Entorno Turístico
Antigua Galería Nacional en la Isla de los Museos de BerlínAntigua Galería Nacional / Foto de Francisco Caparros

La Isla de los Museos, en el centro de Berlín, es la zona más importante de Alemania. Un paseo por sus cinco museos es un viaje alrededor del mundo, pero también un recorrido por la ambición de construir un país moderno.

El nombre de Lustgarten (jardín de los deseos) puede resultar lúdico y sereno. El escenario, en cambio, es bastante anodino: un cuadrado perfecto decorado por una sobria fuente moderna y una explanada de césped donde los berlineses disfrutan cuando sale el sol. Sin embargo, esa plaza austera esconde el corazón de un proyecto de nación. Los reyes de Prusia imaginaron en ella la síntesis de su Estado, en donde cada lado representa un poder fundamental de la sociedad. La catedral luterana, como la religión; el Palacio Real, como el gobierno; la Zeughaus, como el Ejército y, por último, el Museo Antiguo, como la cultura. Pocas plazas resumen tan bien la idea de que una nación también se construye con piedra: Prusia decidió mostrar sin palabras de qué estaba hecha.

El conocimiento, como uno de esos cuatro pilares, se enmarca en una época particular de la historia europea. Las grandes monarquías rivalizaban en el siglo XIX en la búsqueda de los tesoros de las civilizaciones de todo el mundo, y sus colecciones crecían con los años. El siguiente objetivo fue exhibirlas en un marco especial. De esta manera surgieron museos clásicos en cada capital europea, y la respuesta prusiana fue un proyecto que, con el correr del tiempo, terminó convertido en lo que hoy conocemos como la Isla de los Museos.

Formado lentamente con la consolidación de la dinastía Hohenzollern y de Berlín como capital imperial, el complejo es hoy una de las zonas museísticas más destacadas. Los números resultan abrumadores: apenas unas hectáreas concentran una de las mayores densidades de patrimonio cultural del mundo. En sus cinco edificios se calculan miles de piezas arqueológicas, escultóricas y pictóricas, que representan más de 6.000 años de historia de los cinco continentes. Sus más de 2 millones de visitantes anuales suelen perderse ante semejante inmensidad de opciones.

El primer paso fue dado por Federico Guillermo III, que en 1830 inauguró el Museo Real, hoy denominado Museo Antiguo. El rey quería un edificio que evocara la antigüedad clásica. Tras subir unas amplias escaleras, las dieciocho columnas jónicas dan paso a la colección de antigüedades del monarca, con piezas griegas, romanas y etruscas.

La cantidad de obras y la necesidad de darles un orden impulsaron al siguiente Hohenzollern, Federico Guillermo IV, a encargar el Museo Nuevo. La construcción fue más accidentada y se extendió en el tiempo, ya que no solo el terreno era más pantanoso, sino que se vio interrumpida por las revoluciones de 1848. Finalmente, en 1855 se terminó el edificio, que es quizás uno de los más interesantes a nivel edilicio.

El arquitecto, en lugar de presentar un interior sobrio, ideó dos grandes patios, uno griego y otro egipcio, para exhibir las obras. En este último, para contextualizar las piezas, diseñó un programa ornamental con capiteles en forma de papiro y loto, relieves y una paleta cromática que evocaba los templos del Nilo. Más tarde, las bombas caídas durante la Segunda Guerra Mundial destruyeron parte de esa decoración. A principios del siglo XXI, el arquitecto inglés David Chipperfield restauró el proyecto original, dejando a la vista las marcas de la destrucción. Gracias a una intervención moderna y austera, hoy es posible sentirse en el interior de un templo egipcio mientras se contemplan papiros, sarcófagos y otros elementos de esa civilización milenaria.

Enigmática y majestuosa: resulta increíble que la pieza más famosa de toda la isla mida apenas 50 cm. En el aislamiento absoluto de una habitación solo para ella, el busto de Nefertiti sigue fascinando a los visitantes como lo hizo con sus descubridores a principios del siglo XX. Desde entonces, esta pieza, retrato de la esposa del faraón Akenatón, se ha convertido en el símbolo de la Isla de los Museos. Sus líneas simples, sus pómulos marcados y su mirada desafiante siguen hechizando a quienes la contemplan. No por nada su nombre significa «la bella ha llegado».

