Pareja por un sendero turístico

Todos estaban reunidos antes de las seis de la mañana. El guía se presentó y anunció las características de la escalada. 

La montaña no era muy alta y solamente antes de la cima sería necesario abandonar el angosto sendero que seguirían prácticamente desde la base del coloso. El terreno rocoso permitía que por aquí y por allá creciera hierba y cactáceas de todo tipo. La mañana se presentaba fría y ventosa pero según el reporte del tiempo, las condiciones climatológicas irían mejorando con el avance de las horas. El grupo estimaba coronar cima después del mediodía y la bajada se haría por la cara opuesta de la montaña siguiendo un sendero mucho más amplio y cómodo que el de la subida con vistas espectaculares que quienes tenían cámara fotográfica podían disfrutar y fundamentalmente retratar.

Con un banano y galletas dietéticas en la mano, Gabriel pensó que su mochila pesaba demasiado para un paseo tan corto, pero no podía dejar sus libros de aves, sus binoculares, brújula, ropa térmica, su propio botiquín, barras nutritivas, dos botellas de bebidas energizantes de tamaño mediano aparte de la botella de agua sujeta a su cinto. Aunque al principio tuvo los dos bastones de hikking dentro de la mochila, ahora estaban afuera y Gabriel pensaba que serían muy útiles, especialmente en el sendero de bajada.

Los escaladores tenían diferentes grados de experiencia: había una pareja muy experimentada con escaladas en montañas muy famosas en el continente, una señora de sesenta y dos años que practicaba senderismo todos los fines de semana del año salvo en días con nieve (dijo que porque los huesos se le resistían), un padre y su hijo quinceañero que por su aspecto físico se notaban atléticos, dos amigas que ejercitaban no solo las piernas sino además la lengua porque desde que subieron al bus de turistas no pararon de hablar, el guía de hikking con quince años de experiencia y un amplio conocimiento de la zona, de las técnicas de senderismo y montañismo y obviamente con dominio no solo de emergencias paramédicas sino además del rescate de montaña.

Finalmente, el grupo se completaba con Gabriel. Culpaba al largo periodo de exámenes universitarios de fin de semestre por sus evidentes kilos de sobrepeso. Le gustaba caminar en los centros comerciales, corría dos kilómetros los feriados y usaba la pista atlética de la universidad para leer mientras caminaba aunque sin ropa deportiva y este sábado, estaba allí porque no había más exámenes y el paseo no costaba mucho dinero.

La fila india se hizo obligatoria porque el sendero era angosto y era mejor acomodarse sobre la cresta de la montaña para no forzar mucho los tobillos debido a la inclinación de las laderas. Poco a poco el grupo se fue distanciando a pesar de las recomendaciones del guía para marchar todos juntos. Detrás del guía iba la señora mayor, luego la pareja de hikkers, las chicas parlanchinas, el papá y el hijo y al final Gabriel que sudaba más que los demás y de rato en rato se detenía porque las botas de caminata le quedaban grandes y los calcetines se sumergían hasta la punta y había que acomodarlos a cada momento.

La distancia entre el grupo y Gabriel se amplió al punto en el que él no escuchaba las instrucciones y comentarios del guía, no escuchaba a las chicas parlanchinas y al muchacho más joven del grupo que hablaba y reía con su padre en el mejor tiempo de calidad padre-hijo. Gabriel estaba tranquilo aunque sabía que no era prudente estar alejado de los demás en un terreno que no conocía.

Justo cuando estaba sentado sobre una roca terminando de ajustar por enésima vez sus medias y las botas, Gabriel sintió un aliento caliente detrás de su cabeza. Sin moverse muy rápido giró y se encontró frente a frente con un gran perro negro. El perro evidentemente cansado por el ascenso respiraba pesadamente por la boca y el aliento, poco agradable, se estrelló primero con la nuca de Gabriel y luego contra su rostro que hizo una mueca de sorpresa, desagrado y alegría al saber que tenía un compañero de viaje al que no le habían presentado. El perro se mostró amistoso y juntos caminaron por un buen trecho mientras a la distancia se veía al guía haciendo señas a Gabriel para que apurara el paso. 

