Entorno Turístico
Büyük HanBüyük Han, caravasar más grande de Chipre, ubicado en Nicosia / Fotos de Francisco Caparros

Nicosia sigue dividida en dos países. Uno de sus lados sigue sin reconocimiento y su ciudad principal es casi una desconocida. Viaje a una urbe de mezquitas, zocos y fronteras congeladas.

Hablar de una ciudad dividida, de checkpoints, de ejércitos enfrentados y de un conflicto congelado nos lleva a los años del Muro de Berlín y las dos Alemanias. Sin embargo, no todos saben que hoy en día todavía es posible visitar una capital que sigue cortada a la mitad por conflictos políticos. Al este del Mediterráneo, en el centro de la isla de Chipre, su capital, Nicosia, sigue dividida entre dos comunidades que viven realidades completamente distintas. Mientras la mitad griega es un destino turístico líder, el lado turco atrae a muy pocos visitantes. Por eso, adentrarse en esta última es casi como descubrir un misterio largamente guardado.

Una historia convulsa

Cuando en la mañana del 20 de julio de 1974 los chipriotas escucharon que las tropas turcas desembarcaban en la isla, nadie pensó que sería el inicio de un conflicto que seguiría latiendo hasta nuestros días. La isla de Chipre, encajonada al sur de Turquía, al norte de Egipto y al oeste del Líbano, estuvo siempre acostumbrada a una historia agitada. Disputada por varios imperios como los otomanos, los macedonios, los venecianos e incluso los ingleses, la isla siempre fue parte de los juegos de las grandes potencias. Tras su independencia en 1960, los chipriotas pensaron que sería el comienzo de una nueva era con paz y coexistencia entre las dos comunidades: grecochipriotas y turcochipriotas.

Sin embargo, cuando los primeros empezaron a plantear la fusión con Grecia (la EONOSIS o unión), los segundos temieron convertirse en una minoría insignificante y pidieron ayuda a Turquía. Estos conquistaron el 37% del territorio y partieron la isla para siempre. Desde ahí los destinos se bifurcaron. El lado griego se convirtió en una nación reconocida en todo el mundo, miembro de la OTAN, la UE y la zona euro. El lado turco, por otro lado, carece de reconocimiento internacional, salvo el de Turquía. Esto hace que su economía y su desarrollo estén menos adelantados que su vecino griego.

Si toda esta historia resulta extraña, todavía queda una última particularidad y es que la frontera entre ambas (llamada Línea Verde) atraviesa al medio Nicosia, la capital de la isla.

Es por eso que, hasta nuestros días, gue siendo la única capital dividida de Europa.

Mientras todos los turistas que visitan Chipre se dirigen al lado griego, el norte es casi desconocido, lo que lo vuelve una experiencia singular. Ya desde el inicio comienza como una aventura cruzando el tradicional paso fronterizo de la calle Ledra. Durante mucho tiempo, el único habilitado está situado en pleno centro y, por ende, es el más cómodo. Solo se puede usar de manera peatonal, pero mostrando pasaporte; en pocos minutos se puede decir que ingresamos a otra nación.

Si la Nicosia griega es una moderna ciudad europea con calles peatonales, negocios de moda e incluso unos tímidos rascacielos, al cruzar el paso, el ambiente cambia notablemente. Las mezquitas reemplazan a las iglesias ortodoxas y lo único que se eleva al cielo son los esbeltos minaretes donde se llama a la oración. Caminar por sus calles es como estar en una pequeña Estambul, de clima relajado y detenida en el tiempo. 

Una ciudad con alma de pueblo lleno de locales donde los hombres charlan y juegan al backgammon con una taza de café.

Cruzando la frontera

Después del paso de la calle Ledra, las primeras arterias están llenas de pequeños comercios de souvenirs como si fueran un pequeño bazar. La primera parada del recorrido está a unos metros y es una enorme mole de piedra cuadra llamada Büyük Han. El nombre en turco no deja ninguna sorpresa: “la gran posada” fue construida con la llegada de los otomanos a mediados del siglo XVI. Este caravasar es el más grande de la isla y uno de los primeros aportes de los nuevos ocupantes de la isla.

