Turismo Grinch

Hace unos días leí el siguiente titular: «El auge del ‘turismo Grinch’, viajar a destinos exóticos para huir de la Navidad: «El objetivo es desaparecer»» y no pude evitar sonreír. No solo por lo gráfico del término, sino porque, de algún modo, me sentí bastante identificada. De hecho, mi familia y yo llegamos a valorar seriamente viajar a Puerto Rico para evitar las típicas reuniones convencionales de todos los años, así como el frío. Sin embargo, el viaje salía por unos diez mil euros para tres personas, así que decidimos abortar misión.

Ahora, a posteriori, y tras comentarlo con gente de mi entorno, descubro que cada vez somos más los que buscamos esa huida en algún momento de estas fechas tan marcadas. La Navidad, con todo su simbolismo, también arrastra una carga de obligaciones emocionales, sociales y económicas que no todo el mundo sabe —o quiere— sostener. Pero ya sabemos cómo funciona esto: a mayor demanda, más altos son los precios. Lo que empieza como un deseo de libertad termina convirtiéndose en otro producto exclusivo al alcance de unos pocos.

Yo, que me identifico cada vez más como persona ‘Grinch’ todo el año, prefiero aquellos lugares que no han sido explotados aún y que, por tanto, no están —tan— masificados. Desde un pueblo remoto de España hasta un país de Europa que apenas recibe turismo en comparación con otros destinos mucho más populares. Al menos yo sí huyo de lo concurrido y de las modas. Me atrae lo discreto, lo que todavía conserva cierta autenticidad. Y, a su vez, pienso que hay un sinfín de rincones que aún están por descubrir y que tienen mucho que ofrecer sin necesidad de convertirse en tendencia.

Permítanme no revelar aquellos países que tengo en mente, como tampoco revelo en redes sociales algunas calas de las islas Baleares, por ejemplo, de cara a su conservación. En una época de sobreexposición constante, creo que también es sano preservar cierta intimidad de los lugares que visitamos. No todo tiene que ser compartido, etiquetado y geolocalizado. No todo debe transformarse en reclamo turístico.

Quizá piensen que es egoísta por mi parte no desvelar estos rincones, pero creo que hablo con conocimiento de causa. La isla en la que nací recibe cada vez más turismo y, aunque esto tiene un impacto económico positivo, también está viéndose cada vez más dañada. Muchos visitantes no respetan las normas ni cuidan del medioambiente, como si el lugar fuera un simple decorado de usar y tirar. Y sí, puede que, de alguna forma, yo también esté perjudicando al medioambiente de aquellos destinos que visito. No me excluyo de la ecuación.

Por eso, quizá el debate no sea tanto si huir o no de la Navidad, sino cómo viajamos cuando decidimos hacerlo. No se trata solo de elegir destinos menos concurridos, sino de adoptar una actitud más consciente y respetuosa. De entender que somos invitados en lugares que no nos pertenecen.

En cualquier caso, vayamos a donde vayamos, intentemos cuidar el entorno en la medida de lo posible y respetar otras culturas. Al fin y al cabo, ese es el verdadero valor de quien visita: pasar, disfrutar y marcharse sin dejar cicatrices.

Dinos tu opinión

Por María Cobo

🇪🇸Diplomada en Turismo. Traductora y profesora de lenguas extranjeras en más de diez centros educativos (colegios, institutos, universidad y centros culturales) tanto en España como en el extranjero durante los diez últimos años. También escribo poesía, artículos y columnas con un poso de reflexión.

Facebook2.05k
Twitter203
Instagram649
Tiktok234