Turismo masivo vs turismo de experiencias

Hace unas décadas, ese título carecía de sentido. Visitar las capitales latinoamericanas, las playas lujosas de EE. UU., pasear por las grandes ciudades europeas y captar sus catedrales y monumentos icónicos era lo más consumido por el perfil del turista estándar. En pareja, en familia, en grupos o en solitario; el plan se acomodaba a todos.

Después nos sorprendió un cisne negro, aquel acontecimiento que cambió las reglas del comportamiento social global para siempre: la pandemia. En 2020 las llegadas internacionales se desplomaron y el turismo mundial cayó alrededor de 75% en términos de llegadas, dejando la industria en un coma inducido. Lo que parecía eterno, invencible, imparable… se desmoronó en semanas. Y con ese sacudón, cambió el mapa mental del viajero.

De ahí se abrió paso a nuevas formas, conceptos, pensamientos, maneras de vivir, de pensar. La vida cobró un sentido más profundo. ¿Era necesario este llamado tan nefasto para darnos cuenta de lo que ya teníamos en nuestras narices? Al parecer, sí.

Ante este cambio, como decíamos anteriormente, el turismo no salió ileso. Se estrelló, sin paragolpes, ante la mínima absoluta de ventas en pasajes aéreos, visitantes, reservas, junto con cualquier otro rubro satélite de esta magnífica industria. Todo volvió a cero. Todo se tuvo que reinventar. O desaparecer en el intento.

Años y años han pasado de aquel evento y nuevas formas de turismo han surgido con la transformación. Destinos emergentes, actividades revalorizadas, propuestas innovadoras y muchos otros escenarios de expandido interés forman parte ahora de la oferta para el viajero.

Nótese que ahora escribo viajero y no turista. Porque eso somos, viajeros en busca de un destino que nos dé una experiencia inolvidable y que nos haga vibrar en el momento presente. El turista colecciona lugares; el viajero colecciona momentos. Ya no basta con posar frente a un monumento: se busca dormir en una estancia donde la chimenea cuenta historias o participar en la reforestación de un bosque nativo. De pronto, ir a París a tomarse una selfie en la Torre Eiffel ya parece más un cliché que se diluye en un álbum de fotos. Y resulta más atractivo ir a vivir la experiencia de cosechar uvas en algún viñedo mientras se disfruta de una exquisita y original gastronomía regional de algún pintoresco pueblo alejado.

¿Qué es realmente el turismo de experiencias?

El turismo de experiencias es aquel que integra producción, cultura, gastronomía, historia y comunidad. No es solo ocio. No es solo ver. Es hacer. Es aprender a prensar aceite en un olivar, dormir en una casa de campo con productores locales o participar en una feria artesanal donde el visitante aporta y se lleva conocimiento. Es un motor económico que activa cadenas productivas: transporte, alojamiento, gastronomía, artesanía y servicios locales.

No me malinterprete, el turismo masivo sigue siendo el que acumula más capital, más inversiones y más ganancias. Pero ya no es la tendencia. Significa que, en términos porcentuales, hubo una caída sostenida en el tiempo que se trasladó hacia el sector de experiencias. Y eso se mantendrá, no por moda ni tendencia, sino por sentido.

A mi entender, el turismo de experiencias es aquel que logra afianzar un destino con una propuesta ORIGINAL. En un mundo de copy, de IA, donde todo ya existe y el dinero lo compra todo, lo original es el rey. Porque una propuesta original, en términos prácticos, no se puede copiar. Porque su copia no es original (no significa que no funcione o no se monetice). Pero el viajero, el cual afina su ojo, está ávido de vivir la originalidad del destino tan minuciosamente elegido.

Más allá de los formatos tradicionales, la originalidad es la verdadera moneda de cambio en la era pospandemia. Europa ya lo entendió: España revalorizó pueblos y turismo rural, transformando aldeas en destinos con encanto. LATAM tiene recursos similares, pero la brecha está en políticas públicas, infraestructura y en cómo se comunica la oferta. Si los gobiernos locales no las promueven, entonces somos los emprendedores del turismo los que debemos alzar la voz para evidenciar el COSTO DE OPORTUNIDAD que se está generando. Debemos ser más agresivos. Apoyar con acciones a todas las comunidades, empresas, ONGs e individuos que apuesten por el crecimiento de destinos turísticos emergentes.

Algunos ejemplos concretos de iniciativas que ya muestran el camino:

  • Chile: bodegas y enoturismo en altura que combinan paisaje andino y experiencias de vendimia.
  • Perú: turismo gastronómico que va más allá de Lima, integrando comunidades productoras y rutas culinarias regionales.
  • Colombia: la Región del Eje Cafetero y el turismo de café de especialidad atraen viajeros que quieren aprender el proceso del grano a la taza.
  • Ecuador y Galápagos: experiencias de conservación y turismo científico que conectan al visitante con la protección de ecosistemas únicos.
  • Brasil: ecoturismo en la Amazonía con comunidades locales liderando proyectos sostenibles.
  • Argentina: la Patagonia y los valles vitivinícolas ofrecen experiencias de aventura y enología; además, surgen producciones de café en el NOA por primera vez en la historia del país, prometiendo ser un actor preponderante en el cono sur.
  • Uruguay: impulso a polos tecnológicos y proyectos urbanos que buscan integrar turismo, innovación y calidad de vida.

Son solo ejemplos para que visualice todo lo que esos proyectos pueden impactar en las economías regionales, en la comunidad y en el desarrollo de una región. En síntesis, el turismo de experiencias abarca producción, cultura, historia, gastronomía, trabajo y comunidad. Es un catalizador de sectores por excelencia. Encendido el motor, su potencia es transformadora.

¿Qué falta para que LATAM consolide sus destinos de experiencias?

Políticas públicas claras y apoyo al ecosistema emprendedor de iniciativas turísticas emergentes. Si los gobiernos no facilitan infraestructura, capacitación y promoción internacional, la región seguirá vendiendo mal su riqueza.

El turismo de experiencias no es un lujo; es desarrollo regional. Activa microempresas, preserva saberes, incentiva la producción local y puede reducir la estacionalidad. Cuando un viajero paga por participar en una cosecha, no solo compra una actividad: financia jornales, compra productos locales y deja divisas en la comunidad. Lo que sí es un lujo es permitirnos perder esta oportunidad.

El turismo volvió, pero ya no es el mismo. El viajero del siglo XXI busca sentido, conexión y autenticidad. Latinoamérica tiene todo para liderar esta nueva ola: paisajes, cultura, sabores y gente. Lo que falta es valentía para transformar ideas en políticas, proyectos y experiencias que no se puedan copiar con un clic.

Si eres emprendedor: piensa en cómo tu propuesta puede integrar comunidad, sostenibilidad y descubre esa originalidad que apalanque tu idea.

Si eres político: mide el costo de oportunidad de no invertir en turismo experiencial y estudia el impacto real que resulta de activar propuestas turísticas.

Si eres viajero: busca experiencias que dejen huella en ti y en el lugar que visitas; valora sus actores más allá del destino en sí mismo. Hazlo saber. Difunde.

Al final, el turismo de experiencias es una promesa: no solo ver el mundo, sino dejarlo un poco mejor y volver a casa con algo que no cabe en una foto.

Por Rodrigo Ferro

🇦🇷 Arquitecto. Desarrollador de Proyectos Turísticos Sustentables para el Hábitat & el Territorio.

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