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Salto Pará en el estado Bolívar, Venezuela
El Salto Pará es una catarata que se ubica en el Parque Nacional Caura en Venezuela / Imagen: Alberto Blanco Dávila

Un aprendizaje de la naturaleza

“El camino más directo al Universo es a través de la jungla” -John Muir.

Este relato es un recorrido por una de las áreas silvestres más espectaculares que mis aventuras turísticas me llevaron a descubrir y a aprender de su sapiencia milenaria.

En el mundo cotidiano, parece que hay un gran olvidado: la sabiduría de la naturaleza.

Todo el mundo viviendo y aprendiendo de las bondades que nos regala la globalización, el internet, las redes sociales y las prácticas sostenibles e inclusivas… muchas veces sin percatarnos que dentro de nuestro universo personal o colectivo cohabitamos con uno de los mayores maestros de la vida, la naturaleza. Tomamos verdadera conciencia cuando ella reclama su espacio o produce fenómenos ambientales para alertarnos sobre la incidencia de nuestras acciones sobre este espacio vital.

Las gestiones turísticas que he emprendido siempre han llevado a transitar el camino anecdótico que ofrece el ecosistema natural que aunado al cultural siempre han enriquecido todos mis planos personales, profesionales, familiares y socio afectivos, dejando huellas imborrables en todo mi “Ser”.

¡La aventura nos aguarda!

Entre otras cosas voy a develar el principal mito sobre porqué la selva es un mundo por descubrir.

Y también les contaré cuál es el mayor beneficio personal que nos regalan estos edenes terrenales cuando nos adentramos en su universo animal, vegetal, cultural y espiritual.

Pues se trata de algo mucho más común de lo que pensamos.

La mitad de la belleza depende del paisaje y la otra mitad de la mirada como percibimos su entorno.

En fin… disfrutar del paisaje de forma diferente.

Y entonces…

¿En dónde radica la sabiduría de la naturaleza?

Te resuelvo este misterio y alguno más en este relato, así que ya ves que la cosa promete.

¿Me acompañas?

Soplaban vientos de reconquistas y se nos encomendó la misión de visitar y documentar las potencialidades de un destino virgen muy poco explorado por los venezolanos y el resto del universo.

Por alguna causalidad del destino, a un compañero de trabajo experto en estas lides y a mí nos encomendaron diagnosticar y documentar las potencialidades de la ruta hacia El Salto Pará, una catarata y accidente geográfico que abruptamente rompe el cauce del río Caura, estableciendo la división entre el bajo y el alto Caura.

Pero te cuento que no íbamos solos, tendríamos como compañía un camarógrafo, un fotógrafo y un periodista especialista en la naturaleza, sin olvidar los acompañantes esenciales en el periplo. Cuatro representantes de las comunidades indígenas del sector (Yekuana y Sanema) serían nuestros “baqueanos”, motoristas, “proeros” y “porteadores”. El mejor equipo para aventurarnos en un mundo desconocido para los criollos.

Nuestra odisea comenzó una madrugada de un día de septiembre, embarcándonos en dos grandes “curiaras” en el muelle de “Las Trincheras” y navegar el Río Caura hacia el Playón del Pará. Todo el recorrido fue una tremenda experiencia, al extasiarnos con los regalos que nos ofrecía el paisaje. Con la emotividad a flor de piel cada uno de los viajeros vivía una historia diferente, de acuerdo a nuestros intereses, realidades, conocimientos, en fin en función a nuestra “mochila virtual” observábamos y vivíamos el momento.

Cada navegante tenía trazada su bitácora de viaje. Los trabajadores del turismo involucrarnos con los pobladores, escuchar las historias de ellos y sus ancianos, registrar, caracterizar y clasificar sus atractivos, entorno, accesos y servicios. Los profesionales del arte y periodismo fundamentar las especies de fauna y flora, experiencia y relatos con flashes, tomas y grabaciones de los relatos de los habitantes ancestrales y de los sonidos que adornaban el hábitat natural. Los anfitriones guiar, proteger y transportar a los viajeros no nativos, algo tan simple y habitual para ellos: ser los capitanes de la travesía.