El sendero ya era estrecho pero en cierto punto se hizo más estrecho anunciando a ambos lados el peligro inminente. El gran perro negro caminaba detrás de Gabriel pero justo en el momento donde más riesgo de un tropezón se presentó, el perro decidió adelantar a Gabriel golpeándolo apenas en las rodillas pero, por el tamaño del animal, eso fue suficiente para hacerlo rodar cuesta abajo.

Dando tumbos, Gabriel intentaba asirse a algo que detuviera su caída que iba aumentando de velocidad a medida que la pendiente de la montaña se hacía más vertical.

Las manos de Gabriel lograron alcanzar algo pero el contacto fue muy doloroso. Su cuerpo rodaba sobre cactus de afilados espinos y sus manos ya ensangrentadas no distinguieron puyas de paja o roca y encontraron un cactus que lo detuvo. Repuesto de la caída, Gabriel sintió un millón de pinchos perforando sus manos, su pecho, sus brazos y las piernas. Todo su cuerpo era un alfiletero sangrante pero ese no era el verdadero problema. El problema era que al tener ambas manos llenas de gruesos espinos, no podía quitárselos pues sus dedos no llegaban a tocar ninguna superficie ya que entre ellos y la superficie, los espinos sobresalían y el contacto le hacía dolorosa cualquier operación. 

Así con toda la parte frontal del cuerpo y algo más en la espalda, Gabriel se dispuso a recobrar la cresta de la montaña. Primero pensó descender pero como el grupo no volvería por el mismo sendero a la base de la montaña, no le quedó otra alternativa que intentar alcanzar a los escaladores en la cima para que lo ayudaran y luego descender todos juntos.

El guía desde la cima de la montaña notó algo muy extraño y con aguda visión primero y luego con binoculares encontró un punto oscuro que a paso lento continuaba el ascenso. Ese punto no se movía como lo haría una persona en condiciones normales. Ese movimiento casi errante hizo pensar al guía que había un problema pero como aún se movía, pidió al grupo que esperara a Gabriel y aunque la estancia en la cima de la montaña se hizo larga para ellos, luego comprendieron al verlo llegar que poco era esperar comparado con el Nazareno en el que se había convertido Gabriel.

Entre todos retiraron los cientos de espinos de manos, brazos y piernas. Al pensar en el momento del descenso, Gabriel dijo que durante la bajada hubo espacios de tiempo que se habían borrado de la memoria. No recordaba cómo bajó y cómo hacía para caminar aun sintiendo dolor en todo su cuerpo y una fiebre que surgió de pronto.

Cuando todo fue una anécdota, Gabriel contó sobre aquel perro grande negro. Nadie vio al perro. No había casa, ni pueblo y menos lugar habitado en treinta kilómetros a la redonda donde el animal hubiera estado viviendo. Mientras subían, ninguno de los escaladores vio al animal y aun cuando echaban un ojo para atrás para ver a Gabriel trepando, no se percataron de la presencia de ese animal.

Gabriel sabe que se encontró con el perro, lo que no sabe es por qué el perro lo empujó al precipicio aunque nunca se le ocurrió que eso pudo haber sido intencional. 

Los pueblos originarios de la zona creen que dioses y espíritus se hacen visibles y materiales ocupando el cuerpo de una persona o de un animal pero tampoco pueden explicar la existencia en ese sitio de un espíritu maligno incorporado interesado en lastimar a un forastero.

Gabriel no ha olvidado al perro del sendero y ahora está a dieta para un día escalar otras montañas y no ser el último de la fila.

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Por Luis Carlos Palazuelos

🇧🇴 Profesional en turismo hace treinta y seis años. Formación en Derecho y Maestría en Turismo; soy conservacionista y escritor entre otras cosas que me apasionan y me complementan.

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