En hotelería, el cambio no es una excepción: es parte del oficio. Cambiar de ciudad, de hotel, de marca o de rol forma parte natural del crecimiento profesional. Sin embargo, pocas veces se habla con honestidad de lo que realmente implica salir de la zona de confort dentro de una industria que se mueve rápido, exige resultados inmediatos y rara vez concede pausas.
Existe una narrativa muy instalada: moverse es crecer, incomodarse es avanzar y permanecer es estancarse. Y aunque en muchos casos es cierto, la realidad es más compleja. No todos los cambios garantizan éxito, ni todas las salidas de la zona de confort son lineales o ascendentes. En hotelería, el resultado de un movimiento profesional no depende únicamente de las capacidades individuales.
El entorno pesa. La cultura del hotel, el momento del negocio, la estructura corporativa, los liderazgos, la madurez del equipo y hasta el contexto personal juegan un papel determinante. Dos profesionales con el mismo perfil pueden tener resultados completamente distintos en escenarios aparentemente similares. Por eso, hablar de cambio como una fórmula infalible es, cuando menos, incompleto.
Quien decide aventurarse fuera de lo conocido suele hacerlo con expectativas altas: crecimiento, aprendizaje, visibilidad, mejores condiciones. Y muchas veces esas expectativas se cumplen. Pero otras no. Y eso no necesariamente significa fracaso. A veces simplemente significa que el encaje no ocurrió, que el momento no fue el adecuado o que el costo personal fue mayor de lo previsto.
Uno de los grandes silencios de la hotelería es el desgaste interno. Hacia afuera, el profesional sigue operando, resolviendo, liderando. Hacia adentro, el cansancio se acumula. La distancia del hogar, la presión constante, la necesidad de demostrar, la adaptación forzada a nuevas dinámicas y la pérdida de referencias personales pesan más de lo que se admite públicamente. No suele decirse, pero es común.
Salir de la zona de confort también expone rasgos propios. La necesidad de control, tan valorada en puestos operativos y directivos, puede convertirse en una fortaleza o en un obstáculo. Cuando el contexto es ajeno, esa tensión revela quién eres realmente como profesional y como persona. Y en ese proceso, se revaloran aspectos que antes parecían secundarios: estabilidad mental, redes de apoyo, hogar, equilibrio.
Volver, pausar o cambiar de rumbo no siempre es retroceder. En una industria donde el movimiento constante se confunde con progreso, tomar decisiones pensando en el bienestar integral sigue siendo visto con suspicacia. Sin embargo, sostener una carrera a largo plazo en hotelería requiere algo más que ambición: requiere equilibrio.
El verdadero aprendizaje de salir de la zona de confort no está solo en llegar más alto, sino en entender hasta dónde, cómo y en qué condiciones vale la pena moverse. Tener un ojo en lo profesional y otro en lo personal no es falta de compromiso; es una estrategia de permanencia.
Para quienes están por dar ese paso, vale la pena recordar que no todo depende de ustedes y que no todo resultado define su valor profesional. Para quienes ya pasaron por ahí, el recuerdo suele ser claro: el cambio enseña, confronta y, muchas veces, ordena prioridades.
La hotelería seguirá siendo dinámica, demandante y cambiante. Aprender a moverse dentro de ella sin perderse en el intento es, quizá, una de las habilidades más importantes que no vienen en ningún manual.