Campamento Blanco PitayaCampamento de Blanco Pitaya, acondicionado con tiendas de campaña de lujo, sillas y fogata para recibir a los visitantes.

Actualmente, la superficie forestal de Puebla ocupa alrededor de 1,674,763 hectáreas, y de ese total, una parte significativa ha sufrido algún grado de perturbación ecológica, ya sea por cambio de uso de suelo, contaminación o actividades humanas que han afectado el equilibrio de estos ecosistemas.

En respuesta a esta problemática nace Blanco Pitaya, una iniciativa que fusiona conservación ambiental, filosofía, educación y experiencias vivenciales con el propósito de inspirar una nueva relación entre el ser humano y el mundo. El proyecto se desarrolla dentro del Área Natural Protegida Blanco Pitaya, ubicada en Teziutlán, Puebla. Este espacio se concibe como una visión en movimiento que invita a la comunidad a reconectar con lo esencial: el tiempo, la presencia y la conciencia.

Ignacio Parra, arquitecto de profesión y propietario del área natural, encontró este lugar en condiciones de descuido y contaminación, por lo que se ha dedicado desde hace 3 años a su recuperación y restauración.

El nombre del proyecto refleja su esencia: «Blanco» alude al minimalismo y la sencillez arquitectónica, mientras que «Pitaya» evoca identidad mexicana, pues se trata de un fruto que aparece en nuestro escudo nacional. Esta integración se materializa en su logotipo, compuesto por eslabones que representan el arte, la naturaleza y la arquitectura, todos ellos entrelazados por el pilar central de la conciencia del ser humano.

Un refugio federal para el bosque mesófilo de montaña

Blanco Pitaya está dentro de un predio de 16.5 hectáreas de bosque mesófilo de montaña, uno de los ecosistemas más frágiles y biodiversos de México, que representa menos del 1% del territorio nacional. Ante la amenaza de actividades económicas que fragmentarían el paisaje y los efectos ocasionados por el cambio climático, el proyecto tomó la decisión de certificarse como un Área Destinada Voluntariamente a la Conservación (ADVC) ante la CONANP, resguardándola por un periodo de 99 años.

La reserva funciona bajo un estricto plan de manejo ambiental dividido en tres zonas estratégicas: una zona de amortiguamiento, donde se realiza el 15% de las intervenciones turísticas; una zona de protección de acceso restringido, destinada únicamente a observación; y una zona dedicada exclusivamente a la investigación. Este santuario protege especies clave de flora y fauna, muchas de ellas resguardadas bajo la NOM-059-SEMARNAT-2010, incluyendo aves, hongos vitales para el ciclo del suelo y vegetación nativa que constituye el corazón del ecosistema.

La filosofía estoica como maestra de vida

Un eje diferenciador para Blanco Pitaya es que integran la filosofía estoica como un eje transformador. Los visitantes aprenden a vivir de acuerdo con las leyes de la naturaleza, reconociendo que somos parte de un equilibrio universal. La naturaleza no es vista solo como un escenario, sino como maestra y refugio que guía hacia un aprendizaje profundo.

La filosofía estoica es una herramienta para fortalecer la mente y proponer una forma más consciente de existir. El proyecto ofrece un espacio para experimentar la calma y la reflexión que brinda la naturaleza.

Para Parra, el propósito es claro: «Generar una conciencia colectiva que transforme nuestra forma de estar en el mundo, porque cambiar hacia afuera empieza por despertar hacia adentro».

Experiencias turísticas sensoriales

La propuesta turística del proyecto se enfoca en lo sensorial y contemplativo. En su etapa actual, Blanco Pitaya ofrece una experiencia de glamping donde la comodidad no está peleada con la sustentabilidad. El objetivo es que el visitante «baje revoluciones».

El recorrido por la reserva incluye caminar en descenso por un sendero acondicionado en medio del bosque para llegar hasta el río Xoloatl; en el trayecto se puede apreciar «El Abuelo», un árbol de haya de cientos de años que es considerado un guardián sagrado del bosque, y visitar la “poza de los sueños”.

A través de caminatas conscientes, que pueden durar alrededor de dos horas, los visitantes son invitados a contemplar la neblina, la lluvia y el silencio no como obstáculos, sino como parte del aprendizaje que conduce a la sencillez y la claridad. La gastronomía también forma parte de la experiencia, pues colaboran con mujeres de la comunidad local, integrando así la dimensión social con la ambiental.

Uno de sus principales productos es el Campamento Estoico, que dura dos días y dos noches. Durante esta experiencia, los visitantes escuchan «audios inmersivos» en distintos puntos del bosque, pensados para acompañar el recorrido y ayudar a aplicar enseñanzas estoicas de hace más de dos mil años en la vida diaria.

Acciones de restauración

El compromiso ambiental de Blanco Pitaya incluye acciones como el Fondo Agua Herida: un mecanismo de aportaciones voluntarias que ayuden a sanar el río Xoloatl, que ha sido afectado por residuos domésticos y contaminantes. Las labores de restauración incluyen, además, el cuidado del bosque y la protección de la ranita mexicana, una especie cuya presencia es un indicador vital de la salud del ecosistema.

Este esfuerzo de conservación no es aislado, pues como parte del proyecto se reconoce que la protección del territorio requiere de la corresponsabilidad entre la sociedad, el gobierno y la iniciativa privada; un ejemplo de ello es el trabajo activo que hacen con instituciones educativas, trayendo a niños y estudiantes para que actúen como «semillas» de conciencia ambiental. Así, el proyecto garantiza que este santuario continúe siendo un espacio vivo para las generaciones presentes y futuras.

Conoce más de Blanco Pitaya en: https://www.instagram.com/blancopitaya/

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Por Francisco Mejía

🇲🇽 Licenciado en Turismo por la Universidad de Guadalajara. Director General de Entorno Turístico. Escritor y conferencista de tendencias tecnológicas aplicadas al turismo.

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