Desde el Cristo de las NoasDesde el Cristo de las Noas en Torreón, Coahuila / Fotografía: Andrés Agui-Ram

A lo largo de la historia, la humanidad ha buscado a Dios durante toda su vida; San Agustín, por ejemplo — como muchos otros — lo buscó con insaciable curiosidad en la naturaleza, en los libros y en la enseñanza de grandes maestros. Yo, por otra parte, lo busco en las afueras de la ciudad. Y a decir verdad, no sé si lo encuentre.

Son las 4:00 de la mañana y me dirijo a subir el Cerro de las Noas en Torreón, Coahuila. Aún no he empezado a caminar y la mochila ya me pesa. En la cima se encuentra una escultura de Jesús de Nazaret de 22 metros de altura — 16 metros menos que la famosa estatua de Cristo Redentor de São Paulo, Brasil, pero igual de impresionante — le llaman “El Cristo de las Noas”. Cuando amanece, desde sus pies hasta el horizonte, resplandece la perla de la Laguna. A medida que avanzo me pregunto si valdrá la pena. La mayoría de la gente prefiere descansar a esta hora. Los inquietos viajeros, ¿por qué buscamos a Dios?

En México, el turismo religioso contempla a más de 30 millones de turistas al año, tan sólo la Basílica de Guadalupe, en la CDMX, concentra a casi 15 millones de personas. ¿Qué es lo que los motiva?, ¿la cultura?, ¿la tradición?, ¿el misticismo?, ¿el crecimiento espiritual?, ¿la vida?, ¿la muerte?, ¿la resurrección?, ¿los milagros? Quizá la fe. Quizá un poco de todo.

Cristo de las Noas en Torreón, Coahuila
Cristo de las Noas.

A medida que uno crece, la vida se vuelve cada vez más compleja, se endurece. El estrés, las obligaciones, el cansancio, las exigencias profesionales y los problemas del día a día nos obligan a reflexionar sobre el sentido de la vida: ¿De dónde vengo?; ¿a dónde voy?; ¿por qué estoy aquí?; ¿por qué me esfuerzo cada día?

Estas cuestiones, ¿nos paralizan o nos inducen a escapar?

¿Qué sentido tiene la vida, mi vida? —me lo pregunto mientras comienzo a subir el Cerro de las Noas— tiempo suficiente tendré para encontrar la respuesta.

Jost Krippendorf decía que viajamos para escapar de las realidades cotidianas hacia un reino imaginario de libertad. En este contexto, el viajero se embarca en busca de la Tierra Prometida, huye de una realidad adversa en busca de sentido. El turismo religioso se vuelve el medio en el cual el viajero renueva su fe. Por supuesto, al final del camino se encontrará agradecimiento y esperanza. De lo contrarío, la travesía sería un fracaso. Hay que decirlo, la máxima del turismo religioso no es más que propiciar el contacto con lo divino. El viajero busca respuestas., respuestas que solamente su propio ser espiritual podrá darle.

Nadie sale en busca de Dios sabiendo que no va a encontrarlo; siempre hay esperanza. Ya sea una peregrinación o la visita a un templo de fe para dejar una ofrenda o buscar perdón, el viajero espera que a su regreso la vida pueda ser un poco mejor…

En la cima del Cristo de las Noas
En la cima del Cristo de las Noas.

Claramente, en México, el turismo religioso tiene un fuerte matiz católico; sin embargo, no toda persona atraído por esta clase de turismo se considera un ser religioso. Diferente es considerarlo como un ser espiritual. Pues, ya nos decía Vyctor Frankl en su libro “La presencia ignorada de Dios”, el ser humano — que puede ser tanto consciente como inconsciente de ello — tiene un deseo nato: buscar un sentido para la propia vida. Pensamiento al cual yo agregaría que, esa búsqueda sólo puede culminar a través de la experiencia. 

¿Cuántas experiencias?, me preguntarán.

Las que sean necesarias; de aquí que el turismo religioso — al igual que la búsqueda de Dios — se vuelva complejo y sea vivido como un recurso de enriquecimiento personal. Cada turista posee un deseo individual, una búsqueda distinta y por consiguiente espera una respuesta diferente. Lo que sí es seguro, es que para todos, cada paso es una oportunidad para redefinir los sentidos, apreciar el arte, integrarse con la naturaleza, comprender las diferentes culturas y ampliar el espíritu. Integrarse a la vida.

He llegado a la cima y amanece. Los rayos de sol recaen sobre una ciudad a punto de despertar y una estatua de Cristo me recibe con los brazos abiertos. Una postal magnífica que me hace sentir cierta paz interior. La misma paz que sentí la última vez que estuve aquí, y la misma que siento al final de cada viaje.

¿Por qué buscamos a Dios? Al menos yo puedo decirles que mi búsqueda es por placer, por diversión, por curiosidad, por agradecimiento. Y si bien Dios no está aquí —al menos no el yo que busco —no me molestaría volver a buscarlo en este lugar o en cualquier otro, si la tranquilidad es lo que recibo en el camino.

Yo que buscaba el sentido de vivir, descubrí que el sentido no es sino la vida en sí. – Rafael Lechowski

Dinos tu opinión

Por Andrés Agui-Ram

🇲🇽 Me dicen El Extranjero y escribo relatos para viajeros. Recorriendo distintos países me di cuenta que me equivoqué de carrera. También me di cuenta que como México no hay ninguno. Ahora, despierto cada día queriendo hacer del Periodismo Cultural mi vocación. Exploro destinos nuevos y conocidos para después compartir mis observaciones, aprendizajes y reflexiones con ustedes. Gracias por leer, yo he de seguir caminando.

Facebook2k
Twitter203
Instagram649
Tiktok234