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Fiesta de las Flores y de las Frutas en Ambato
Festival "De las Flores y de las Frutas" en Ambato, Ecuador / valu.lalarala

La fiesta del agua y la carne

Contaban mis abuelos que Carnaval siempre fue una época para compartir, para dejar de lado clasismos y revanchas. “A la voz del carnaval, todo el mundo se levanta” reza la primera estrofa de la canción más escuchada en estas épocas. Ellos me contaban que, desde muy temprano en la mañana del domingo de carnaval, desde la montaña que colinda la hacienda donde ellos se criaron, bajaban hordas de indígenas, con atuntaquis, flautines y guitarras, cuernos, sonajas y comparsas, cantando las coplas más animadas. Mi abuela recordaba que su mamá, toda insistente, llamaba a todos a que empiecen a preparar la paila, la chicha y el puro, para empezar la fiesta. A la llegada del numeroso grupo, los hombres empezaban a reunirse a las afueras de la casa, para que el dueño de la misma salga a recibirlos y darles la bienvenida, mientras que la mujer del hogar, recibía el camari: La ofrenda de los andinos a la Pachamama, al Taita Carnaval y a la Mama Shalva. Cuyes, habas, mellocos, papas, frutas, flores, mote y la chicha de maíz, que se traía para compartir, formaban parte del agradecimiento y respeto a los dueños y anfitriones. No faltaba tampoco el cerdo, las sopas, las gallinas y todo cuanto podía servir para calmar el hambre, completando ese Karanakuy, el acto andino de dar y recibir, mientras la música hacía, de la fiesta, algo eterno, porque, entre baile, licor, comida y “mojadas”, la fiesta transcurría durante todo el día, hasta que, ya avanzada la noche, los “chumaditos” se empezaban a regresar al pueblo, para, o continuar con el festejo, o ser llevados por sus familiares a descansar. 

Contaban mis abuelos que al final de las fiestas, que duraban esos mismos 4 días, el miércoles de ceniza existía un desfile de “pecadores” en las puertas de las iglesias, donde era clara la costumbre de hacer 40 horas de adoración eucarística, como reparación por los excesos del carnaval. Tanto “indios” como “blancos” se colocaban en la misma fila, para que, el padre a cargo, expiara pecados que se dieron en el transitar de las fiestas. Con alegría, mi abuela recordaba que primos, tíos y hermanos, a escondidas, madrugaban a alinearse en la fila, o llegaban avanzada ya la tarde, para que nadie pudiera reconocerlos y juzgarlos. Entre risas, recordaba su visita a las escalinatas de la iglesia, para saber quién había sido “malo” durante las fiestas. 

Mucho ha cambiado el concepto de carnaval desde su llegada de Europa, cuyos orígenes se remontan a las celebraciones al dios Baco, con fiestas estruendosas, donde la bebida y la comida eran el elemento hegemónico. A su llegada a América, encontraron en las festividades locales del Pawkar Raymi, la celebración indígena de cierre del año solar y culminación del ciclo agrícola, que da inicio también a uno nuevo, el elemento cultural perfecto para continuar con el sincretismo que ya se estaba llevando a cabo, como elemento de la conquista.

Siendo los grupos católicos los encargados de velar porque estos nuevos conceptos y creencias se fundieran en el territorio, el Carnaval, abandono de la carne, y la Cuaresma, se convirtieron en las herramientas de conversión para el nuevo pueblo conquistado, sin notar que el primero se convertiría en la fiesta más pagana que haya llegado a esta tierra morena. La celebración de los antiguos pueblos agrícolas europeos y asiáticos, de consumir todo alimento que recolectaban en invierno, antes de la llegada del equinoccio de la primavera, para evitar su deterioro con el cambio de temperatura, se conjugaron con las festividades indígenas del Abya Yala y el Incario, celebración de saberes ancestrales e interculturales, donde la floración, la abundancia de granos, pero, sobre todo, la alegría que invita un nuevo año andino, llegaron a hacer, del carnaval, la fiesta de celebración más alegre en el año occidental.

