Cuando «La Diablada» invade Píllaro

La Diablada, fiesta popular en Santiago de Píllaro, Ecuador / Wikipedia

Son muchos quienes afirman que, para combatir los demonios que llevamos dentro, debemos indagar en lo más profundo de nuestro ser, navegar en las corrientes de nuestro pasado y sortear esos recuerdos que hacen, de nuestra existencia, un regodeo o un mismísimo infierno. Ciertamente todos tenemos demonios en nuestro interior que, tarde o temprano, invaden, temporal o permanentemente, nuestro caminar. Pero, ¿Qué sucede cuando todos estos demonios de los habitantes de un pequeño pueblo en Ecuador, salen, al mismo tiempo, a tomar posesión de las calles del lugar? Conocidas son las diabladas de Oruro, Bolivia, homenaje eterno a la virgen del Socavón o la Diablada de la Fiesta de la Tirana en Chile, lo que hace más tenebroso aún el hecho que, en nuestra América india, la celebración a Belcebú sea, aparentemente, notoria y recurrente. 

Y para saber más a fondo de que trata esta misteriosa celebración, esta vez los caminos nos llevan hacia el sur, hacia la provincia céntrica de Tungurahua. Santiago de Píllaro es un pequeño poblado, de no más de 8.000 personas ubicado al noroccidente de la provincia. A 153 kilómetros de la capital Quito y a solo 25 minutos de la ciudad de Ambato, capital de la provincia, nos encontramos con un pueblo que lucha por mantener vivas sus tradiciones agrícolas, ganaderas, históricas y de hacienda, a la par que las nuevas generaciones van, cada vez más, exigiendo la modernización del poblado. Entre casas de antaño, de adobe y teja y edificios que tratan de emular una ciudad cosmopolita, se mantienen vivas tradiciones como “La Diablada” que, en cada inicio de año, nos recuerdan una historia que trasciende en el tiempo desde épocas coloniales, como un ejemplo de rebeldía. 

Cuenta la historia que, en un afán combativo y contestatario, los indígenas de mitas, obrajes y haciendas, saltaban a las calles y plazas de Píllaro viejo, vestidos con trajes rojos y máscaras elaboradas con técnicas especiales y restos de animales, emulando al señor de las tinieblas en franca rebeldía al abuso y maltrato, no solo físico, sino psicológico, moral y mental que sufrían de hacendados y terratenientes, caporales y guardianes de fincas, e incluso, de los jerarcas de la iglesia. Está más que claro que su primera intervención oficial, hace ya quizá 300 años atrás, no pudo ser más que una derrota de considerables proporciones; de seguro aquellos primeros incitadores recibieron el merecido castigo de esa época, no solo por su ignominiosa insubordinación, sino por llamar a fuerzas que ellos mismos no podían controlar, invocando, con antifaces y vestidos, el poder del mal. Así, aquella primera idea tuvo, de seguro, resultados nefastos y sangrientos, cosa que no debería sorprendernos, pues la historia sitúa a Píllaro entre una de las comarcas más rebeldes en tiempos de la Colonia, donde, frecuentemente, rebeliones e insubordinaciones eran la base del accionar social en este pequeño, pero resonado, pueblo.

Aunque, para ser honestos, no todas las historias concuerdan en el inicio de la Diablada con tan cruenta masacre: mientras camino por el pueblo, encuentro que hay más historias, menos despiadadas, de cómo inició la Diablada. Esta vez son dos caseríos dentro del mismo poblado en juego, que, por disputas de amor, inician una fiesta ya de centurias. Y es cuando los varones fornidos, habitantes de uno de estos barrios, deciden, arbitrariamente, cortejar a las damas del segundo, generando clara e incómoda molestia. Al no poder controlar la arremetida varonil hacia sus predios, el caserío decide, inteligentemente, intimidar al grupo de varones que llegaban, de la única manera que en ese entonces podías llegar a la psiquis humana, con el temor al infierno. Y es así como, armados de caretas y disfraces, látigos y aciales, se escondieron hasta la llegada de los extranjeros en planes de conquista, y esa misma noche, al silencio de la madrugada, cientos de “Romeos” vieron sus lívidas intenciones esfumarse, cuando un ejército de diablos, con caretas infernales, abarrotaban las quebradas por donde, impecables vestidos, transitaban. Su pago por sus malas intenciones fue justo, heridas por las caídas, por golpes de palos, pero, sobre todo las pesadillas, al verse y sentirse perseguidos por el mismísimo averno.

Y con el tiempo, esos diablos, hechos de calabazas o de materiales básicos, en su momento, se empezaron a convertir en el Patrimonio Cultural Intangible del Ecuador, que desde 2008, y cada año, lleva a este pequeño espacio en el centro del país, a miles de visitantes que disfrutan, por una semana, de los bailes, jolgorio y diversión que Píllaro desprende. Por todas las esquinas se miran “diablos” vestidos de rojos pantalones cortos, generalmente hasta las rodillas, y blusas del mismo color para semejar las llamas del ultramundo, portando guantes y fuetes, siempre con sus máscaras y caretas hechas de moldes de tierra y anexados cuernos y dientes de animales que se convierten en verdaderas obras majestuosas, fruto de una tradición ancestral. Junto a ellos van capariches, antiguos barrenderos de las ciudades coloniales, quienes, con su blanca vestimenta interna, en símbolo de limpieza, poncho rojo y sombrero, en muchos casos de lana prensada, se unen a la Diablada con sus escobas de palo y fibras de ortiga, para limpiar aquellas “malas energías”. Atrás van guarichas, con bebés en brazos, dando fe que la fiesta es para todos y todas, sin importar quien venga por delante. Cierran el desfile parejas en línea y la banda de pueblo, que fija la armónica celebración de los diablos tomándose la ciudad.

Sea cual fuese la raíz de la celebración, del 1 al 6 de enero, esos diablos y todos los personajes inundan las calles de los barrios de este Píllaro mágico. El trinar de los pocos pájaros que quedan, se cambia por la música de banda, música de pueblo, música que nos recuerda que no hay mejor manera que empezar un año siendo invadido por los demonios que, hoy, nos llenan el rostro de sonrisas y nos dejan ver que, la mejor manera para enfrentar los miedos es, bailando junto a ellos. 

David Machado H.: 🇪🇨 Llevo veinte años mostrando mi país(Ecuador) a la gente, a través de mis ojos, para que se enamoren de la magia que hay en cada rincón de este pequeño pero increíble espacio. Y es que de eso se trata: De coincidir con gente que te haga ver cosas que tú ves. Que te enseñe a mirar con otros ojos.
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