Lo que sería un trayecto de siete horas se convirtió en el doble del tiempo. La dinámica nos dirigía a detenernos cada tanto para captar y registrar el momento en que las especies endémicas se asomaran para saludar a los viajeros o simplemente para expresar su forma de vida.

No era lo único que detenía el transitar por esta reserva, también nos regocijaba el descubrir, registrar y fotografiar una flora, que por sus características únicas, nos regalaba un popurrí de olores, colores y ¿por qué no? de emociones. El embarcarse por los diversos raudales del río, obligaba a los marineros experimentados a sortear o enfrentar los rápidos que obstruían la navegación.

En el ocaso del sol, desembarcábamos en el Playón del Pará con el recibimiento propio de las comunidades indígenas de Sanema y Joti: orgullosos de sus bailes y gastronomía, compartieron sus costumbres y nos invitaban a sentirlas y probarlas sin ningún ápice de mezquindad.

En el preámbulo del sueño, ya instalados en los “chinchorros”, los relatos de los yekuanas sobre las costumbres de los joti, un grupo de indígenas errantes, nos mantenían atentos, hasta que el sueño encontró su acomodo. Pero debo confesar que me despertaba constantemente a verificar que mis compañeros de viajes estaban en sus “hamacas”, mis pertenencias aún dentro de la mía y los equipos de filmación resguardados. Las leyendas referían que los joti se apropiaban de los objetos o personas que les parecían interesantes o les llamaban la atención.

Como coordinadora estaba obligaba a velar por la seguridad de los integrantes y los equipos tecnológicos. Por las rendijas percibía unos ojos brillantes que nos observaban con detenimiento que se acercaban y se alejaban. Aparte del sonido del salto que ya se hacía escuchar y de la fauna, se percibía una especie de gruñido indescriptible y casi imperceptible. En medio de esa escena llena de misterios y de vigilias, el alba me sorprendió con el espectáculo de colores y murmullos, un paraíso nos daba la bienvenida. Cuando desayunábamos les comente a los hombres lo que percibí durante el amanecer y todos me refirieron que durmieron plenamente. El gusanillo de la curiosidad insistía en averiguar que aconteció.

Entonces, logré descifrar el misterio, los yekuanas que nos acompañaban hicieron vigilia y nos protegieron de un grupo de Joti errantes, que escondiéndose en la penumbra visitaron el campamento y se vislumbraron con los equipos y la altura de los visitantes: aunque yo de estatura normal, mis compañeros superaban el metro ochenta, que al compararse con ellos con una estatura que en su mayoría no supera el metro cuarenta, eran percibidos como seres míticos, como unos gigantes que invadían su territorio. El otro gran hallazgo para ellos era la luz intermitente que se reflejaba en algunos chinchorros. En medio del cansancio la mayoría habíamos dejado los teléfonos encendidos, a pesar de que no habría cobertura en todo el viaje. ¡Mala costumbre de la civilización moderna! Los capitanes honraron a sus antepasados defendiendo a sus huéspedes, únicamente con sonidos y gestos para hacerse entender con los habitantes nocturnos. ¡Héroes anónimos!

Comenzamos la expedición hacia el sector del salto, transitando durante dos horas, a un ritmo normal, un camino entre la selva densa y caminos y ascensos por rocas y raíces. Formamos dos grupos, los guías y porteadores con los aparatos pesados y la comida irían adelante con mi colega y yo, y los baqueanos con los otros miembros, a un ritmo más pausado, que les permitiera realizar planos y encuadres de los paisajes y seres vivos que engalanan el sector.

Un mundo por descubrir nos esperaba, y una gran enseñanza la selva me tenía reservada.

¿Te imaginas cómo acaba la historia? ¡No te la pierdas! ¡Van de sorpresa en sorpresa! Abre tus sentidos y acompáñanos en esta aventura

Era como un viaje de los sentidos, no hablábamos, solo caminábamos, observábamos y experimentábamos sensaciones únicas. Nuestro andar era con prisa pero con pausas, debíamos adelantarnos a nuestros compañeros de viaje para organizar nuestra estadía y los recursos necesarios para continuar con la misión. Caminamos juntos, pero enfrentamos los retos de forma individual. Con la forma de andar de nuestros guías y escuchar sus relatos, deducíamos que procedían de una tierra increíble. Incluso, con la interacción continua podríamos darnos cuenta que muy poco hablan, pero mucho expresan de sus ancestros. Observando y escuchando el sonido propio del ambiente y algunas veces la voz de sus habitantes, recorrimos una hora hacia el salto.

