Entorno Turístico
Antes del destino está el territorioFigura 1. Antes del destino está el territorio / Elaboración propia con apoyo de ChatGPT.

Antes de existir hoteles, restaurantes, senderos o centros de esquí, existe algo mucho más importante: el territorio. Y es precisamente allí, mucho antes de recibir al primer visitante, donde comienza a definirse el futuro del turismo. Cada playa, parque nacional, humedal, glaciar o pueblo patrimonial constituye mucho más que un atractivo turístico; representa un sistema territorial donde interactúan procesos ambientales, sociales, económicos y culturales que sustentan la actividad turística y hacen posible la experiencia del visitante.

Durante años, hablar de turismo sostenible significó principalmente promover un uso responsable de los recursos naturales, disminuir los impactos ambientales de la actividad y favorecer el desarrollo de las comunidades locales. Sin embargo, el cambio climático está modificando profundamente ese escenario.

El aumento de eventos extremos, la escasez hídrica, los incendios forestales, la erosión costera, el retroceso de glaciares y la pérdida de biodiversidad ya no representan amenazas futuras, sino transformaciones que comprometen directamente la seguridad, competitividad y sostenibilidad de numerosos destinos turísticos (Subsecretaría de Turismo, 2025a; Subsecretaría de Turismo, 2025b).

Frente a este escenario, suele instalarse una pregunta aparentemente lógica: ¿cómo puede adaptarse el turismo al cambio climático? Sin embargo, quizás esa no sea la pregunta correcta. Antes de pensar en adaptar la actividad turística, resulta necesario preguntarnos cómo puede adaptarse un destino si el territorio donde se desarrolla no ha sido planificado para enfrentar esos cambios.

Esta reflexión invita a comprender el turismo desde una perspectiva territorial. La adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres constituyen también desafíos para la planificación y el ordenamiento territorial. En este contexto, este artículo sostiene que no puede existir un turismo resiliente sin instrumentos capaces de anticipar riesgos y orientar el desarrollo hacia territorios más seguros.

El territorio es el principal recurso turístico

El turismo suele asociarse a servicios, infraestructura o experiencias. Sin embargo, ninguno de estos elementos existiría sin un territorio capaz de sostenerlos.

Los paisajes, la biodiversidad, los cuerpos de agua, el patrimonio cultural y las comunidades locales constituyen la base sobre la cual se desarrolla la actividad turística.

Esta estrecha relación explica por qué los destinos turísticos presentan una elevada dependencia de las condiciones ambientales y climáticas. La calidad de un paisaje, la disponibilidad de agua, la conservación de los ecosistemas o la estabilidad de los procesos naturales influyen directamente en la experiencia del visitante, en la competitividad del destino y en la economía de las comunidades que dependen de esta actividad. En este sentido, el Plan Sectorial de Adaptación al Cambio Climático del Turismo reconoce que el turismo constituye una actividad altamente dependiente de las condiciones de la naturaleza y del clima, razón por la cual las transformaciones ambientales representan también un desafío para la sostenibilidad y competitividad de los destinos turísticos (Subsecretaría de Turismo, 2025a; Subsecretaría de Turismo, 2025b).

Proteger un humedal, conservar un bosque nativo, recuperar una playa erosionada o mantener el equilibrio de un ecosistema constituye también una decisión estratégica para el desarrollo turístico.

Cuando el territorio cambia, también cambian los destinos

Si el territorio constituye el principal recurso del turismo, cualquier transformación ambiental repercute inevitablemente sobre la actividad turística. El cambio climático modifica los ciclos hidrológicos, incrementa los eventos extremos, favorece la erosión costera, los incendios forestales y la pérdida de biodiversidad, alterando los paisajes que sustentan el turismo (Subsecretaría de Turismo, 2025a; 2025b). Estas transformaciones afectan la experiencia del visitante, reducen la competitividad de los destinos y generan impactos económicos sobre las comunidades locales.

El riesgo no comienza con el desastre

Existe una tendencia a asociar el riesgo con el momento en que ocurre una emergencia. Sin embargo, desde la perspectiva de la gestión moderna del riesgo de desastres, este comienza mucho antes de una inundación, un incendio forestal o una remoción en masa. El riesgo se construye progresivamente cuando las decisiones sobre el territorio incrementan la exposición y la vulnerabilidad frente a amenazas conocidas. En otras palabras, el desastre no constituye un evento aleatorio, sino el resultado de la interacción entre amenazas naturales y decisiones humanas que, durante años, han configurado la forma en que ocupamos y transformamos el territorio (Centro de Políticas Públicas UC, 2015).

Comprender esta diferencia resulta fundamental para el turismo. La ocupación de zonas costeras expuestas a marejadas, quebradas susceptibles a remociones en masa o territorios con escasez hídrica incrementa la vulnerabilidad de los destinos mucho antes de que ocurra una emergencia.

Casos como el del edificio Kandinsky, emplazado en el Campo Dunar de Concón y afectado por los socavones de 2023, evidencian que el problema no siempre radica en la ausencia de conocimiento sobre las amenazas, sino en la dificultad de incorporar ese conocimiento en las decisiones de planificación y ocupación del territorio. Diversos antecedentes técnicos y documentos previos al evento advertían sobre la fragilidad del sector, reabriendo el debate sobre la gestión del riesgo y el ordenamiento territorial (T13, 2023; Cámara de Diputadas y Diputados de Chile, 2024).

