Aviación y cambio climático

El pasado 10 de febrero Marta Moreno Muñoz presentó su proyecto The Walk 2020. Pospuesto dos años por la situación sanitaria, el 1 de abril la artista y activista partirá a pie (con algunos trenes y ferrys) de Ojiba (Granada, España) hacia el Permafrost finlandés (unos 5.000 km.). El objetivo de esta acción es crear conciencia social sobre la actual crisis planetaria y la necesidad de un rápido cambio desde la raíz, a la vez que ejerce presión sobre los gobiernos para que sean transparentes con la información que proporcionan. La activista eligió este destino (originalmente, Helsinki) ya que fue precisamente en la capital finlandesa donde tomó el que decidió sería su último vuelo.

El transporte aéreo es uno de los ítems que más controversia genera en cuanto a su impacto ambiental. En 2019 la BBC británica publicaba un artículo en el que comparaba las emisiones de los tipos más usuales de medios de transporte. La aviación contribuiría con aproximadamente el 2% de las emisiones de carbono a nivel mundial, según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA). Los trenes y los autobuses quedan por debajo, mientras que un viaje en crucero es muy similar. Sin embargo, la cantidad de emisiones no es el único factor a tener en cuenta. Otros, como el tiempo que los gases permanecen en la atmósfera o la altitud a la que son liberados también son cruciales.

El término “lavado verde” (greenwashing) ya ocupa un lugar notable en los medios de comunicación. Referido a la aviación, podemos citar algunos de los aspectos a los que se aplica. Uno, algunas aerolíneas empezaron a incluir la opción de pagar un suplemento para que se plantara un árbol. Esta iniciativa fue rápidamente criticada debido al desfase temporal entre la producción de las emisiones y el crecimiento (y por tanto la capacidad para absorber CO2 y producir oxígeno) del árbol.

Otro aspecto comúnmente alegado es que la mejora de la eficiencia (la cantidad de combustible quemado) reducirá el impacto ambiental de los vuelos. Si bien es cierto que con el paso del tiempo este tipo de mejoras han reducido las emisiones por pasajero y kilómetro, acaban por crear otras problemáticas. Combinado con factores como los subsidios y la mayor disponibilidad de tiempo y dinero, tenemos que se incrementa el número de vuelos. Además, algunas compañías deciden mejorar sus ingresos reduciendo el espacio para la clase turista (económica) y ampliando el de preferente (business). Así las emisiones por pasajero aumentan de nuevo. Huelga decir que son las emisiones totales las que afectan a la atmósfera. En este aspecto, apenas este mes de febrero la compañía israelí Eviation presentaba el primer modelo de avión totalmente eléctrico, por lo que debemos ver cómo evoluciona la investigación.

Un tercer factor es la propia infraestructura aeroportuaria. Aspectos como la pérdida de terreno natural, ya sea silvestre o de cultivo, o la afectación a las rutas migratorias de aves han sido debatidos durante largo tiempo. Por ejemplo, en 2021, Depana presentó evidencia del incumplimiento de los compromisos ambientales por parte de AENA (el gestor aeroportuario español) en el aeropuerto de Barcelona – El Prat. Más recientemente se ha empezado a hablar en la esfera pública de las afectaciones a la sociedad: cómo las emisiones y los ruidos afectan a la salud de las poblaciones cercanas o las expropiaciones de terrenos antes ocupados por habitajes.

Por otro lado, en verano del mismo año 2019 se celebró en Barcelona (España) la conferencia “Degrowth of Aviation” (Decrecimiento de la Aviación), organizada por StayGrounded. Su vocación era fundamentalmente de participación de la sociedad civil en el proceso de reflexión en torno a cómo puede, precisamente, decrecer el modelo de transporte aéreo imperante en estos momentos. Cabe destacar que entre los participantes había algunas personas involucradas en el sector turístico. Se trabajó a través de varios talleres en temas como tasas e impuestos, limitaciones en vuelos cortos, cambios en las políticas, reducción de las infraestructuras aeroportuarias o la disminución el turismo. Los resultados de la conferencia son demasiado largos para reproducirse aquí, pero pueden encontrarse en el reporte de prensa.

Ciertamente, la gran cantidad de intereses políticoeconómicos que rodean a la aviación, algunos de ellos estrechamente vincluados al turismo, hacen que se produzca y reproduzca una gran cantidad de información que, demasiado a menudo, resulta confusa. Si bien los grupos de presión y rebelión medioambiental aportan informaciones como las mencionadas, existen otras posturas que defienden que se está exigiendo demasiado a la industria turística en cuanto a criterios de sostenibilidad, decrecimiento o neutralidad en la emisión de carbono. Con todo, es ya difícil negar los efectos destructivos de la acción humana en el medio ambiente.

Existe una reticencia al cambio que en ocasiones parece casi inconsciente. Esto se ejemplificó claramente en primavera de 2020 cuando despegaban vuelos vacíos en sus horarios normales para no perder sus slots (asignación de horario de despegue). Claramente, prácticas como estas reflejan más la automatización para cumplir criterios administrativos que una verdadera conciencia medioambiental.

Con todo, el viaje de placer es ya algo profundamente arraigado en la mente de una parte creciente de la población mundial. Eso también se demostró durante las restricciones por la primera ola pandémica: el aeropuerto de Taiwan permitía hacer la facturación y embarcar al avión para reducir el ansia por viajar.

Es por todas estas razones, muy especialmente por el arraigo social que actualmente ha adquirido el turismo, que es necesario y urgente que los turismólogos se incorporen a las redes de reflexión y acción climática, de tal modo que se asegure un correcto puente bidireccional con la industria. Más allá de las acciones empresariales, el comportamiento individual (de la demanda) es siempre clave, por lo cual deben trabajarse aspectos que raramente otros campos de la ciencia tendrán en cuenta de forma seria. Solamente a modo ilustrativo, en la promoción de destinos (cercanos, sostenibles…) una buena campaña estratégica puede convertir la responsabilidad en seducción y conseguir generar una mayor demanda, reduciendo las emisiones y otras externalidades no deseadas.

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Por Neus Crous Costa

🇪🇸🇲🇽 Turismóloga. Ha trabajado en consultoría y en diversos museos. Se interesa por la cultura, la cooperación y la educación. Actualmente es investigadora vinculada a la Universitat de Girona (España) y participa en redes profesionales y académicas internacionales.

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