Terrorismo-y-turismo

El pasado 31 de Octubre de 2017 ha sido un día muy triste para todos los argentinos luego de las noticias de un atentado en la ciudad de Nueva York revelaran que entre las victimas había cinco connacionales. En este punto, el atentado se llevó la vida de ocho personas, entre ellas cinco ciudadanos argentinos que se encontraban en la ciudad luego de haber planificado un viaje durante largo tiempo. Esta suerte de viaje fatal abre la puerta a reflexionar sobre la naturaleza social y semiótica del terrorismo, es decir el mensaje que quiere transmitir. Nadie espera morir en vacaciones mucho menos si ha planificado ese viaje desde hace tiempo. Ello sugiere una pregunta por demás particular, ¿Por qué los terroristas asesinan turistas?

Hoy la literatura especializada sugiere tres explicaciones frente a la pregunta anteriormente formulada. La escuela antropológica explica que el turismo es en realidad un ritual de pasaje, cuya función se encuentra orientada no solo revitalizar las frustraciones diarias sino además a legitimar la autoridad de los gobernantes. Afectar –por medio de la violencia- estos rituales impiden el correcto funcionamiento de los lazos sociales y por ende la confianza en los gobernantes disminuye. De igual manera, la obligación de los estados en custodiar a aquellos ciudadanos de países “amigos” –sentido clásico de la hospitalidad- lleva a un cuestionamiento de su imagen la cual queda seriamente dañada al extremo en el que algunos gobiernos pueden exigir medidas de esclarecimiento y tratamiento. El turismo por su funcionalidad onírica puede ser comparado al sueño. El terrorismo busca desestabilizar la confianza afectando nuestras formas básicas de recreación y comunión.

Otra explicación de naturaleza económica enfatiza en la relación entre costos y beneficios. Al igual que el agente moderno racional, el terrorista busca maximizar el impacto mediático y simbólico de su acto al menor costo. En los espacios de consumo turístico se dan las dos cosas. Una suerte de flexibilidad en los criterios y protocolos del control por la naturaleza de la actividad y el alto impacto que sugiere la idea de un estado incapaz de proteger a sus propios ciudadanos. La racionalidad del terrorista se encuentra descentralizada, lo cual evidencia que cada grupo desconoce las órdenes o intensiones de otros. Por ende para las fuerzas de seguridad es difícil poder prevenir el próximo golpe incluso desbaratando otras células.

La tercera familia de teorías se corresponde con una respuesta psicológica, la cual se nutre de una necesidad de autoafirmación y reconocimiento de pares. La mayoría de los terroristas son nativos de las sociedades a las cuales atacan, y obviamente no conocen de forma previa a sus víctimas. De hecho no tienen nada personal contra ella, más que un odio generalizado y abstracto que es canalizado por una cada vez más angustiante falta de objetivos. El sentido de la vida para los terroristas no se condice con las reglas de sus vecinos, aún cuando puede adaptarse fácilmente. Por regla general, tienen un futuro brillante y han sido excelentes estudiantes durante su juventud. Hijos o nietos de inmigrantes necesitan resolver sus frustraciones con la idea de una identidad abstracta y para reafirmarla, realizan un último viaje; una suerte de diáspora –algunos de ellos viajan a Oriente Medio- donde tienen contacto con ideologías radicales, las cuales nada que ver tienen con la religión. Esta suerte de diáspora se lleva a cabo en silencio y de forma secreta, siendo muy común –luego de un atentado- la frase de los vecinos: “no sé qué la ha pasado a este chico, era tan bueno y tan inteligente”.

En otras épocas, los atentados se planificaban minuciosamente por medio de la despersonalización de la violencia. En otras palabras, los terroristas atacaban a grandes personalidades o figuras de poder sin arriesgar su propia vida. La violencia ejercida sobre ese-otro-importante se daba por medio de un artefacto, un arma, una bomba, una máquina. El proceso de reflexibilidad y la globalización han generado cambios profundos en las formas de autoridad, hecho por el cual hoy día, los terroristas buscan desestabilizar la política por medio de ataques contra turistas, y viajeros globales, y a diferencia de sus antecesores exponen –sacrifican- su propio cuerpo. La muerte de los cinco ciudadanos argentinos ha dado un mensaje no sólo a los Estados Unidos sino también a los gobernantes argentinos y a la opinión pública. En los años por venir, la modalidad será la misma, emplear medios de transporte –que hacen a la movilidad de la civilización occidental- como armas.

Desde un punto de vista micro-social, esta clase de terror opera por lo que he denominado “tergiversación de las funciones básicas”. Un cuchillo sirve para comer, su uso no sólo es pacífico, ayuda a nuestra alimentación. No obstante, el mismo elemento puede ser usado para asesinar a otro. El terrorismo pone en cuestionamiento a las instituciones occidentales por medio de la corruptibilidad de sus propias funcionalidades. El mismo avión que nos lleva a una isla paradisiaca puede ser usado como arma contra un edificio como el World Trade Center, de la misma forma que un camión originalmente orientado para trasladar mercancías puede ser empleado como un mortal cohete. Ello sugiere, sin lugar a dudas, que la movilidad y el terrorismo se encuentran inextricablemente unidos.

Por último pero no por eso menos importante, el hecho es que, formal o informalmente, no se puede luchar contra el terrorismo si no se comprende su naturaleza instrumental. El terrorismo no quiere a todo el mundo muerto, sino a todo el mundo mirando la televisión. Este aspecto alimenta una difícil relación entre capacidad semiótica de la comunidad y el discurso del temor generalizado y ansiedad que despierta el terrorismo.

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Por Maximiliano E. Korstanje

Especialista en Terrorismo. Departamento Ciencias Económicas Universidad de Palermo, Argentina. Autor del libro "Terrorism, Tourism and the end of hospitality in the West, Springer Nature".

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