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Salida de la Ventana en Ventanas de Tisquizoque
La Cueva en Ventanas de Tisquizoque / Camila Gutiérrez

Las Ventanas de Tisquizoque

Me sentí como una niña chiquita preguntando por tercera vez ¿ya vamos a llegar? El viaje a Florián desde Bogotá se me hizo una eternidad. Lo que en distancia son unos 200 kilómetros, en tiempo fueron más de 7 horas de recorrido por una carretera que se deteriora con los kilómetros. Afortunadamente, esa sensación de cansancio desapareció cuando a un lado de la carretera vi un portón de piedra que decía “Bienvenidos a las Ventanas de Tisquizoque”. ¡Habíamos llegado!

Porton en Piedra en Ventanas de Tisquizoque
Portón en Piedra / Camila Gutiérrez

Las Ventanas estaban en mi lista de viajes pendientes desde hacía unos meses cuando en un tour por los llanos colombianos, una pareja de viajeros me comentó que había un lugar que no podía dejar de visitar en el sur del departamento de Santander, que combinaba turismo histórico y de naturaleza. Me aseguraron que, aunque poco conocido y desarrollado, era espectacular.

Dejamos el carro a un lado de la carretera y entramos por el portón de piedra a un camino de tierra que bordea la quebrada La Venta, bajamos unas escaleras de piedra, atravesamos la quebrada por un puente colgante y recorrimos otros metros más en subidas y bajadas para llegar finalmente a la entrada de una cueva. Ahí, justo en la entrada, nos detuvimos un segundo a sentir cómo el aire se volvía más frío, y el silencio invadía el lugar. 

Puente Colgante en Ventanas de Tisquizoque
Puente Colgante / Camila Gutiérrez

La cueva es un lugar mágico, una cavidad natural grandísima causada por la erosión de corrientes de agua, con estalactitas en el techo y atravesada por la quebrada que se encañona disimuladamente hasta llegar al final de la cueva, donde sale por una “ventana” en medio de la montaña convirtiéndose en una enorme cascada.

Cueva y estalactitas en Ventanas de Tisquizoque
Cueva y estalactitas / Camila Gutiérrez

Describir el lugar es difícil, pero la sensación de estar en la parte superior de una cascada y a la vez dentro de una cueva es increíble. Cuentan los habitantes que en esta caverna los caciques hacían rituales y se conectaban con sus dioses. Y es que esta región del país estuvo habitada por indígenas Tisquizoques, Muiscas y Muzos: todos de la gran familia Chibcha.

Cueva en Ventanas de Tisquizoque
Cueva.

Los locales dicen que, durante la conquista, la Corona Española le encomendó a Martín Galeano la colonización del área. Este a su vez, designó a Juan Gascón para dominar a los indígenas de la zona. En principio, los Tisquizoques recibieron bien a Gascón y le dieron joyas y oro, pero ante sus repetidos malos tratos y saqueo continuo, lo asesinaron junto a otros españoles. Galeano al enterarse de esto, atacó en venganza. Se dice que el cacique Tisquizoque al verse vencido, prefirió lanzarse por la “ventana” antes de caer en la esclavitud. Este episodio, que cuentan los locales con tal intensidad y detalle como si hubiera sucedido ayer, le dio el nombre a las ventanas.

La cueva tiene varias adiciones humanas ubicadas en diferentes puntos entre las que se encuentran una virgen, un pesebre y un dinosaurio de piedra, que después de haber sido usado en unas fiestas locales fue llevado al ingreso de la cueva para actuar como guardián. Esta singular mezcla representa dos características fuertes de la cultura colombiana: la devoción por la fe católica y la importancia de las fiestas locales. 

Dinosaurio en Piedra en Cueva en Ventanas de Tisquizoque
Dinosaurio en Piedra / Camila Gutiérrez

Después de esta experiencia, salimos por el portón de piedra hacia la carretera y avanzamos unos cuantos metros para tomar un desvío a la izquierda. Esta vez, descendimos del carro para entrar caminando a una finca privada en busca de Charco Azul: el lugar donde cae la cascada y vuelve a convertirse en quebrada. Esto es, aproximadamente unos 322 metros abajo desde la ventana y después de haber pasado por dos caídas o escalas.

A medida que nos acercábamos a Charco Azul comenzamos a sentir el rocío del agua. Algunos visitantes por no mojarse deciden llegar solo hasta un pequeño mirador, pero para mí esa no era una opción válida, quería seguir y sentir la fuerza del agua sobre mí. El camino se volvía más difícil, el rocío se hacía más fuerte y las piedras cada vez más resbalosas. Seguimos hasta donde el cuerpo nos lo permitió, la fuerza del agua era impresionante, el inocente rocío se había convertido en potentes chorros golpeándonos por todo el cuerpo. No nos quedaba absolutamente nada seco, pero la sensación era inigualable. Una potente recarga de energía y el más sincero agradecimiento por estar viva y sentir.

Vista Mirador en Ventanas de Tisquizoque
Vista Mirador.

Regresamos a los carros para ponernos ropa seca, descansar y comer algo. Ya era tarde, pero con tanta adrenalina no había sentido hambre. Finalmente, lo último que hicimos fue buscar un punto lejano donde pudiéramos ver la ventana y la cascada desde lejos para tener un panorama general. Sin duda, los tres puntos: cueva, charco azul y punto lejano, son necesarios para entender la magnitud de este atractivo natural.

Ventanas de Tisquizoque
Ventanas de Tisquizoque / Camila Gutiérrez

Aunque no sé sus nombres, le agradezco enormemente a esa pareja que me recomendó visitar las Ventanas de Tisquizoque, pues sin su consejo seguramente me hubiera demorado meses o años en enterarme de su existencia. Hoy y a través de esta crónica, espero estar haciendo en ustedes lo mismo que ellos hicieron en mí: ¡Despertándoles el interés por visitar este increíble lugar! 

Acerca de Camila Gutiérrez

Camila Gutiérrez
🇨🇴 30 años. Soy Negociadora Internacional, tengo un Máster en Dirección de Empresas y soy Chef. Hablo español, inglés, francés, italiano y portugués. Me encanta viajar, los deportes extremos y la naturaleza. Espero que mis relatos los motive a venir a Colombia. ¡saludos!

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