Acabo de regresar de Egipto tras vivir mi primera experiencia en un viaje organizado por agencia. Casi cuarenta personas, horarios medidos al milímetro y un itinerario donde todo —traslados, visitas, comidas, guías— estaba previamente decidido. La pregunta es inevitable: ¿compensa?
Si hay un factor que me hace dudar sobre repetir la experiencia, es el descanso. Hubo días en los que dormí tres o cuatro horas, y otros, ni eso. Regresábamos al hotel entrada la noche tras jornadas intensas bajo el sol, y el cuerpo pedía tregua. Pero aún quedaban la maleta, la ducha, la digestión… y una alarma que podía sonar a la una, a las dos o a las tres de la madrugada. Con suerte, el planning nos permitía levantarnos a las siete.

Las ventajas son evidentes: despreocuparse de la logística, contar con excelentes guías locales y tener acceso ágil a enclaves históricos. La desventaja, en mi experiencia, es la falta de flexibilidad y el ritmo atropellado por abarcar lo máximo posible. En mi caso, la falta de descanso hizo que pasara buena parte del viaje enferma. Aun así, Egipto es un destino que recomiendo sin reservas.
Me siento afortunada de haber conocido dos de las civilizaciones más antiguas del mundo: la china y la egipcia. Frente a las pirámides de Guiza, Abu Simbel y la imponente Gran Esfinge, el tiempo parece suspenderse. Y, sin embargo, conviven con edificios a medio terminar, tráfico caótico y contrastes que interpelan.
Uno de los lugares que más me impactó fue la llamada Ciudad de los Muertos, en El Cairo: una inmensa necrópolis histórica donde viven cientos de miles de personas y que forma parte del patrimonio protegido por la UNESCO. Vida y muerte compartiendo espacio, sin metáforas.
Tampoco pasa desapercibida la pobreza. Niños que se acercan para vender pulseras o pedir ayuda, barcas improvisadas que se aproximan a los cruceros en el Nilo buscando cualquier intercambio posible. Son escenas que incomodan y obligan a mirar más allá de la postal.
Y luego está la belleza. Los templos de Luxor, las tumbas decoradas con jeroglíficos que conservan colores de hace tres mil años, la sensación de estar ante algo que nos precede y nos sobrevivirá.
Viaje organizado o no, Egipto exige ir con la mente abierta. Aceptar los contrastes, saborear su gastronomía y perderse en los bazares de El Cairo. Y, sobre todo, agradecer la hospitalidad de su gente.
Shukran.