Al empezar la subida más pronunciada entre raíces y rocas, el ritmo de la danza se detenía por momentos para reponer las fuerzas. Debo revelar que a pesar de mis andanzas anteriores, mis condiciones físicas exigían un mayor esfuerzo y dificultaban seguir el ritmo de los pasos de los guías nativos y de mi compañero de trabajo, todo un experto en escaladas o caminatas por zonas abruptas.

Los sonidos y colores deslumbraban las percepciones de los visitantes y contribuían a que la danza se hiciese a su ritmo. En esa estábamos cuando alcanzamos el hito más difícil, acceder hacia la última etapa de la excursión por una escalera muy empinada creada por grandes raíces y piedras. Mis acompañantes lograron la meta en poco tiempo, yo me detenía para reconfortarme e imaginar la experiencia de las nativas que vivían en la margen del salto y bajaban al playón para sus actividades cotidianas. El esfuerzo al subir la cresta les aceleraban sus partos y daban a luz a sus críos en ese medio ambiente. Contaban esa leyenda de una forma tan propia que yo estaba maravillada por la simplicidad en cómo afrontaban la vida. Inmersa en esos pensamientos, acordé con ellos que avanzaran a su ritmo y los 20 minutos que faltaban para llegar al campamento, disfrutaría y reflexionaría con el paisaje, bajo el enfoque acostumbrado, perceptivo y sensorial. Me indicaron con detalles la bitácora de este último tramo. Presté mucha atención a sus indicaciones y me quedé absorta en lo que me inspiraba esa vivencia. Así estuve por al menos 15 minutos, cuando el olor a lluvia y una brisa atípica me advertían que debía volver a mis responsabilidades. Ya empezaba a inquietarme que desde hacía más de una hora no divisábamos al 2do. Grupo, a pesar de que tenía la certeza que estaban muy bien custodiados por los baqueanos.

El escenario ya empezaba a oscurecer y debíamos resguardarnos en el campamento de las babas.

Dirigía mis pasos por el sendero indicado con un popurrí de olores, sonidos y emociones. Encontré la bifurcación alertada y tomé el desvió a la izquierda y me adentré durante 15 minutos en una vegetación arbórea más densa y oscura que la descrita, debía dirigirme hacia un ecosistema de sabana con árboles pequeños o de poca densidad, muy contrario a lo que percibía a mi alrededor. No había tomado el desvió acertado.

Los factores atmosféricos y los sonidos me alertaban que me adentraba en un terreno inhóspito y debían recoger mis pasos y volver al punto de partida, despertando en mí un sentimiento poco usual. El miedo a lo desconocido y a sentirme perdida empezó controlar mi raciocinio y emociones, sin permiso y aviso. Con ellos a flor de piel, alcancé a volver a la encrucijada y dirigirme hacia la derecha, en poco tiempo el escenario me indicaba que nuevamente equivocaba el pasaje. La percepción de peligro generó una intensa sensación desagradable que me impedía analizar con claridad las opciones de vía y recordar el bosquejo explicado por los precursores. Por un instante permití que la desesperación me dominara y comencé a gritar y llamar al resto del grupo, el pánico era ahora el protagonista de esta aventura.

Un sonido estruendoso me sacó de ese trance y me hizo entender que mi voz era un eco que solo era escuchado por los animales y estaba alterando su ecosistema habitual, lo cual podría producir unas reacciones adversas hacia los intrusos.

¿Te imaginas que solo ellos podían oírme?

