Como filósofo dedicado a los estudios turísticos desde hace casi 20 años, estoy convencido de que la reflexión ética debe extenderse más allá del análisis de determinados fenómenos y situaciones, hasta abarcar las metodologías empleadas para investigar el turismo. Desde luego, mi convencimiento se basa en las reflexiones de muchos autores, a quienes no voy a detallar aquí. Por el momento, bastará con recordar que no existe un método totalmente neutral, puesto que todos parten de presupuestos ontológicos, epistemológicos, etc., los cuales suelen tener consecuencias éticas. También debe reconocerse que las técnicas que decidamos utilizar afectan a las personas, en ocasiones negativamente, instrumentalizándolas, imponiendo esquemas externos de forma colonialista, o reproduciendo relaciones asimétricas de poder. Habría mucho más por decir, pero creo que la idea se entiende.
En este artículo, hablaré de la historia oral, una metodología cuyo rasgo fundamental es la recolección de testimonios orales de las personas involucradas en un evento o proceso histórico. La historia oral posee una declarada intención de democratizar la historiografía, dando voz a grupos a menudo excluidos de las narrativas oficiales. Ello enriquece en gran medida la disciplina, al aportar nuevos puntos de vista y abrir nuevas líneas de debate, ofreciendo, en suma, la posibilidad de reescribir el pasado de un modo menos injusto. Esta metodología se ha utilizado de manera habitual en las investigaciones sobre el turismo, el cual, debido a sus particularidades, constituye un terreno fértil para la aplicación de la misma.
Los académicos, junto con las principales asociaciones del sector, han establecido un sólido marco de principios morales, como el consentimiento informado, el anonimato o la utilidad social, que constituyen la base de numerosos códigos éticos del sector, manuales de buenas prácticas, y otros documentos. Desde luego, una investigación que se ajuste a este marco tiene pocas probabilidades de ser cuestionada éticamente. No obstante, cuando los estudios de historia oral se llevan a cabo en territorios turísticos, pueden darse situaciones que vayan más allá de los principios mencionados por las asociaciones profesionales.
Así, en tales territorios, entre otras cuestiones problemáticas, no es extraño constatar la existencia de conflictos intracomunitarios, a menudo entre las personas favorecidas y perjudicadas por el turismo. También es común encontrar procesos de estereotipación y exotización de las poblaciones locales, o de mercantilización de la memoria, que convierte los testimonios orales en productos turísticos. De igual manera, se suelen silenciar o ningunear aquellas voces que señalan temas “incómodos”, como la pobreza o los traumas históricos, los cuales no son coherentes con la imagen positiva que se quiere dar de un determinado destino.
El abordaje ético de estas cuestiones resulta problemático si nos basamos solo en los principios y códigos de los profesionales de la historia oral. Cuando nos volvemos hacia la ética del turismo, tal y como se expone en textos de tanta relevancia como el Código Ético Mundial para el Turismo, auténtico referente del sector, nos encontramos (además de su marcada preocupación por la sustentabilidad) con un lenguaje muy orientado hacia lo jurídico, que a priori tampoco parece capaz de enfrentarse con algunas de las complicaciones propias de los estudios de historia oral. Por ello, parece interesante buscar ideas en otras perspectivas éticas, capaces de iluminar de manera distinta los problemas morales que se vayan encontrando.
Existen muchas perspectivas susceptibles de lograr tal fin. Entre ellas, me parece destacable la ética del reconocimiento propuesta por Axel Honneth, para quien las luchas sociales tienen, además de las materiales, motivaciones de carácter ético, dado que la vida social se basa en relaciones éticas. La justicia, afirma, no se limita a distribuir bienes, sino que exige el reconocimiento de las personas como sujetos valiosos. Honneth diferencia así tres dimensiones o patrones del reconocimiento: el afectivo, que genera confianza en uno mismo; el jurídico, que produce autorrespeto; y el de estima social, cuyo resultado es la autoestima. Este autor presta también atención a las formas de desprecio que niegan el reconocimiento e impiden el desarrollo moral; así, la violencia física niega la integridad en su nivel más básico, la exclusión legal niega la igualdad, y la humillación social niega la estima personal.
Una primera aplicación a la historia oral podría partir del hecho de que cualquier relación entre investigador e investigado es una relación de reconocimiento, lo cual trae consecuencias en las tres esferas que se han señalado. En la afectiva, por poner un ejemplo, nos lleva a una escucha empática y a la máxima preocupación por crear confianza. Del mismo modo, nos exige ser conscientes de las posibles formas de desprecio y el modo de evitarlas: en la dimensión mencionada, nos obliga a prestar la máxima atención a riesgos como el daño afectivo o la revictimización de las personas entrevistadas. La ética del reconocimiento hace que, a la hora de planear y desarrollar una investigación, nos orientemos con preguntas como “¿Estoy contribuyendo a la valorización del modo de vida de los entrevistados?” o “¿Estoy reforzando su confianza en sí mismos?”.
Otra perspectiva ética de gran interés es la ética del cuidado. Esta corriente surge de los estudios de Carol Gilligan sobre la psicología moral femenina y propone que la ética no debe ser imparcial, sino que debe tomar en consideración todas las redes de relaciones que nos rodean y nos sostienen. Para la ética del cuidado, el deber moral no surge de una regla aplicable de modo universal, sino precisamente de esas redes de relaciones, en el establecimiento de las cuales juega un gran papel la vulnerabilidad humana. Cuando la ética del cuidado se aplica a la historia oral en territorios turísticos, nos hace pensar, por ejemplo, que no es suficiente seguir una serie de protocolos de consentimiento o anonimato, sino que deben cuidarse las relaciones humanas generadas por la investigación. Esto resulta muy interesante para entender el modo adecuado de llevar a cabo las entrevistas, siempre dentro de una lógica relacional, sin caer en el extractivismo académico.
Habría mucho más que comentar, pero es momento ya de cerrar este artículo, preguntándonos qué gana la ética turística atendiendo a estas perspectivas. La respuesta parte del hecho de que rara vez existen soluciones absolutas o algorítmicas para los problemas morales, de modo que a lo máximo que se puede aspirar es a tomar decisiones bien justificadas, bien argumentadas, y basadas en un análisis profundo y cuidadoso. Teniendo esto en cuenta, está claro que introducir en la discusión un mayor número de perspectivas morales ayudará a conseguir el tipo de análisis de grano fino que buscamos.
Nota
Este texto es producto de la actividad de investigación “Historia oral y ética: vínculos filosóficos e implicaciones prácticas para su utilización en territorios turísticos”.

