Iglesia Nuestra Señora del CarmenIglesia Nuestra Señora del Carmen / Foto pública del municipio de La Carolina

En 2023, La Carolina dejó de ser ese dato que circula entre viajeros curiosos para pasar a estar en el radar global. Ese año fue reconocida por la actual ONU Turismo como uno de los Best Tourism Villages, un premio que no apunta solo a lo lindo del paisaje, sino a algo bastante más difícil de sostener: identidad, escala y una forma de hacer turismo sin perder la esencia.

A simple vista, cuesta entender cómo un pueblo tan chico —metido entre sierras, a más de 1,600 metros de altura y con caminos que te obligan a bajar un cambio— termina en una lista así. Pero La Carolina no intenta ser destino: le sale naturalmente. Nació en el siglo XVIII, en plena fiebre del oro impulsada por la corona española, y ese origen todavía se nota en sus calles, en las casas bajas y en esa relación directa con la montaña que sigue intacta.

Lo interesante es que, lejos de explotar ese pasado como una puesta en escena, el pueblo eligió otro camino. En vez de crecer sin control, decidió mantenerse a escala, volverse en gran parte peatonal y conservar una lógica donde el visitante se adapta al ritmo del lugar, y no al revés. Acá no hay apuro ni grandes estructuras: hay silencio, aire limpio y algo que hoy escasea bastante, que es la sensación de estar en un lugar genuino.

Hay, además, un detalle que suele sorprender a quienes llegan por primera vez: todavía es posible visitar antiguas minas y hacer pequeños recorridos donde te explican cómo se extraía el oro de forma artesanal. No es un montaje turístico exagerado, sino más bien una experiencia simple, directa, casi íntima, que ayuda a entender de verdad cómo se formó el pueblo.

Si hay una recomendación personal, es ir sin expectativas de “gran destino” y dejar que el lugar haga lo suyo. Caminar sin apuro, hablar con la gente, frenar en algún mirador sin que haya nada “armado” para eso. Incluso, si se puede, quedarse hasta el atardecer: cuando baja el sol, el silencio se vuelve todavía más marcado y el paisaje cambia de color de una forma bastante difícil de explicar.

De casi 260 pueblos de todo el mundo que se postularon ese año, solo unos pocos quedaron seleccionados. Y que La Carolina haya sido el único argentino en esa lista no es casualidad: en todo caso, confirma que a veces lo más valioso en turismo no es lo que se agrega, sino lo que se decide no tocar.

En un contexto donde muchos destinos compiten por llamar la atención todo el tiempo, este pequeño pueblo eligió algo distinto: mantenerse fiel a lo que es. Y quizás ahí esté, justamente, la clave de todo.

Por Iñaki Bentivegna

🇦🇷 Estudiante de la Licenciatura en Turismo y Hotelería de la Universidad de Quilmes, Buenos Aires. Técnico en Gestión Turística de la Universidad Nacional de San Luis y ejecutivo comercial de cadena hotelera en Pto. Iguazú, Mendoza y Buenos Aires.

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