Los aborígenes referían la noche en el playón, que en la selva habitaban culebras, osos, roedores y otros mamíferos de mediano tamaño. El sonido podría provenir de alguno de estos mamíferos que se encontraba cerca y mis gritos entorpecían su dinámica habitual. La escena dantesca en vez de paralizarme me hizo reflexionar y correr hacia un lugar seguro.   Obligándome a retroceder y volver al lugar de las parturientas.

Musas inspiradoras que a través de un sonido y un olor me trasmitían un mensaje “siempre ve hacia la derecha, en el cruce a la derecha y sigue a la derecha, no te distraigas caminando recto, presta mucha atención a la información sensorial, la luz de las bombillas, el olor a brasas ardiendo y el sonido de la cascada te guiarán”.

Desde ese momento entendí que la mente nos hace muchas jugadas, recordé que los nativos insistieron que debía caminar siempre a la derecha, buscando el río y el salto. Acaté el mensaje a pie de la letra y permití que mis percepciones me guiaran por un recorrido de reconocimiento interior hasta el Salto, con varias lecciones de vida, entre ellos “que el miedo no nos paralice, redirigir esa sensación para fortalecer el espíritu”.

¿Un recorrido sensorial o turismo de los sentidos?

Las realidades de la vida en la selva y sus interpretaciones que los turistas o viajeros muchas veces no escuchamos con atención para guiar nuestros pasos y no perdernos en sus encantos.

Finalmente, pude divisar la sabana que conducía al campamento, lo vivido era solo un recuerdo y la felicidad se manifestaba en una risa constante, maravillada por el bellísimo paisaje y la dulzura del clima.

Un deleite indescriptible que me dirigió al encuentro con mis compañeros.

Había pasado mucho tiempo y empezado a oscurecer. Y por eso que no es de extrañar que estuviesen a la expectativa de la llegada del resto del tropa, los otros integrantes tampoco estaban en el campamento. Mi sonrisa era empañada por la seguridad de los otros, pero decidí que debíamos confiar en la dirección de los capitanes.

El relato de la odisea vivida fue interrumpido por el “barullo” de los artistas que hacían acto de presencia. ¡El equipo volvía a reunirse! Los oriundos resguardaron su integridad.

En plena sabana y calentándonos con la hoguera, improvisamos un espacio para compartir los recorridos anecdóticos emprendidos por separado. Ellos contaban, gesticulaban y mostraban las huellas de sus peripecias para superar los obstáculos que suponía el trayecto. Nosotros compartimos las historias y reflexionábamos sobre la importancia en los equipos, que al dividirse cada miembro debe tener claridad de la ruta a seguir, disponer las condiciones para realizarla y, sobre todo, confiar en sí mismo y no dejarse llevar por las sensaciones producto de circunstancias atípicas.

Finalmente, la tertulia finalizó con la broma de ellos, expresando que las nativas en el ascenso riesgoso “parían” niños y yo lecciones de vida.

En medio de las risas, satisfacción y la presencia poderosa y misteriosa del Salto Pará, o Kuyuwishodü, como es conocido por los indígenas de la zona, agradecimos estar en la puerta de entrada y salida al paraíso.

Vienen a mi memoria las sabias palabras del Ingeniero Venezolano, Ricardo Gondellas “Si cuando visité Canaima vi el paraíso, cuando estuve en el Caura, toqué el paraíso”.

Lo sabías, te has preguntado ¿qué cualidades tiene el Caura para ser un paraíso?

Uno de sus grandes espectáculos es El salto Pará, de acuerdo con registros de la World Waterfall Database, tiene un ancho promedio en su cresta de al menos 300 pies lineales, en volumen supera a las cataratas Victorias de África y las del Iguazú, Argentina.

Toda una aventura y gran conocimiento de nuestra población ancestral y de su espacio vital. ¡Un mundo por descubrir!

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Acerca de Carmen Sofía Sandoval Mata

🇻🇪 🇪🇸 Trabajé en ámbitos del sector público turístico Venezolano, participé en colaboraciones internacionales para planes de turismo como experta venezolana; en los últimos diez años he asesorado en inversión privada, en España apoyé en gestión de pisos turísticos en plataformas digitales. El turismo es mi pasión en redes sociales, escribo #TurismoPostCovid y subo fotografías de paisajes que motivan y regalan.