Yo-en-VietnamTodas las fotografías son de Gonzalo Gaviña. Síguelo en <a href="https://www.instagram.com/gavito_travelling/" target="_blank" rel="noopener"><span style="color: #0000ff;">@gavito_travelling</span></a>

Son las 6:00hs de la mañana en Hanói y como en todo el país el cielo se encuentra cubierto por un manto oscuro que de a poco comienza a ceder frente a una nueva salida del sol. La capital de Vietnam es la segunda ciudad más grande del país, por su densidad demográfica e historia. Durante siglos fue el centro político de la Nación. Vibrante por donde se la mire. Motos, templos, puestos de comida callejeros, mercados ambulantes y un tráfico de turistas la convierte en un enclave imperdible en la ruta del viajero por el sureste asiático.

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Las típicas y pobladas calles de Hanói, una postal clásica de Vietnam

Alistados para disfrutar de un nuevo día y junto a una cálida luz matinal, decidimos caminar una pequeña distancia hacia la estación central de trenes. Los mercaderes dan sus primeros movimientos y las inquietas moto-taxi nos ofrecen sus primeros servicios. Como de costumbre, el ruido se apodera de esta gran ciudad. Ya en la estación y luego de hacer un gran esfuerzo por comunicarnos, una gentil vendedora nos entrega los tickets con destino a la ciudad de Ninh Binh, nuestro próximo destino. Esta última, ubicada a tan solo 94km de Hanói y a no más de dos horas en tren, es reconocida por poseer uno de los escenarios geográficos más bonitos y representativos del país. Arrozales, torres kársticas (famosas formaciones rocosas con puntas redondas y bajas), canales plagados de fauna y una cultura a flor de piel, hacen de este sitio una aventura en sí mismo.

El tren inicia su partida y junto a un millar de pasajeros abandonamos la estación central y nos entregamos a la ruta ferroviaria. Cada parada desnuda la vida cotidiana de sus lugareños, estimulando nuestros sentidos al máximo. La cámara de fotos nos ayuda a congelar esta maravillosa travesía. La media mañana no llega y el tren arriba a destino. Una pequeña ciudad nos da la bienvenida y con calles poco pobladas, nos adentramos en ella. Luego de caminar y observar distintos rentistas de motos, seleccionamos y emprendemos un animado viaje. El viento en la cara nos alivia y nuestra alegría se hace evidente a cada kilómetro que avanzamos. Las primeras formaciones kársticas se hacen evidentes a nuestros ojos, y como un flash histórico, admiramos el gran resultado químico de una larga erosión milenaria.

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Días en moto. De fondo las famosas formaciones kársticas. Ninh Binh.

La primera parada y punto crítico de nuestra visita toma el nombre de Tam Coc. Aquí se concentra el aluvión turístico de donde parten las famosas travesías en barca por entre medio de los arrozales. Basta con esperar unos minutos para tomar conciencia del lugar. Y en eso, una pequeña balsa, comandada por una sencilla y extrovertida vietnamita nos invita a subir a su nave. La situación nos enmudece por completo. La nave se desplaza con el simple remo de sus pies. Sí, de sus pies. La mujer reclinada a 120 grados en su silla concentra toda la fuerza en sus extremidades y con la ayuda del agua nos movemos a una armónica velocidad. Los rayos del sol asedian nuestro cuerpo y dejan al desnudo nuestro sudor. Un pequeño canal nos guía entre medio de los arrozales que brillan en su máximo esplendor. El verde nos hipnotiza y las torres kársticas no dejan de custodiar nuestro navegar. Todo es perfecto, todo está en su lugar. Como si fuera una película rodada en pleno cine, el público guarda silencio y se dispone a contemplar este deslumbrante escenario.

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Las balsas, comandadas por un vietnamita.
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Canales de Tam Coc.

En un recorrido de casi una hora y media atravesamos cuevas repletas de agua, donde es obligatorio agachar la cabeza, de otra forma, el golpe estaría asegurado. Durante unos quince minutos nuestros sentidos se funden en la oscuridad de la cueva y el inocente ruido de las gotas deslizándose por escultóricas estalactitas. El silencio es absoluto. Volviendo a la luz, el canal nos presenta templos milenarios los cuales descansan a merced de estas mansas aguas. La travesía se arrima a su fin, cada remada que damos queda guardada en nuestros corazones y las pocas caras que nos cruzamos irradian felicidad.

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Tam Coc.

La humedad se hace presente y los mosquitos asisten a la fiesta. Pero a pesar de ello, reconocemos que el color del lugar es resultado de un todo. Después de navegar los canales de forma interrumpida, nuestro viaje termina y nuestros estómagos dan clara señal de que el almuerzo es imperioso. Un salteado de arroz y vegetales se anuncia en nuestra mesa y con pocas palabras de por medio, la comida se convierte en víctima de nuestros paladares.

Con la moto ya en nuestro poder y un remanente de tiempo a nuestro favor, nos proponemos a realizar una nueva excursión por el destacado recorrido de Trang An. El mismo se encuentra a no más de 10 km de nuestra ubicación. A diferencia del anterior, nos sumamos a remar junto a otros 6 pasajeros. Otras cuevas se hacen presente y viejos templos cobran vida frente a nuestra visita. La fauna marina toma mayor relevancia y los pequeños insectos nos acompañan junto a nuestra balsa. El tiempo no sobra y con gran velocidad, ya que nuestro tren parte a las 18:00, retomamos el camino hacia la estación de tren. El sol evidencia su partida y con un sutil desplazamiento se retira del horizonte. Nuestros cuerpos cansados pero felices, dicen presente en el andén. Una respuesta negativa, nos deja fuera de juego y sin chances de regresar a Hanói por tren, nos sumergimos en el pueblo en busca de una solución.

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Vistas áreas de las zonas.

El tiempo corre y la gente no logra identificar nuestro mensaje, pero al final un joven vietnamita nos alivia, indicándonos que conoce la forma de llegar a Hanói. El resultado, y en ciertos momentos presos de la intriga, es un pequeño bus lleno de locales, en el cual nos toca viajar acostados en un segundo piso. Suena raro, pero nos sometimos a uno de los viajes en bus más caóticos y poblados de nuestros días.

Con la noche a cuestas y las estrellas iluminando la gran ciudad, nos bajamos en plena autopista y con la suerte del campeón, un taxi frena y nos invita a subir. El día comienza a cerrar al igual que nuestros ojos. Sorprendidos por lo que hemos vivido, nos desplomamos en el cuarto del hotel y juntos a nuestra cámara de fotos recordamos lo que fue este grandioso e inolvidable día en nuestra visita por Vietnam.

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Por Gonzalo Gaviña

Inquieto viajero que después de haber visitado mas de 30 países, 150 ciudades y la mayoría de nuestros continentes, me decidí a transformar mis grandes experiencias de viaje en atrapantes historias para la comunidad del turismo.

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