Con los años, el crecimiento poblacional y el desarrollo de ciudades y pueblos andinos, fue convirtiendo al carnaval en una celebración popular, con desfiles, comparsas, fiestas y música, dando un tono cada vez más pintoresco a la celebración. Desde el sábado al martes de carnaval, las calles de los pueblos andinos se abarrotaban de propios y extraños, quienes, al son de la música propia de la fiesta, hacían de esta un alboroto de comida, licor y alegría. Guaranda, Sangolqui, Paute, Chambo, Penipe, Latacunga, entre muchos pueblos más, son el ejemplo de la emoción que estas fechas causan en sus habitantes y visitantes. Pese a la modernidad y el tiempo, el carnaval sigue siendo eso donde toda diferencia termina: Por las calles se ven transitar mestizos, indígenas, blancos y negros, todos iguales, cubiertos de huevos, harina, espuma de carnaval, pero sobre todo agua, como el elemento hegemónico dentro de la celebración, como ese paso a la purificación, como ese instrumento para empezar un nuevo ciclo. El agua se convierte en ese recurso que nos regresa a nuestros orígenes, pese a la invasión, y nos recuerda ese lado indígena que aún habita en nuestro corazón mestizo. Y es ahí cuando todos estos elementos se unen, y nos permiten volver a ese tiempo donde, como hermanos de la misma tierra, nos alimentaban las mismas cosas, las mismas ganas.

Pero, como en toda historia, siempre hay una excepción, y, en este caso, nos lleva al centro del país: Ambato celebra el carnaval desde una manera más “pacífica”, si deseamos llamarlo de alguna manera, ya que esta ciudad reconoce a esta fecha, más que como un evento sincrético, como una muestra de su pujanza y fortaleza. El 5 de agosto de 1949 se marca en la historia de esta ciudad como un momento para no olvidar: Un terremoto de 6,8 grados en escala de Richter, con epicentro en el cercano poblado de Pelileo, afectó tanto a Ambato que varias de sus estructuras icónicas fueron llevadas a escombros. Más de seis mil personas fallecieron en este evento, sin contar con los problemas de sanidad que esto conllevó. Este desastre natural caló hondo en la vida de los ambateños, quienes, con una tenacidad digna de reconocer, levantaron la ciudad de los despojos remanentes del sismo, consagrando a las fiestas de carnaval como el momento en donde la ciudad forjó su participación en la historia. Desfiles, comparsas y saludos de escuelas y colegios son comunes en las calles de Ambato, quien desde el 2008, y por ordenanza municipal, prohibió que la celebración se hiciera de la misma manera que se la realiza en otros sectores del país, con el fin de darle un carácter más formal y representativo. De esta forma, la ciudad nombra a estas fiestas “De las Flores y de las Frutas” con el firme propósito de no escapar de la cosmovisión del país, sin alejarse de la fiesta real de los colores.

“Qué bonito es carnaval!” continúa la estrofa siguiente de la canción, y no hay nada más cierto que esto, porque sea como ahora lo llamemos: Carnaval, Pawkar Raymi, inicio del año andino o simplemente la fiesta del agua y la carne, sigue mostrándonos la infinidad de conexiones que tenemos con nuestra sangre india, con nuestra tierra morena y nuestros ancestros; y, aunque sigue habiendo personas que dicen que el carnaval es una fiesta pretexto para los desmanes, que es un despropósito al usar el agua, ahora escasa, en menesteres innecesarios, esta fiesta nos sigue mostrando que mantener vivas estas tradiciones ancestrales, de cooperatividad, solidaridad, pero sobre todo humanismo, nos transporta a un estado casi olvidado, a un momento del tiempo que no merece ser disipado. Así que, por un momento, olvidemos los occidentalismos que nos rodean y dejemos que esos artesanos de alegría en las calles nos mojen, muchas veces con agua muy fría, por fuera, y con licor por dentro. Les prometo que luego de un baño en casa, todo se quita, todo menos la alegría que nos dio un momento de cultura propia de los andes centrales de mi Ecuador querido.

Acerca de David Machado H.

David Machado H.
🇪🇨 Llevo veinte años mostrando mi país(Ecuador) a la gente, a través de mis ojos, para que se enamoren de la magia que hay en cada rincón de este pequeño pero increíble espacio. Y es que de eso se trata: De coincidir con gente que te haga ver cosas que tú ves. Que te enseñe a mirar con otros ojos.

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