La mayor de las islas Baleares (España) ha ocupado buena parte de los titulares de medio mundo durante los últimos días. Miles de personas se manifestaron contra la masificación turística en Mallorca, y es que la población autóctona es la que se ve fuertemente perjudicada: aumento de pisos turísticos, subida desorbitada de precios, playas congestionadas, carreteras colapsadas, saturación y encarecimiento de servicios básicos, barrios y pueblos hacinados, medio ambiente dañado… Por si fuera poco, la manifestación —mayoritariamente pacífica— acabó, lamentablemente, con momentos de tensión, cargas policiales, lanzamiento de objetos y varios heridos.
Baleares cuenta con alrededor de 1,2 millones de habitantes y en el último año recibió más de 19 millones de visitantes, escenario con el que también convive mi tierra, las islas Canarias, u otros destinos insulares que en los últimos años han ganado fama, como Bali. Estas islas tienen un denominador común: la masificación turística y todo lo que eso conlleva. Los residentes locales se ven afectados y hasta expulsados de sus barrios, renunciando así a parte de su identidad y de su bienestar.
Ante una situación que se ve agravada con el paso del tiempo, la sostenibilidad de una isla como Mallorca peligra enormemente. Quienes trabajan en el sector turístico también lo sufren: condiciones precarias, más o menos trabajo según la temporada del año… En cualquier caso, cabe mencionar que quienes lo sufren no se rebelan contra el turismo per se, sino contra un modelo que habría que replantear, pues quienes se ven beneficiados no son precisamente los locales. Hace unos meses sugerí que quizá habría que recurrir a un turismo escalonado. Tal vez no sea una idea tan descabellada.
Visité Mallorca por primera vez en 2013 y conocí alguna que otra cala que, hoy por hoy, es prácticamente imposible pisar a causa de la masificación. Y quizá yo también haya contribuido al problema, pero, como diplomada en Turismo y ciudadana sensibilizada con el medio ambiente, siempre he abogado por un turismo responsable y he respetado el estilo de vida y la cultura de los lugareños. Hace poco leía las palabras de una mujer mallorquina que expresaba su enorme pesar al contar que de pequeña solía frecuentar estas calas y que su hija, de diez años, aún no las conoce precisamente por este motivo.
La sostenibilidad de las islas está en juego y conviene actuar a la mayor brevedad posible si queremos preservar gran parte de lo que somos. Porque quizá la cuestión ya no sea cuántas personas pueden visitar una isla, sino cuánto puede soportar una isla sin dejar de pertenecer a quienes la habitan.

