Entorno Turístico
Wardington Manor

No hay una palabra que pueda definir con exactitud qué es una pasión. ¿Una pulsión indómita? ¿Un exabrupto del corazón? ¿Un arrebato incontrolable? Quién sabe, tal vez sea eso y mucho más, no sé. Las pasiones suelo disfrutarlas y no pedirle explicación a mi yo freudiano y castrador. Al fin y al cabo, para eso están. Para no ser cuestionadas.

Viajar para mí significa liberación: por supuesto, de las obligaciones, de los deberes temporales, del infinito estrés. Basta que se mencione la palabra «viaje» en una reunión para que yo esté allí, escuchando y contando anécdotas, enriqueciéndome con los relatos.

Lo que voy a relatar pasó de verdad, aunque parezca increíble. Porque los viajes también tienen condimentos fantásticos. Bienaventurados los que lo crean.

En el año 2016 hice un viaje junto a dos de mis hijas (Delfina, 16 años; Lucía, 26) al Reino Unido. Uno de los motivos era visitar a Julieta, otra de mis hijas que se encontraba trabajando allí. El otro, saldar la deuda que tenía con la menor por el festejo de sus quince años.

Previamente pasamos por Madrid, comimos toneladas de ibérico hasta obturar todas nuestras arterias, visitamos el Prado y el Reina Sofía, pasamos la noche en una sala de embarque por la cancelación de un vuelo. Nada que no le haya pasado a cualquier viajero.

Julieta y su pareja, Tobías (ahora oficialmente, yerno), vivían en las afueras de Banbury, en un pueblo llamado Wardington, situado en la campiña de Oxfordshire, a unos 120 kilómetros de Londres. La idea, con bolsillos ajustados, era que nos hicieran un lugar en el pequeño departamento que la empresa les prestaba; donde entran 2, entran 5, total, somos familia.

Unos días antes de llegar, creo que estábamos en Toledo, me llega un mensaje de Julieta, diciendo que el dueño de la empresa nos daría un lugar en su mansión, que no por nada se llamaba Wardington Manor y era una reliquia Tudor del siglo XVI. El terreno era lindante con el lugar donde ellos estaban, así que no habría problema de traslados ni nada por el estilo.

Los 40 minutos de tren a Banbury se fueron entre el verde de la campiña inglesa y el ansia del reencuentro. Llegamos acompañados de un sol inusual y, después de los saludos de rigor, nos recibió el mismísimo dueño, un neozelandés que nos mostró el lugar donde pasaríamos los próximos cuatro días.

Sí, era una mansión, tal cual las veía en las películas; con ladrillo a la vista, jardines con tres distintos tonos de césped cortados milimétricamente (no pude dejar de asociarlos a la novela de Alicia en el país de las maravillas y esa escena del té), su laguna, su cementerio de mascotas, su bodega subterránea repleta de vinos franceses y, por fin, la casa.

Los invito a mirar cualquier película inglesa de época y les aseguro que este lugar tenía todos los condimentos. Nuestro ingreso sería por la puerta de servicio, que daba a un galpón: allí jarrones de cerámica se agolpaban con botas de lluvia, plantas y elementos de jardinería. La escalera que conducía a las habitaciones era de madera, que crujía a cada paso; en el descanso, una armadura custodiaba el resto de los escalones que terminaba en la planta alta, donde cuadros antiquísimos con retratos de la familia Wardington nos advertían que allí descansaban siglos de historia.

Nos dieron dos habitaciones; la que me tocó en suerte, intuyo que por ser el padre de Julieta, era inmensa, con un bow window desde donde se podía apreciar todo el parque y una cama con baldaquino bien alta, de las que uno tiene que trepar para subir. El baño con piso de madera y bañera extragrande completaban un cuadro que me transportó sin querer al siglo XVI. La habitación de mis hijas estaba algo alejada, más pequeña, respetando el orden jerárquico. El resto de la mansión estaba ocupada por la familia del dueño, pero en el ala opuesta, bien alejada de nuestros aposentos.

Antes de despedirnos, nos advirtió: «Esta casa arrastra una larga historia de fantasmas; ya les contaré más adelante cuando nos juntemos mañana, puntualmente a las 5 para la hora del té».

Cansados por el trajín del viaje, nos fuimos a dormir. Al otro día, durante el desayuno familiar, mis hijas no paraban de quejarse. Al parecer, habían dormido poco por los constantes ruidos que escuchaban: maderas que crujían, objetos que se movían, pasos cercanos que desaparecían misteriosamente.

Las tranquilicé diciendo que es normal que uno se desvele cuando viaja, que son cosas del jet lag y que no hay que darle importancia.

—No se sugestionen y descansen, que vinimos a pasear —aconsejé.

Los días pasaron entre visitas a la ciudad y paseos por el parque. El escenario matinal era siempre el mismo: ojeras, poco sueño y la confesión: habían decidido acoplar las camas y dormir juntas porque tenían mucho miedo.

Finalmente, dejamos Londres y nos volvimos, cargando en el vuelo de vuelta con esa depresión a cuestas que significa volver a la rutina.

No fue hasta dos años después que les confesé, creo que en plena mesa navideña, que había sido yo el que por las noches zapateaba el suelo de parquet para asustarlas.

Después de los reproches y algunas palabras subidas de tono, la mayor me preguntó:

̶ ¿Y los pasos cercanos? ¿Y los ruidos de objetos que se arrastraban a la madrugada? ¿Cómo los hiciste?

Quedé mudo.

Por las dudas, cuando Julieta nos reiteró la invitación para el año siguiente, le aclaré: Resérvame en algún hostel cerca, por favor.

Por Pablo Javier Miranda

🇦🇷 Escritor / Odontólogo / Dramaturgo / Director / Gestor Cultural / Docente

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