Dos personas con una camara de fotografíaImagen únicamente ilustrativa.

El 28 de Noviembre de 2019, la Argentina se ha enlutado tras la triste noticia de un accidente en el km 141 de la ruta nacional 2, cerca de Lezama, Provincia de Buenos Aires. En el mismo, dos niñas de 11 y 12 años perdieron la vida mientras que cinco sufrieron lesiones muy graves. El saldo final fue de casi 27 niños y 5 adultos en grave estado incluso al día 28. El viaje de egresados había sido planeado durante todo el año y tenía como corolario el final de un ciclo escolar primario. Este evento que –sin lugar a dudas- ha sacudido al país nos interroga sobre la naturaleza antropológica del viaje turístico a la vez que sienta las bases para la compresión cabal de la naturaleza misma de la tragedia. Viajar a cualquier lado, claro es un acto de fe y descansa en dos pilares básicos: la hospitalidad y la confianza. 

Lejos de ser una mera industria comercial, el turismo debe comprenderse como un ritual de pasaje donde el sujeto juega a ser quien en realidad no es. Estos rituales son altamente significativos para la sociedad pues el turista no sólo se revitaliza de las frustraciones diarias sino que renueva la fe en sus instituciones y autoridades. En la antigua Roma, la palabra feriae se usaba para esa licencia de tres meses luego de haber servido durante todo el año al imperio en tareas militares o administrativas. Las palabras Die Ferien (alemán) o Das Ferias (portugués) para significar las vacaciones devienen del mismo término. Las ferias servían con un propósito doble. En principio, estaban orientadas a dar un descanso al ciudadano romano, y en segundo, en permitir que el lazo social con sus familias de origen, la mayoría de ellas localizadas en las provincias, no se rompiera. En pocas palabras, el turismo ya se encontraba presente en la historia antigua como ritual de pasaje fundador de la civilidad. Claro que, el acto de viajar al extranjero, de estar en una tierra extraña, despierta ciertas ansiedades y miedos primigenios.

Todo viaje sugiere un encuentro entre un anfitrión (que recibe y aloja) y un huésped (que se compromete a no romper la ley). El problema que subyace es que tanto el huésped como el anfitrión desconocen las intenciones del otro, y lo que es peor aún, si el viaje no terminará en tragedia. La mitología greco-romana es rica respecto a ejemplos donde el huésped es asesinado por el anfitrión y viceversa.

La hospitalidad, como institución ancestral, reduce dichos riesgos poniendo a ambos bajo juramento de no agresión (muchas veces observado por los dioses mismos). El mito de Helena de Troya nos habla de los peligros de no cumplir con la ley sagrada de la hospitalidad. El turismo se centra en la hospitalidad como institución primaria. Sin embargo, la hospitalidad no erradica el riesgo sino que lo hace más tolerable. 

Por otro lado, es conveniente mencionar que la palabra viaje –etimológicamente hablando- viene del término latino viaticum (que significa contigo en la vía). De forma textual, el significado no dice mucho a no ser por el uso que se le daba en la antigua Roma. El viaticum era un viaje clásico dentro de la infraestructura dotada por el Imperio Romano para que ese viaje pudiera llevarse a cabo. Lo contrario era el peregrinare, que significa ir por el campo (per agrere). De este mismo término deviene la palabra peregrinación. Mientras el primero es un desplazamiento con bajo riesgo o controlado, en el segundo caso, todo puede pasar. Todo viaje –incluso el turístico- se encuentra sujeto a un riesgo existencial, al adentrarse a un mundo desconocido, del cual poco sabemos pero que a la vez nos atrapa, y nos interpela. En sí, el viaje turístico debe ser comprendido como un ritual de pasaje en donde uno o varios candidatos cambian temporalmente de estado, pasando a un proceso de liminalidad, para luego ser reconducido a un nuevo estatus. El viaje de egresados cumple con estas tres características, y claro está, es de suma importancia no sólo para el sujeto y su experiencia biográfica, sino también para la supervivencia biológica y cultural de todo el grupo.

Antropológicamente hablando, la estructura del ritual de pasaje puede analizarse de la siguiente manera. Se da un proceso de iniciación donde se retira al candidato de su grupo de pertenencia, luego viene un proceso de lucha o de liminalidad donde el candidato debe demostrar ser merecedor del nuevo estatus que le confiere la sociedad, y luego una última fase donde el sujeto es reconducido –bajo un nuevo estatus- a su nuevo grupo de pertenencia. Los viajes turísticos y estudiantiles no sólo cumplen con estos tres pasos, sino que son el andamiaje cultural del grupo en cuestión. En una sociedad donde el viaje se ha situado como un derecho, olvidamos el riesgo que éste conlleva. Cualquier aspecto que sale mal, cualquier daño que sufre el candidato es vivido por el grupo como un verdadero desastre, una tragedia que enluta al grupo todo. Los rituales de pasaje permiten lograr una comunión con los dioses y buscar su protección para la próxima cosecha. En términos prácticos, el viaje turístico es el corolario de un esfuerzo, el cual le precede. Trabajamos todo el año, estudiamos todo el año para desplazarnos temporalmente hacia otro estado liminal, donde jugamos a ser quien en realidad no somos pero deseamos ser. La tragedia es una forma natural de comprender lo que por sí es incomprensible, la idea de morir durante nuestras vacaciones. 

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Por Maximiliano E. Korstanje

Especialista en Terrorismo. Departamento Ciencias Económicas Universidad de Palermo, Argentina. Autor del libro "Terrorism, Tourism and the end of hospitality in the West, Springer Nature".

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