Viendo la puesta del sol en la playaImagen únicamente ilustrativa.

En ocasiones, no viajamos solo por placer, en ocasiones lo hacemos para escapar por un instante de la realidad, como fue mi caso en este viaje. 

A veces, la vida te sorprende con situaciones que no esperas, situaciones que no estás preparada para enfrentar, cuando tienes un plan en puerta y de momento todo eso se desvanece, se rompe y necesitas de mucha fuerza y valor para levantarte y reconstruir todo.

Así que simplemente compré mi boleto de autobús, reserve una habitación en un hotel y salí de mi casa. 

Antes de tomar el autobús a mi destino llego a mí otra mala noticia, de esas verdades que sientes que llegan a destruirte, que te hacen perder todos los sentidos y la reacción más próxima sólo es llorar. Y junto con esa noticia, promesas y más promesas, que sólo resultan ser una leve dosis de droga para mantenerte lucido a la realidad. Entonces secas tus lágrimas y tomas el autobús con la esperanza de que en el viaje recuperarás la fuerza que necesitas para los retos que se presentarán.

Mi compañera de asiento fue una señora de edad avanzada, de esas personas que aunque las ves pocos minutos, impactan en tu vida. Cuando me subí, ella ya estaba en su asiento, de pie y estaba haciendo oración, enviando bendiciones al chofer para que llegáramos con bien a nuestro destino. Sé que actualmente para algunas personas, jóvenes por lo regular, la religión ha pasado a ser algo irrelevante, pero para mí aún es parte de mi vida y el ver a esa señora me alentó para el momento en el que me encontraba, además de que durante el trayecto platicamos un poco.

Mi destino, Veracruz, 7 horas aproximadamente de viaje en el que muchas cosas comenzaron a dar vueltas en mi cabeza, y la ira y el coraje comenzaron a apoderarse de mí. 

Por el malecón de Veracruz
Por el malecón de Veracruz.

Llegué, me dirigí a mi hotel, y fue inevitable entrar a la habitación acostarme en la cama y llorar, dicen que para volver a llenar tu alma de felicidad primero la tienes que vaciar de tanta tristeza. 

Cuando logré recuperarme un poco, me di cuenta que no había viajado  para quedarme encerrada en mi habitación, así que me levanté, me cambié y salí del hotel, caminé sobre el malecón, llegué a la playa y me quede un momento mirando la inmensidad del mar, me di cuenta, que todo en la vida es relativo, tan inmenso es el mar, tan inmenso puede ser el amor y tan inmenso llega a ser el dolor.

Faro Venustiano Carranza en el malecón de Veracruz
Faro Venustiano Carranza en el malecón de Veracruz.

Cuando te encuentras en un lugar ajeno, te das permiso de sentir aunque la gente te observe, entonces puedes darte cuenta de las pequeñas cosas: los turistas que viajan con sus mascotas, perros de razas pequeñas y grandes, el grupo de amigos que van de broma en broma, los niños que corren a la orilla de la playa jugando con las olas y cuidándose entre ellos. Me senté al lado de un señor que vendía volovanes rellenos de pollo, jamón, frijoles; le compré dos y comenzamos a platicar, me preguntó mi origen y sobre mi compañía, le dije que viajaba sola y me sorprendió su reacción, me di cuenta que aún hay muchas personas y lugares que no están acostumbrados a ver a una mujer viajar sola. Después de un rato de charla continúe mi camino.

Tomé el tranvía en un recorrido por el malecón y puntos importantes por Veracruz, me encantó el recorrido, la música, la explicación, y sobre todo las calles por el centro de Veracruz  donde se adornan con la letra de la mamba. 

Al día siguiente compré un boleto para el tour al Fuerte de San Juan de Ulúa. 

Fuerte de San Juan de Ulúa en Veracruz
Fuerte de San Juan de Ulúa.

Cuando digo que tenemos que agarrar todos los pequeños detalles de cada lugar, no sólo me refiero al paisaje, a la comida, a la bonita habitación del hotel, sino también a la gente. Cuando salí del acuario y caminé un poco, sinceramente iba perdida y no porque no supiera a donde me dirigía sino porque mi mente iba en otro lugar, en ese momento una señora se acercó a mí para ofrecerme una pulsera echa por ella, no le dije nada, solo la volteé a ver y enseguida me dijo que traía una pena muy grande en el alma, pero que tuviera fe porque todo se iba a solucionar. Le compré una pulsera, platicamos un rato y se fue.

Si hay algo que debo resaltar también, es que es la primera vez que encuentro que un hotel tenga un cuarto reservado para guardar las maletas de los huéspedes cuando desocupan la habitación y me pareció un servicio esencial. 

Fui a mi recorrido por el fuerte, su historia es realmente increíble, admiro profundamente a los guías que están tan capacitados como la guía que me tocó, su memoria es increíble, recordar cada fecha, cada época y cada detalle, te transporta a ese tiempo. Pensé en todo el sufrimiento que resguardan las celdas, de hecho se siente y hasta podría decir que se escuchan los gritos de los presos y torturados ahí. Cada rincón del fuerte es un lugar especial y tan lleno de historia que quedé fascinada. Compartiré las últimas palabras de la guía al final del recorrido: “se quedan en su cárcel, digo, en su casa”.

En las últimas horas de mi viaje estuve en el malecón; frente al Faro Venustiano Carranza están instalados juegos de mesa de gran tamaño, Serpientes y escaleras, Jenga, un gato, me quedé un momento viendo a unas señoritas que jugaban Jenga; también recorrí el mercado de artesanías y estuve el resto de la tarde en el centro histórico donde me tocó un evento de danzón.

Aún sigo reconstruyéndome, la prueba que llegó a mi vida es una situación muy difícil, escape un par de días de mi realidad en ese viaje, pero regresé para enfrentar y superarlo. Y me quedo con esta frase “No hay viaje que por bien no venga”.

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Por Brianda Guadalupe Cruz Rodríguez

Ing. Desarrollo Turístico Sustentable, originaria de la Col. Morelos, Mixquiahuala Hidalgo, siempre trato de estar abierta a aprender nuevas cosas, amo la cultura de mi región, de mi estado y de mi país y creo firmemente que cualquier cambio debe de empezar por uno mismo.

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