Arturo Escobedo - Turismo sin filtros

La tragedia una vez más decidió posarse sobre tierras mexicanas, pero esta vez eligió un escenario poco común. En el corazón de la zona arqueológica de Teotihuacán, un asesino disfrazado de turista abrió fuego sin razón aparente contra civiles que solamente cumplían el sueño de conocer uno de los tesoros ancestrales de México. Paradójicamente, la también llamada Ciudad de los Dioses, hace siglos acostumbrada al derrame de sangre como ofrenda para las deidades que adoraban los teotihuacanos, pareciera que hoy sació aquella añeja sed de la peor manera.

El saldo preliminar indica que este atentado cobró la vida de una turista canadiense, además de dejar heridos a ciudadanos de diversas nacionalidades: seis estadounidenses, tres colombianos, un brasileño, un canadiense, un ruso y una mujer de Países Bajos. Aunque se está a la espera de mayor información oficial, según las autoridades del Estado de México, el presunto autor del crimen fue un hombre de 27 años de nombre Julio César N., originario del norte de la Ciudad de México.

Este desafortunado hecho se presentó a tan solo 53 días de la inauguración de la Copa del Mundo de la FIFA en México, un dato no menor. Sin embargo, mi manera de analizar lo sucedido se divide en dos partes, de lo general a lo particular.

Me asombra cómo la violencia se ha vuelto un idioma universal, aunque al mismo tiempo no sorprende a nadie porque nuestras sociedades escuchan, escriben y ejercen violencia todo el tiempo; la normalización de la violencia en miles de formas de consumo y práctica es parte de lo cotidiano. Quizás, ser violentos es parte de nuestra prehistórica naturaleza animal desde hace miles de años, aunque absurdamente, a pesar de nuestra evolución como civilización, no hemos aprendido a ser mejores. Al final, incluso el turismo, que tal vez es una de las actividades que nos hacen ser humanos y que pretenden unir pueblos, igual se termina salpicando de sangre de una u otra manera. Nada se salva.

Me queda claro que esto que pasó ayer en México puede pasar y ha pasado en otros lugares del mundo, pero de repente me he preguntado si será que la violencia es parte de la identidad de nuestro país.

Hace algunos años, en mi época universitaria, tuve la oportunidad de realizar un intercambio estudiantil en Perú. Durante esa estadía, hice una linda amistad con una estudiante francesa que, igual que yo, se encontraba de intercambio. Nuestras pláticas siempre trataban sobre libros; ese era nuestro punto de encuentro. Cuando la fecha de regresar a nuestros países se acercaba, los dos entendimos que probablemente era un adiós que significaba no volvernos a ver jamás. Por lo que, como último recurso para tratar de sobrellevar aquel inevitable luto, propuse que en nuestro último encuentro hiciéramos un intercambio de libros; la única regla era elegir algún título que cada quien considerara imprescindible para entender la cultura de su lugar de origen.

Ella me regaló El Principito de Antoine de Saint-Exupéry; yo elegí El Llano en llamas de Juan Rulfo. Esta anécdota la saco a colación porque al día de hoy sigo considerando que, si se busca un libro que defina a México, es El Llano en llamas. No le sobra ni una sola letra; a través de sus diferentes cuentos recrea escenarios e historias llenas de nostalgia, folklore, desamor y violencia, los ingredientes predilectos de nuestra idiosincrasia como mexicanos. Entonces sí, para mal de todos, somos un país con una raíz profunda de violencia; nuestra historia lo atestigua.

Esta reflexión me llevó a pensar que el caso de México es contradictorio, es único. Una nación que lamentablemente ante los ojos del mundo tiene una relación directa con problemas de narcotráfico e inseguridad (generadores de violencia), en los últimos años se ha posicionado constantemente en el top diez del mundo en recepción de turistas internacionales.

Pese a los hechos violentos que ocurren de manera constante en el país, los turistas no dejan de llegar. Este fenómeno es digno de un estudio de caso; es parte del surrealismo que sobrepasa el entendimiento de la causa y efecto de la vida cotidiana en los destinos mexicanos.

No con esto quiero decir que esté bien, pero solo imaginemos: si nuestro país, aun con sus problemáticas, es una potencia turística, ¿cómo será el día en que esas problemáticas se resuelvan?

Por Arturo Escobedo

🇲🇽 Redactor y asesor editorial, estudiante de posgrado con beca CONAHCYT en la Universidad Nacional de Cuyo, Argentina. Licenciado en Turismo por la UAEMéx y Gestor Cultural por la Universidad del Claustro de Sor Juana, con proyectos realizados en México, Perú y Colombia.

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