Un templo del arte

Los sábados, es muy común que, bajo la antigua columnata, los fotógrafos busquen un rincón especial. De las limusinas bajan las novias con sus vestidos blancos y sus maquillajes impolutos. Los novios, por lo general, las acompañan siempre un paso por detrás, con cierto nerviosismo y sin saber bien cómo actuar. Las parejas siguen las indicaciones del fotógrafo con mucha timidez, cohibidas ante ese instante único.

Detrás de ellos, el marco es quizás una de las mejores postales de la ciudad: el Kolonnadenhof. Creado como un espacio que articulara los museos dispersos, es un amplio jardín poblado de esculturas y rodeado por una gran columnata dórica en forma de U. Este rincón funciona como un pulmón donde los visitantes descansan mientras contemplan la monumentalidad de la Antigua Galería Nacional. Diseñada como un gran templo romano, esta última supuso una verdadera revolución, no solo para Berlín, sino para el resto del Imperio Prusiano.

Columnata en la Isla de los Museos en Berlín
Columnata / Foto de Francisco Caparros

El lugar marcó un hito al convertirse en sede no de un arte clásico o antiguo, sino contemporáneo. La curaduría se centraba exclusivamente en obras del siglo XIX, como una manera de cimentar el nacionalismo. Las pinturas clave del Romanticismo alemán funcionaban como un modo que tenía Prusia de describirse como un Estado en formación. Además, por sus galerías es posible ver obras del impresionismo francés y los primeros pasos del modernismo.

El proyecto de una isla cultural colosal siguió creciendo, pero el terreno se volvía cada vez más escaso. La familia real continuaba con ambiciosos planes para su incontable colección, sin espacio ya disponible. Por eso, cuando se propuso un cuarto museo, el único sitio libre era la punta norte de la isla, aislada por las vías del tren. El arquitecto vio ese triángulo irregular y angosto como una oportunidad de crear algo especial, y diseñó el Museo Bode mirando al río, dándole la espalda al resto de los museos.

Museo Bode en la Isla de los Museos de Berlín
Museo Bode / Foto de Francisco Caparros

Como si fuera la proa de un gran barco que cruza el río Spree, el museo supo aprovechar la desventaja de su ubicación y convertirla en una de las imágenes más reconocidas de la ciudad. La imponente cúpula y sus puentes de piedra son casi un símbolo de Berlín. Por dentro alberga una de las mayores colecciones de escultura italiana y renacentista del continente, un museo especializado en arte bizantino y uno de los gabinetes numismáticos más grandes del mundo, con piezas de casi toda la historia.

La pieza final

A finales del siglo XIX, los grandes arqueólogos descubrían piezas de tamaño colosal en Turquía y Medio Oriente. Las nuevas adquisiciones no eran simples estatuas, sino verdaderos edificios, lo que exigió un museo aún más impresionante que los cuatro restantes. La solución llegó con el Pergamonmuseum, inaugurado en 1930. Por sus salas es posible descubrir el Altar de Pérgamo o la Puerta de Ishtar de Mesopotamia, junto con ejemplos de arquitectura islámica y mediterránea. Su espectacularidad y la posibilidad de contemplar piezas monumentales lo convierten en el museo más visitado de Alemania.

Sin embargo, el éxito terminó siendo un verdadero problema: desde 2023 permanece cerrado al público por un plan de renovación que no concluirá hasta 2037, cuando por fin culminen los trabajos de modernización iniciados en la década del 90. Recién entonces será posible contemplar, en un solo día, obras de los cinco continentes, tal como lo soñaron los Hohenzollern hace casi 200 años, cuando la Isla de los Museos era una pequeña lengua de tierra en medio del río Spree.

Por Francisco Caparros

🇦🇷 Licenciado en Comunicación Social y fotógrafo. Trabajé como guía de turismo en Alemania. Viajo para descubrir culturas, escuchar historias y entender lo que no se ve en los titulares. Creo que siempre hay algo nuevo que aprender de cada lugar y de cada persona.

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