Manos con personas multirracialesImagen: Freepik.es

Un famoso dicho popular reza más o menos de la siguiente manera: “De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”, y si entendemos al infierno como un estado social de desigualdad, precariedad y explotación, pues el turismo es el camino en sí mismo. Pero paradójicamente también es un camino que puede dirigir a las sociedades en una dirección totalmente distinta. 

Boaventura De Sousa1 se encarga de investigar el verdadero carácter sustancial de la “validez universal” de los derechos humanos y descubre que estos en realidad son la idealización de la cultura y los valores supremos de occidente. Esta visión se ha vuelto hegemónica en virtud de la imposición económica a la que el Sur Global ha sido sometida por parte parte de occidente y descubre también que en estos fundamentos económicos se encuentra la imposibilidad de realización de los derechos humanos como valores globales pues entran en contradicción directa con los intereses de las clases dominantes, no solo a un nivel social particular, sino a nivel Estado-nación global. Además de esto, el ideal socrático de un valor universal aplicable a toda la humanidad se desmorona ante la realidad de la diversidad social y las formas en que cada comunidad entiende a la dignidad humana. La única forma de establecer un valor universal como derecho humano es la imposición, oxímoron desde su formulación, tarea en la que el turismo también ha sido empleado. 

Entendido como derecho humano, acorde con los presupuestos de la Declaración de Manila2, el turismo no es en sí tratado como una actividad humana que realiza necesidades a través del viaje, sino más bien como un derecho adquirido por las luchas obreras, aunque no se mencione de esta manera en la declaración, para disfrutar del descanso, el ocio y  las vacaciones anuales (tema que he abordado en artículos anteriores). El turismo no es pues el derecho a la movilidad para resolver necesidades de cualquier índole fundamentales para el desarrollo del ser humano y las sociedades, sino como una forma particular de ejercer el descanso y como este ejercicio está atravesado por las formas de producción y consumo económicas hegemónicas pues entonces esto afecta a comunidades receptoras y emisoras de la misma forma que cualquier otra industria capitalista lo haría (aunque con cualidades propias inherentes a la producción de bienes y servicios turísticos) en lo económico, político, social, etc., cuestión que incluye, por supuesto, la imposición cultural occidental en detrimento del entendimiento autóctono de los derechos humanos y la libre determinación de los pueblos en otras sociedades. 

A pesar de las buenas intenciones plasmadas en la Declaración de Manila, la predominancia del espíritu instrumental economicista, es más que evidente y en lugar de dar cuenta de un aumento en la observación de los derechos humanos de la ONU a través del turismo, podemos percibir fenómenos como la turismofobia; la apropiación del capital de espacios patrimonio; formas de trabajo precarizadas en turismo; una afirmación del derecho al descanso del consumidor que pueda pagarlo en detrimento de aquellos que no pueden ejercer turismo por su incapacidad de consumo, así como de los trabajadores alienados; explotación irracional de espacios naturales; entre otros, aún a pesar de las iniciativas pequeñoburguesas de turismo ecológico, social, sustentable o verde. 

Desde la Concepción Materialista del Turismo se entiende al mismo como una doble posibilidad: turismo emancipado y turismo emancipador. El primero corresponde al desarrollo de una epistemología no adherida a la percepción teórica hegemónica del turismo de corte economicista y profundamente instrumental en términos de ganancias y desarrollo capitalista; una epistemología del Sur Global traducida en la creación de conocimiento turístico que tome en cuenta a las diversas sociedades y sus identidades y no priorice las relaciones de producción de explotación; un nuevo conocimiento que impulse a los futuros turismólogos a descubrir las causas materiales de las necesidades que motivan el viaje turístico y las mejores formas de llevarlo a cabo de acuerdo con su identidad cultural y en beneficio de la sociedad como un todo. La segunda posibilidad es el desarrollo de la actividad turística por parte de los sujetos de una sociedad para su realización como seres humanos y no como una actividad económica alienante, aspiracional y profundamente occidental, es decir, realizar turismo porque el turismo nos realizará como personas al entender las necesidades que resuelve y no las necesidades que nos produce como mercancía en oferta. 

De Sousa hace énfasis en un método llamado hermenéutica diatópica como un instrumento para reconocernos como sociedad en la sociedad del otro. En esta dialéctica no se pretende imponer los valores supremos de una cultura a otra con mayor desventaja, sino proponer y exhibir diferentes visiones de una misma realidad social con el fin, no de reemplazar, sino de complementar y hacer mucho más rica una cultura al interactuar de manera consensuada y discutir un aspecto particular del entendimiento de los derechos humanos en un ambiente de respeto. Algunos períodos del antiguo emirato de Al Andalus pueden arrojar un testimonio histórico de éxito en colaboración y discusión de diferentes culturas en beneficio de todos. En la actualidad el turismo podría ser una actividad fundamental en el desarrollo de la hermenéutica diatópica no solo para el desarrollo de un turismo emancipado y emancipador, sino de nuevas formas de sociedad más justas debido al entendimiento de las distintas realidades humanas.

Concluyendo: El vacío que produce el turismo como mercancía y forma de explotación y alienación en el ser humano, produce interés científico en la investigación y en la proposición de nuevas formas de turismo acorde con la realidad de cada pueblo; pero solo el cambio sustancial y revolucionario en las relaciones de producción turísticas podrá conducirnos, no al infierno que hablábamos al inicio, sino al horizonte de un turismo integrador, humano y absolutamente incluyente acorde con las necesidades de cada sociedad y para ello el diálogo es imprescindible y también el rechazo gradual y estructural a los aspectos negativos que el turismo como industria otorga. 

Referencias

  1. De Sousa, B. (2010). De Hacia una concepción intercultural de los derechos humanos. En Descolonizar el saber, reinventar el poder. (pp. 63-96). Ediciones Trilce.
  2. Organización Mundial del Turismo. (1980). Declaración de Manila sobre el turismo mundial. (IPV—HUNGRÍA).
Dinos tu opinión

Por Andrés De León

🇲🇽 Egresado de la Escuela Superior de Turismo (IPN) en la Ciudad de México. Investigador del turismo desde la perspectiva del materialismo dialéctico y las ópticas emancipatorias y alternativas en torno al problema del conocimiento y del ejercicio del turismo como actividad humana indispensable para el desarrollo de los individuos.

Facebook2k
Twitter203
Instagram649
Tiktok234