Por ello, la reducción del riesgo no consiste únicamente en mejorar los sistemas de evacuación o fortalecer la respuesta institucional. Su principal desafío radica en disminuir las condiciones que permiten que una amenaza se transforme en desastre. En este sentido, el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres plantea que comprender el riesgo, fortalecer la gobernanza y priorizar la prevención constituyen condiciones esenciales para construir territorios más seguros y resilientes (UNDRR, 2015).

Planificar el territorio también es proteger el turismo

Cuando se habla de turismo, pocas veces se piensa en planes reguladores, evaluaciones ambientales estratégicas o instrumentos de ordenamiento territorial. Sin embargo, mucho antes de que un destino reciba turistas, existen decisiones que determinan qué usos son compatibles con las características del territorio, qué ecosistemas requieren protección y dónde resulta adecuado localizar nuevas actividades e infraestructura.

En este sentido, la planificación territorial constituye una herramienta esencial para la adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres.

Instrumentos como los Planes Reguladores, la Evaluación Ambiental Estratégica (EAE), los Planes Regionales de Ordenamiento Territorial (PROT) y los Planes de Desarrollo Turístico (PLADETUR) incorporan información científica sobre amenazas, vulnerabilidades y escenarios climáticos futuros para orientar un desarrollo más seguro, resiliente y sostenible (Ministerio del Medio Ambiente, s. f.; Ministerio de Vivienda y Urbanismo, 2024; UNFCCC, s. f.).

En Chile existen avances importantes en esta materia…

La incorporación del cambio climático en la Evaluación Ambiental Estratégica, la elaboración de estudios de riesgo para los instrumentos de planificación territorial y el reciente Plan Sectorial de Adaptación al Cambio Climático del Turismo reflejan una integración progresiva de la prevención del riesgo y la adaptación climática en las políticas públicas. Sin embargo, el desafío ya no consiste únicamente en generar nuevos instrumentos, sino en lograr que orienten efectivamente las decisiones sobre el uso y ocupación del territorio.

Esta integración resulta especialmente relevante para el turismo. La localización de infraestructura en zonas expuestas a inundaciones, la pérdida de humedales que funcionan como barreras naturales, la ocupación de áreas costeras vulnerables a la erosión o el desarrollo de actividades incompatibles con la capacidad del territorio no solo incrementan el riesgo de desastres, sino que también deterioran los atributos que sustentan la actividad turística. En consecuencia, planificar el territorio también significa proteger el patrimonio natural y cultural que hace posible el turismo (Subsecretaría de Turismo, 2025a; 2025b).

Desde esta perspectiva, la planificación territorial deja de ser únicamente un instrumento de regulación urbana o ambiental para convertirse también en una política pública que fortalece la competitividad de los destinos.

Un territorio capaz de anticipar riesgos, conservar sus ecosistemas y orientar adecuadamente su desarrollo ofrece mayores condiciones de seguridad para residentes y visitantes, fortalece la economía local y aumenta su capacidad de adaptación frente a un clima cambiante.

Reflexión final

El turismo suele comprenderse como una actividad económica, una fuente de empleo o una oportunidad de desarrollo local. Sin embargo, antes que todo eso, constituye una actividad profundamente territorial. Su existencia depende de ecosistemas saludables, paisajes conservados, comunidades resilientes y decisiones capaces de reconocer las características y límites del territorio donde se desarrolla.

El cambio climático nos recuerda que los destinos turísticos no son escenarios estáticos.

Los paisajes cambian, las amenazas evolucionan y las condiciones que hicieron posible el desarrollo de un destino pueden modificarse en pocas décadas. Frente a esta realidad, la adaptación ya no puede entenderse únicamente como la capacidad de reaccionar ante una emergencia. Adaptarse significa, sobre todo, planificar mejor, anticipar riesgos y tomar decisiones que reduzcan la vulnerabilidad antes de que ocurra el desastre.

En este contexto, la planificación y el ordenamiento territorial dejan de ser instrumentos exclusivamente técnicos para transformarse en herramientas estratégicas para el futuro del turismo. Decidir dónde construir, qué ecosistemas proteger, cómo incorporar el cambio climático en los instrumentos de planificación o qué actividades resultan compatibles con la vocación de un territorio no solo disminuye el riesgo de desastres, sino que también fortalece la competitividad, la identidad y la sostenibilidad de los destinos turísticos.

Quizás por eso hoy comprendo de manera distinta aquellas tormentas que observaba durante mi infancia en Pirque. La naturaleza nunca fue el problema. Los ríos seguirán creciendo, las marejadas continuarán modelando las costas y los incendios o las lluvias intensas seguirán formando parte de un clima cambiante. La verdadera diferencia radica en cómo decidimos habitar esos territorios. Porque proteger un humedal, conservar un glaciar, respetar una duna o evitar construir en zonas de riesgo no significa únicamente reducir futuros desastres; significa también proteger el patrimonio natural y cultural que hace posible el turismo y asegurar que las futuras generaciones puedan seguir encontrando en esos lugares un espacio para conocer, aprender y valorar.

En definitiva, hablar de turismo resiliente implica hablar de planificación territorial. Porque antes de promover un destino, construir infraestructura o recibir visitantes, es necesario asegurar que el territorio sobre el cual se desarrolla pueda seguir sosteniendo la vida, la naturaleza y las experiencias que hacen del turismo una oportunidad de desarrollo verdaderamente sostenible.

Referencias

Por Francisca Miguez Bowen

🇨🇱 Ingeniera en Medio Ambiente e Ingeniera en Administración Turística. Sus principales áreas de interés son la sostenibilidad, la gestión ambiental, la planificación territorial y el desarrollo de un turismo responsable que contribuya a la conservación de los ecosistemas y al bienestar de las comunidades locales.

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