender el paseo.

Tenía que ser su compadre Alfredo el acompañante ideal porque su esposa jamás aceptaría la idea de pasar ocho horas bajo el sol esperando que pique algún pez en la incomodidad de una embarcación pequeña y para colmo… sin baño.

Gino hizo una llamada al compadre Alfredo quien totalmente ajeno a este tipo de actividad aceptó cuando Gino le contó que el servicio además de aparejos, guía, bote y carnada incluía cervezas además de saladitos, fruta y sándwiches.

Dos días antes de la fecha del paseo, Gino y Alfredo se encontraron en el centro de la ciudad para hacer compras. Hasta ese día ellos no tenían nada, entre vestuario y aparejos, para poder ir a pescar. Se dirigieron a la mejor tienda de pesca deportiva y compraron sin pensar demasiado en el costo de cada producto con el argumento de “siempre hay una primera vez para todo”.

Entre lo que compraron estaban unos sombreros australianos de ala ancha para protegerse del sol de la mañana, del medio día y de la parte más caliente de la tarde. También compraron unas camisas de USA impregnadas con repelente de mosquitos y hechas de una tela resistente al agua, con una malla especial en las axilas y en la espalda para dejar “respirar” la piel. No faltaron los pantalones caqui con nueve bolsillos para introducir en ellos anzuelos, alicates, señuelos, guantes y todo cuanto fuera necesario para el tipo de actividad en la que estaban comprometidos.

No podían faltar los chalecos de todo pescador con ocho bolsillos adicionales que también servían para más objetos necesarios en la pesca que un pescador profesional sabe muy bien usar y que a los ocasionales pescadores ya les estaban sobrando.

Al principio dudaron entre los clásicos guantes anaranjados que evitan que un pez ya atrapado consiga resbalar entre los dedos en un último intento de fuga y salvación; la duda se originó porque había una nueva colección con guantes de colores menos llamativos, otros con dibujos de peces y otros hasta con “animal print” que asumieron eran para señoras pescadoras aunque les gustaban por las pintas de jaguar.

Ya al acercarse a la caja, ambos quedaron impresionados con los lentes de sol para pescadores con filtros de protección azules, plateados, anaranjados para hacer juego con los guantes y violetas que si no era en su jornada de pesca, les servirían para ir a bailar a una discoteca porque parecían adecuados para eso.

Varios cientos de dólares por cabeza es lo que pagaron y no pagaron más porque el paseo incluía cañas de pescar, anzuelos, carnada natural y artificial y otros elementos necesarios según el tipo de pez que pudieran pretender atrapar.

El día del paseo, los hombres tenían el verdadero aspecto de pescadores profesionales y por ello se sacaron muchas fotos para presumir con las amistades de la gran aventura que estaban por comenzar.

La pesca se haría en un gran lago, famoso por su excelente pesca. Allí encontraron al piloto que además sería su guía y los tres soltaron amarras de un puerto improvisado en una orilla del lago.

Hasta llegar al “punto de pique” invirtieron unos 35 minutos y a partir de ese momento comenzó la espera. La primera hora pasó muy rápido entre la emoción, las primeras cervezas, los sándwiches, las papas tostadas y el maní salado. La segunda hora no estuvo tan mal aunque con ausencia de peces. La tercera y cuarta hora se hicieron pesadas porque el sol picaba sobre los sombreros australianos y las camisas americanas. La quinta hora fue dedicada a terminar las cervezas y comer los últimos sándwiches y la botana que parecía abundante al inicio pero que ahora también se estaba terminando.

A la sexta hora de espera sintieron un pequeño jalón en una de las cañas y eso despertó emoción en los pescadores. Se animaron con su primera presa y alistaron las cámaras para sacar foto a su trofeo. El capitán, en determinado momento de la pelea, se dio cuenta que no era un pez pero no dijo nada para que la emoción continuara en sus clientes. Finalmente, al recoger la línea se dieron cuentan que era unas algas que estaban prendidas y que había que seguir intentando quizás en otro lugar del lago, un poco más a la sombra aunque ese fuera el territorio de los mosquitos.

La séptima hora fue un pique constante. No picaban los peces, picaban los mosquitos y la insatisfacción de los novatos era evidente. Decidieron alejarse de ese punto y buscar la última posición para el intento final. Cerca de la orilla del punto de embarque, se fijaron en un botecito viejo. En el bote estaba un niño con una camiseta desteñida por el sol, en chancletas y pescando apenas con un anzuelo e hilo de pescar arrollado a una lata de atún vacía. En esa última hora de pesca, se dieron cuenta que el niño en múltiples ocasiones enrolló su hilo y subió a su botecito varios peces.

Agotados, medio ebrios y con gran desconsuelo, los pescadores atracaron en el muelle sin pescados. Sabían que nunca más volverían a pescar y pensaron en todas las cervezas que pudieron haber comprado con lo que gastaron en la tienda de pesca. 

A punto de subirse al transporte que los llevaría de regreso a la ciudad, los pescadores observaron al niño en el muelle. El chico tenía cinco hermosos pescados de escamas doradas atados a su cintura y en el hombro una caña hecha con una especie de bambú.

No lo pensaron dos veces. Se acercaron al niño y cerraron un trato. Le compraron al niño dos pescados por el valor de una bicicleta nueva. Los pescadores no iban a perder la oportunidad de sacarse una foto con al menos un pescado sujeto a las cañas de pesca de cada uno y luego llegar a sus hogares con pescado fresco como lo haría todo hombre experto y proveedor de su familia.

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Por Luis Carlos Palazuelos

🇧🇴 Profesional en turismo hace treinta y seis años. Formación en Derecho y Maestría en Turismo; soy conservacionista y escritor entre otras cosas que me apasionan y me complementan.

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