Aportes para un modelo de turismo comunitario

Isla Santay, Ecuador//Créditos: Flickr/Cancillería del Ecuador

Ante los cambios constantes en los gustos y deseos del ser humano en los mercados globales y en pleno auge de la revolución tecnológica, algunos segmentos de mercado reclaman nuevos productos turísticos no tradicionales, es decir, ya no se busca el turismo de sol y playa únicamente, sino más bien, productos direccionados al conocimiento de culturas locales, sus tradiciones, recursos naturales, entre otros aspectos intrínsecos de los destinos generalmente rurales.

En ese escenario, aparece el turismo comunitario, entendido como un tipo de turismo que nace desde dentro de la comunidad y para la comunidad, aludiendo a la simultaneidad de procesos, a la vida en conjunto, donde se considera una distribución equitativa de los recursos económicos generados, teniendo como base para la repartición de dichos recursos, los principios de solidaridad y democracia.

No obstante, para alcanzar tal escenario, el desarrollo del turismo de base comunitaria debe ser socializado, planificado, abierto, dimensionado, y que vaya acorde con la visión del desarrollo sostenible, en ese sentido, en este pequeño pero objetivo escrito, se plantean algunos aportes para un modelo de turismo comunitario que contempla al menos dos variables, una dependiente (turismo comunitario), que engloba según Quintero (2015); satisfacción de visitantes y residentes, bienestar de la comunidad, riqueza cultural y participación comunitaria. Y otra variable independiente (desarrollo sostenible), que su vez, contempla la equidad social, eficiencia económica y conservación ambiental.

Al correlacionar estas dos variables, se entiende que el turismo comunitario es el instrumento por el cual la comunidad genera réditos, que mejoran la calidad de vida, la comunidad crece económica, cultural y socialmente y se alcanza la integración de más y nuevos participantes en algo que se denomina “turismo para todos”, inseparable de prácticas ambientales sostenibles, es decir, que se utilizan los recursos naturales, pero se les permite a los ecosistemas la regeneración de manera natural.

La propuesta va direccionada principalmente a las zonas rurales manabitas; para que el modelo funcione, es necesario establecer también objetivos y estrategias para alcanzar lo que se propone. Los objetivos no deben ser utópicos, sino más bien, proponen responder a la realidad de la localidad, por ejemplo; se sabe que la falta de empleo es una de las principales necesidades que se busca menguar con la práctica de cualquier actividad económica, y el turismo es una estrategia que no sólo permite combatir la pobreza, sino que también crea conciencia sobre el papel transcendental que juega el sujeto en los procesos de cambio, coadyuva a la defensa de los territorios, etc., siempre y cuando, exista algún tipo de organización turística comunitaria que marque una hoja de ruta a seguir.  

Las comunidades no deben esperar una inversión como la de Isla Santay, pero sí pueden potenciar la autogestión, crear productos “sencillos”, que despierten el interés de ser conocidos, que les permita dar los primeros pasos para incursionar en la dura y ardua competencia turística.

Aquí juegan un papel transcendental las Universidades, para ser más preciso, las carreras de turismo a través de sus proyectos de vinculación e investigación, deberían aportar a la creación de productos turísticos, dentro del marco de la organización comunitaria, teniendo también como eje transversal, la premisa de que el turismo se desarrolle con una visión sostenible de largo plazo.

Isidro Alcívar Vera: 🇪🇨 Es Ingeniero en Administración de Empresas Turísticas, con un Máster en Gestión de Empresas Turísticas. Investigador acreditado por la SENESCYT-Ecuador en temas relacionados al turismo: rural, comunitario, sostenible y arqueológico. Escribe para los periódicos El Mercurio y El Diario.
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