Hagamos un alto en el camino y analicemos con lupa lo que nos están queriendo meter por los ojos. Nos han montado una narrativa donde parece que, para que al país (Colombia) le vaya bien, al trabajador le tiene que ir mal. Nos dicen que un dólar a $3.700 COP (peso colombiano) es una tragedia nacional y que un salario mínimo vital digno es el acta de defunción de las MiPymes turísticas. Pero, ¿quién dice eso? Los mismos que durante años se acostumbraron a que su única «ventaja competitiva» era tener una moneda devaluada y una mano de obra que aguantaba callada. Es hora de despertar: la verdadera crisis no es el precio de la divisa, es el miedo a dejar de ser un destino «barato» para empezar a ser un destino de calidad.
Ese discurso de que estos emprendimientos y las medianas empresas van a colapsar por pagar un salario justo o devolver los recargos es una verdad a medias usada para asustar. En el sector turismo, los pequeños negocios son el corazón del servicio, y lo que realmente los asfixiaba no era el sueldo del mesero, sino el costo de los insumos, la energía por las nubes y una gasolina que subía sin parar. Ahora que el Gobierno Nacional anunció la baja en el precio del combustible tras sanear el desorden de otros, ahí sí hay un alivio real para el transportador y el operador que mueve al turista por nuestras carreteras.
La competitividad no se logra pagando poco, se logra innovando. Si el dólar baja, el resto es de nosotros: no es llorar porque el extranjero trae menos pesos, sino ofrecerle una experiencia tan brutal y una calidad de servicio tan alta que no le importe pagar lo que vale nuestro trabajo.
La innovación en el turismo receptivo hoy se trata de eso: de dejar de vender a Colombia como un remate de San Andresito y empezar a venderla como una potencia de biodiversidad y cultura. Un trabajador bien pago, con sus derechos recuperados, es un trabajador que atiende con orgullo, que se capacita y que cuida al turista. Eso es lo que genera lealtad, no un dólar alto.
El que no quiera entender que el mundo cambió y que el liderazgo ahora prioriza la soberanía y la dignidad, se va a quedar recogiendo las migajas de un modelo que ya se agotó. La calidad es el nuevo nombre del juego, y ahí es donde los pequeños prestadores de servicios, si se montan en el bus de la excelencia, tienen todo para ganar.
Esto se ve claro en nuestro Atlántico, que se ha convertido en el mejor ejemplo de este cambio. Mientras otros sectores se quejan, aquí nos hemos dedicado a potencializarnos como un destino emergente que ya no depende solo de una temporada. El Atlántico dejó de ser un sitio de paso. Mirá lo que ha pasado en Puerto Colombia, el impulso gastronómico de nuestras matronas en los festivales de los municipios y cómo el turismo de deportes y de naturaleza en sitios como el Embalse del Guájaro o nuestras playas está sacando la cara. Pero no nos podemos quedar ahí: lo que falta es diversificar esos pilares en todos los municipios con potencial para seguir creciendo y mejorando cada día, sin miedo a lo que no se puede controlar, como el precio del dólar, sino trabajando con el potencial interno que nos sobra. Aquí se está demostrando que con infraestructura pensada para la gente y creyéndonos el cuento de que somos grandes, el turismo crece y se fortalece.