Los caravasares eran hoteles en las rutas comerciales en donde las caravanas de mercaderes dormían, descansaban o comían antes de seguir con su camino. En un principio se llamaba la posada de Alanya porque de esa ciudad turca eran de donde procedían los comerciantes y siguió así hasta la llegada de los ingleses. Pasó a ser cárcel hasta el inicio del siglo XX y luego quedó abandonado por varias décadas. Hace unos años el gobierno lo rehabilitó y es un lugar ideal para comprar artesanías, libros o tomar algo en su patio central.

Saliendo por su puerta oriental y caminando solo 5 minutos, se llega a la Mezquita Selimiye. De frente, la imagen impresiona y genera dudas porque no tiene el aspecto de un edificio islámico. Aunque parece inacabada, su portada es indudablemente la de una catedral gótica y es que en un inicio esta era la Catedral Católica de Santa Sofía. En 1570, la iglesia, que fue incluso sede de la coronación del rey de Chipre, fue convertida en mezquita y rebautizada en honor al sultán que conquistó la isla: Selim II. Luego se le agregaron dos minaretes y el resultado es una mezcla de varios estilos. Por dentro posee una decoración muy austera, a diferencia de otras mezquitas más conocidas, y tiene una capacidad de 2500 personas.

Igual suerte tuvo la Iglesia de Santa Catarina, convertida actualmente en la Mezquita Haydarpaşa. Como su hermana mayor, también cuenta con un minarete y la leyenda de que su agua curaba a los enfermos, por eso fue hospital de la ciudad en la época de la Peste Negra. Alrededor de ella las calles son más tranquilas, con casas antiguas y pequeños jardines. En cada esquina hay una buganvilla que decora con flores de distintos colores e incluso hay una fuente de madera otomana frente a la mezquita.

La ciudad todavía no se recupera económicamente desde la partición de la isla y por eso sus calles pueden estar un poco abandonadas. Algunas casas siguen vacías después de la partición porque sus dueños quedaron en el otro lado sin poder volver.

La sensación se hace aún más latente al acercarse a la famosa “Línea Verde”. Con ese término se conoce a la frontera entre ambas comunidades, que está gestionada hoy por hoy por la ONU. La franja, que cruza de este a oeste la ciudad, sigue siendo un museo vivo de la guerra entre ambas comunidades. Caminando por la zona podremos ver calles cortadas, alambres de espino, casas abandonadas e incluso algunos soldados que patrullan la zona. La gente no suele, en ambos lados, acercarse a la zona y las calles parecen detenidas en el tiempo como un museo de la Nicosia de mitad de siglo. En teoría, está prohibida la fotografía, pero las condiciones se han relajado siempre que no sea a los soldados. Los chipriotas de ambos lados han intervenido la zona y es posible encontrar murales y grafitis con contenido político para poder medir el pulso de la ciudad.

Si todavía sobra tiempo, subiendo por la avenida de Girne se puede llegar a la Puerta de Kyrenia. Esta es una de las tres que tenía las murallas reconstruidas por los venecianos a mediados del siglo XVI para proteger la ciudad de las numerosas invasiones. 

Muy cerca de allí se encuentra el Museo Nacional de la Lucha, que muestra la visión de los turcos sobre el conflicto y también el barrio de Samanbahçe, el primer barrio planificado de la isla. Construido por los ingleses a fines del siglo XIX, la obra buscaba darle un hogar a los turcochipriotas pobres que emigraban a la capital en búsqueda de trabajo. Podemos ver pasillos rectos, calles de piedra e incluso una fuente central.

Las casas de una sola planta, alineadas en fila, están pintadas todas de blanco, como buen pueblo mediterráneo, y sus dueños las decoran con plantas de todo tipo y sillas donde se sientan a conversar. Solo queda desandar el camino hasta el paso de Ledra y despedirse de la Nicosia turca, la capital que nadie quiere reconocer.

Por Francisco Caparros

🇦🇷 Licenciado en Comunicación Social y fotógrafo. Trabajé como guía de turismo en Alemania. Viajo para descubrir culturas, escuchar historias y entender lo que no se ve en los titulares. Creo que siempre hay algo nuevo que aprender de cada lugar y de cada persona.

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