Mujer escribiendo

Aunque no lo creas, me enseñó a despertar mi conciencia social y personal y a viajar no solo de forma física, sino también a través de mis sueños y vivencias. Cada una de esas 3 décadas me transformaron. ¿Una sorpresa?, No, más que eso. Algo mágico. Por lo menos la forma como lo concibo.

En este último año, se ha transformado mi relación emotiva con el turismo. Ahora, con un aprendizaje de esos que la vida te regala, me sedujo a echar mano de mi mochila virtual para revivir las aventuras emprendidas en mi danza turística, un billete al paraíso para recrearme y expresarme, a través de reflexiones o de historias.

Extasiarme y vivir esas aventuras, sentirlas, disfrutarlas. Redescubrir paisajes y vivencias únicas que estaban encerrados en esa mochila. Me inspiran cada día a escribir un nuevo capítulo en mi vida y contar historias en forma de relatos o storytelling.

No voy a mentir, mis aventuras turísticas no fueron siempre fáciles. Pero valieron la pena, me regalan vida al rememorarlas.

Déjame que te lo demuestre con esta aventura.

Cuando apenas tenía un año en una institución pública me responsabilizaron de coordinar los operativos de la entidad para los destinos turísticos en las épocas de carnaval, semana santa y agosto (verano).

Durante tres años me esforcé en dar lo mejor de mí, personal y profesionalmente, en tan loable misión. Monitoreando por radio o por teléfono satelital, pues a principios de los 90, las telecomunicaciones estaban incipientes, por lo menos para la ciudadanía, lograba revisar periódicamente con el equipo turístico desplegado en los diversos destinos. Mi base de operaciones se situaba en el Parque Nacional Canaima en Venezuela, engalanado por la tierra más antigua que tiene la humanidad, los tepuyes. Sí, esos que pocos conocían antes de la Película de Disney “Up: Una Aventura de Altura”, sitios preferido de miles de venezolanos y extranjeros que viajaban en coches durante la semana mayor a las “Cataratas del Paraíso” y engancharse en los encantos de esa tierra milenaria y vivir aventuras únicas, y si no me equivoco épicas.

El Parque Nacional Canaima se encontraba rodeado de intrépidos turistas que no tenían la mínima idea de cómo cuidarse y proteger el ecosistema, a pesar de los esfuerzos de los organismos de seguridad y sanidad desplegados en todo el corredor de la Gran Sabana de más de 2 mil kilómetros cuadrados y los cientos de saltos de agua que lo engalanan.

Sí, quizás te sorprenda, pero el equipo desplegado a lo largo de toda la Ruta Gran Sabana, conformado por cientos de trabajadores de la seguridad turística, vial y local, emergencias, turismo, prevención, protección civil y decenas de pobladores o indígenas de la zona, no solo estábamos allí para proteger y preservar la vida humana, animal y vegetal, sino también para acompañar a los temporaditas y hacer placenteras sus excursiones diarias.

Pero los responsables de esos operativos no solo coordinaban, qué va. Mientras el equipo acompañaba, protegía, informaba, teníamos que echar mano a la institución, conjunción de los astros y ¿por qué no? a los fenómenos paranormales para prevenir catástrofes.

Déjame que lo relate con esta pequeña, gran historia:

Las previsiones indicaban que llovería más de lo habitual, y es cierto que muchos rustisqueros llegaban solos a sitios no autorizados para acampar, violando las normas y monitoreo de los vigilantes de la sabana.

Esa noche, la naturaleza actuó de forma poco habitual, a pesar de que es una zona donde la lluvia no es visitante, es residente.

En medio del temporal, sin electricidad y sin comunicaciones, los guadaparques, de la etnia pemón, estaban extasiados al ver como el cielo se engalanaba con la lluvia y por el olor que despedía su tierra ancestral. Varios de ellos desde sus campamentos visualizaron a unos 30 kilómetros de distancia una luz que indicaba peligro.

Inmediatamente alertaron por radios a los órganos de seguridad y rescate.

En medio de esas condiciones climatológicas, el campamento base más cercano inicio el rescate, encontrándose que un grupito de rustiqueros en la cima de una cascada, de 6 metros de altura, montaron su campamento, burlando las inspecciones periódicas de los órganos de seguridad. Quincenas de adultos y niños en coches equipados para acceder a lugares recónditos y abruptos, mientras dormían, fueron arrastrados por la corriente y crecida de caudal del río de la cascada a 2 kilómetros abajo hasta la cima de un salto de agua de más de 12 metros de altura, a punto de naufragar hacia sus entrañas.

Una aventura no autorizada se convierte en una catástrofe. No hubo víctimas mortales, pero sí pertenencias hundidas, coches deteriorados y varias personas en el agua que tuvieron que ser rescatadas y niños con heridas leves.

Los riesgos de emprender estos caminos no autorizados son varios, y éste grupo vivió el más inesperado de todos.

Si no hubiese sido por la destreza de unos de sus integrantes como nadador, que pudo volver al campamento y utilizar las luces de uno de los vehículos como señal de auxilio, en concordancia con la sinergia entre el pemón y su tierra ancestral y la pericia de los rescatistas para localizar la zona y atenderlos, el final hubiese sido distinto.

No puedo describir la expresión de los viajeros al ser rescatados.

Lo que sí estoy convencida, fue que entendieron que las caídas de agua y formaciones rocosas que desafiaron, les devolvieron la vida que habían puesto en juego por intrépida e irresponsable hazaña.

Entonces…

Aquí es donde termina esta odisea, con la obtención de una receta que me enseñaron esos gloriosos años. Para promover, proteger y preservar el ecosistema de las zonas naturales protegidas con el turismo o cualquier actividad económica, social, cultural o gubernamental, solo tenemos que detenernos, escuchar y abrazar la sensación que regala cada sitio y su entorno. No dejemos huellas en ellas, permitamos que su magia deje huellas en nosotros.

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Por Carmen Sofía Sandoval Mata

🇻🇪 🇪🇸 Trabajé en ámbitos del sector público turístico Venezolano, participé en colaboraciones internacionales para planes de turismo como experta venezolana; en los últimos diez años he asesorado en inversión privada, en España apoyé en gestión de pisos turísticos en plataformas digitales. El turismo es mi pasión en redes sociales, escribo #TurismoPostCovid y subo fotografías de paisajes que motivan y regalan.

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